La infelicidad de Casanova no es una novela

Naturalmente, sería ingenuo pensar que la música, las series, el cine o la radio darán un giro para plantear modelos de vida generosos y desinteresados, entre otras cosas, debido a que eso vende menos. Sin embargo, sí que es relevante la reflexión sobre la cultura que rodea a las generaciones que representan nuestro futuro y esperanza

Un magnífico libro de Sándor Márai se titula La amante de Bolzano. Giacomo Casanova, histórico y conocido personaje por encarnar el arquetipo del seductor, es el protagonista de esta novela. En la historia, el famoso mujeriego se fuga de la cárcel y se instala en una posada en Bolzano, donde ejerce de consejero sobre asuntos amorosos.

Sin embargo, el conquistador ahora se encuentra consternado y se cuestiona por qué la gente busca milagros amorosos, poseer sin entregar algo cambio, sacrificio sin estar dispuestos a darlo. Parecería un recurso para satisfacer su vanidad o, sencillamente, sus deseos y gozos. Casanova concluye que el mal de fondo –peligro en los enamorados– se llama egolatría; dispuesta en ocasiones a intercambiar bienes, pero indispuesta a entregar el propio ser.

Tal vez al personaje central de La amante de Bolzano le habrían clarificado las cavilaciones del alma los versos de Manuel Alejandro, interpretados por José José en Amar y querer: El que ama pretende servir / El que ama su vida la da / Y el que quiere pretende vivir / Y nunca sufrir y nunca sufrir.

Casualmente, al tiempo que reflexionaba sobre el texto del destacado escritor húngaro, venía en un taxi de regreso a mi casa. El conductor escuchaba una estación de música romántica. Ahí escuché varias frases de las locutoras, que parecían consejeras a lo Casanova en versión México 2022. Sus llamados destacaban la importancia de quererse a uno mismo y disfrutar al máximo las relaciones. Alguna, más audaz, aconsejaba incluso darse la oportunidad de intercambiar gestos cariñosos con amigos “con licencia”. Por cierto, en cuanto pasamos a La hora de Luis Miguel, los consejos de las conductoras y los deseos de los radioescuchas parecieron hacerse realidad en aquellas canciones.

Si nos transportamos a otros ámbitos comunicativos, la historia no es muy distinta. Revisemos las 10 series más populares de Netflix y encontraremos contenidos que parecen favorecer el egoísmo o la egolatría. Algunos, ciertamente, más orientados a la acción o a la violencia. Otros, historias más o menos simpáticas, con anhelos parecidos a Casanova y sus seguidores, bien ejecutados en la práctica.

Como se puede apreciar con unos pocos ejemplos, el ambiente que respiran las nuevas generaciones presenta este contexto. Las invitaciones al egoísmo o la autorreferencialidad son constantes. Un adolescente, de por sí renuente a la virtud, ve, oye, lee, interactúa con cualquier cantidad de referentes que lo empujarán más bien a una búsqueda consciente o inconsciente de alguna especie de egolatría. Vaya reto cuando lo que queremos es sacar de ellos su mejor versión...

Naturalmente, sería ingenuo pensar que la música, las series, el cine o la radio darán un giro para plantear modelos de vida generosos y desinteresados, entre otras cosas, debido a que eso vende menos. Sin embargo, sí que es relevante la reflexión sobre la cultura que rodea a las generaciones que representan nuestro futuro y esperanza.

La egolatría, el egoísmo y la autorreferencialidad son características humanas paradójicas. Aparentemente las rechazamos, pero a la vez, las deseamos. En el discurso, las atacamos, pero en nuestra conducta las promovemos. Sus contrapartes virtuosas, al no ser evidentes ni fáciles, requieren mejores formas de comunicación y referencias más claras. Ahí tenemos, como sociedad, una enorme área de oportunidad.

Es sabido que la persona que da sin esperar nada a cambio y vive para ayudar a otros a trascender, suele encontrar alegría y plenitud.

Sin embargo, se trata de una realidad que, en la práctica, verbalizamos poco e incentivamos superficialmente. Los inputs son proporcionales a los outputs, por tanto, si sembramos en las nuevas generaciones egoísmo o violencia sin el contexto adecuado, no esperemos después acciones sublimes en pro de la humanidad.

Casanova el veneciano representa, en el fondo, un modelo intrépido y sin escrúpulos de una persona que irónicamente busca la felicidad sin darse cuenta que destruye los medios para alcanzarla. Ésa es precisamente la tragedia de realidades como el egoísmo, que atraen sensiblemente, pero que no llevan a buen puerto. Es fundamental encontrar nuevas narrativas, creatividad cultural y modelos que inspiren acciones generosas y desinteresadas, a veces arduas, siempre satisfactorias.

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