La cultura política de la confrontación

La apertura al diálogo, los reglamentos internacionales, el Estado de derecho, la fortaleza de las instituciones autónomas, entre otros factores, han sido pilares fundamentales de las democracias modernas

La confrontación en la política no es algo nuevo. La historia está llena de ejemplos, no sólo de desacuerdos verbales, sino también de trágicas guerras. Para muchos, el disenso es un elemento identitario y hasta necesario en la política. Es más, precisamente uno de los beneficios del sistema democrático es que ha servido de escudo frente a desenlaces bélicos.

La apertura al diálogo, los reglamentos internacionales, el Estado de derecho, la fortaleza de las instituciones autónomas, entre otros factores, han sido pilares fundamentales de las democracias modernas. Sin embargo, y de modo más profundo en países del continente americano —incluyendo a Estados Unidos—, la cultura política de la confrontación ha ido adoptando nuevos tintes y rumbos que amenazan la vida democrática en muchos países.

Las redes sociales y el marketing político digital han servido de inquisitoriales, “hogueras digitales”, que obtienen beneficios cortoplacistas y poco fértiles. La actuación entre el montón, en buena medida anónima, exalta las pasiones y silencia la prudencia, dando entrada fácil a liderazgos y gobiernos populistas de un signo u otro.

Arthur Brooks lo expresa bien en su libro Ama a tus enemigos (Love your enemies, 2019). Crueldad, caos y cultura del desprecio han engendrado líderes coercitivos que prometen poner fin a situaciones consideradas como inaceptables en un momento determinado y garantizan un final abrupto. Son batallas rentables para las estrategias de comunicación, pero estériles frente a la construcción de un país.

El voto de castigo puede ser una fortaleza del sistema democrático. Sin embargo, éste se debilita cuando el origen principal de la victoria de un candidato reside en el descontento frente al statu quo, donde las posibilidades de proponer, crear e impulsar se reducen de modo importante. Lo esencial se centra en el disenso y no —como sería deseable— en la construcción de acuerdos, derivados del sano ejercicio del pluralismo.

Curiosamente, cuando pensamos en referentes históricos sobresalientes, suelen venirnos a la memoria figuras con un liderazgo mucho más fidedigno, ponderado y dialogante. No es casual que a Mandela o a Luther King los recordemos como líderes que, sin evadir el conflicto, supieron orientarlo constructivamente. Como apunta el propio Brooks, el descontento en esta clase de líderes no se centra en la afectación a su individualidad, sino en su legítima preocupación por el atentado frente al bienestar social. Por eso no tienen enemigos históricos ni permanentes: se enfocan en las soluciones y son capaces de trabajar incluso con quienes se presentan como adversarios.

Este tipo de liderazgos dialogantes y unitivos son particularmente urgentes en nuestro país. Reflexionemos qué tanto ha sido el voto de castigo el que ha definido el rumbo de los últimos sexenios y no las propuestas creativas de solución a tantos problemas que requieren nuestra atención y energía. Entre los dos extremos ideológicos presentes en buena parte del continente americano, izquierdas y derechas, quizá conviene preguntarse si es posible encontrar puntos comunes y consensuar agendas que eviten la cultura de la confrontación sólo por dividir, sólo por espectáculo; de dividendos inmediatos. Por citar un ejemplo, sería deseable que las derechas adquirieran compromisos más firmes ante la pobreza y las izquierdas mayor sensibilidad hacia los beneficios del libre mercado.

A pesar de que izquierdas y derechas tienen muchos puntos de vista distintos, también comparten agendas y valores comunes sobre los que se puede construir de manera coordinada, en beneficio del bien común. Si se continúa poniendo el acento en las diferencias y, más aún, se promueve la cultura de la confrontación en todos los niveles, un infértil callejón sin salida nos aguarda. El cambio difícilmente derivará en desarrollo, sino en simples alternancias pendulares. Por el contrario, si el acento se centra en el diálogo, en los acuerdos y en la construcción conjunta, todos ganamos en el mediano y largo plazo. La tarea depende en buena medida de los políticos, pero también de los medios de comunicación, empresarios y ciudadanos; al final, de todos aquellos que hoy estamos inevitablemente inmersos en esta nueva cultura de la confrontación.

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