La afición mexicana

Según Villoro, en el Grito de Independencia no se celebra el estado de la patria, sino el gozo de gritar su nombre.

Numerosos autores han escrito sobre el modo de ser de los mexicanos. Tengo presentes a Marco Almazán con su Rediezcubrimiento de México, y Vida, pasión y muerte del mexicano: notas del costumbrismo de Joaquín Antonio Peñalosa. Samuel Ramos es referencia obligada en la materia. También Juan Villoro lleva a cabo un análisis particularmente interesante en El vértigo horizontal, donde dedica un capítulo a la inigualable actitud del mexicano en torno al 15 de septiembre. Ahora que estamos en tiempos mundialistas, las actitudes de los paisanos, de por sí variopintas, toman nuevas dimensiones que van desde lo sublime hasta lo grotesco.

Según Villoro, en el Grito de Independencia no se celebra el estado de la patria, sino el gozo de gritar su nombre. No festejamos estrictamente por aquella independencia que proponía Hidalgo; gritamos porque nos gusta gritar, concluye el destacado escritor. Algo similar sucede con nuestra afición al Tri. No necesariamente nos exaltamos por la perfección táctica o técnica del equipo, ni nos disgustamos por la falta de coordinación entre líneas: sencillamente ¡nos gusta gritar!

Se habla de aproximadamente ochenta mil aficionados mexicanos en Qatar. Tengo la impresión que, si aplicamos un examen previo al viaje, probablemente menos de la mitad atinaría a mencionar a los jugadores que forman la columna vertebral del Tata Martino y un porcentaje menor al 5% sabría en qué equipo juega Luis Chávez. Y es que eso no parece lo verdaderamente relevante, sino la posibilidad de reunirnos a celebrar un acontecimiento donde podemos divertirnos, gritar, beber, jugar y desentendernos temporalmente de algunas penas y preocupaciones.

Más que una pasión futbolística, se trata de una pasión en torno al futbol. En ese ecosistema, nuestra capacidad de exagerar la valía de una persona es asombrosa. Guillermo Ochoa vivió 48 horas como el mexicano más amado después de parar el penal a Lewandowski. Si hubiera cometido un error, habría pasado en fracción de segundos a ser el mayor bellaco contemporáneo. Cuando no haya “siguiente partido”, seguro le cobrará factura el aparente veto a Vela y Hernández, artilleros ausentes en un Tri cuya falta de gol es el principal problema.

Como dice René Girard, las sociedades humanas, a través del mecanismo del chivo expiatorio, nos dejamos llevar por la tendencia de encontrar a alguien culpable en el cual descargamos todas nuestras frustraciones, desilusiones y enojos. En cuanto México sea eliminado, lo más probable es que ese honorable cargo lo ocupe temporalmente Tata Martino, incluso por encima del presidente López Obrador, a quien olvidaremos por unos días. Tata heredará las hieles que padecieron Mejía Barón, Ricardo La Volpe, Javier Aguirre y, por supuesto, el Profe Osorio. Encontrar al villano y culparlo resulta terapéutico y relajante. De hecho, es uno de los factores que consigue lograr la dificilísima unidad entre personas tan distantes. En ese sentido, por ejemplo, Trump logró –al ganar la presidencia- uno de los mayores efectos unitarios del pueblo mexicano en tiempos contemporáneos.

Llevo participando en consejos de administración de distintas instituciones desde hace muchos años y no ha habido uno solo en el cual no escuche la frase: “el siguiente año viene muy difícil”. Creo que los mexicanos somos más bien pesimistas, aunque tenemos bastantes destellos de optimismo. De hecho, pasamos del pesimismo al optimismo con increíble facilidad. Regresando al futbol, los últimos meses Polonia resultaba “muy superior a México”, aunque después del partido fuimos “claramente mejores”. En el mundial pasado, después de ganarle a Alemania, estábamos para ser finalistas, y días después, que perdimos con Suecia, nos convertimos en equipo de tercera. La pasteurización anímica sucede incluso dentro de un mismo partido, como ayer lo presenciamos en un inicio prometedor ante Argentina y un desenlace desesperanzador.

Almazán define de manera simpática al mexicano: holgazán y trabajador, supersticioso y descreído, impuntual, pero cumplidor, noble y tracalero. Entre nosotros, somos malinchistas y acérrimos críticos de nuestro país; pero hay de aquel que ose criticarnos en el extranjero, ya que estamos dispuestos a tomar las armas para defender los colores patrios. Nuestro mexicanismo es superficial y profundo a la vez. Parecemos frágiles, pero somos resilientes. Las tragedias se olvidan pronto e incluso conseguimos convertirlas en comedias con increíble habilidad, pero nuestro resentimiento suele perdurar.

La buena noticia será que, a pesar de la eliminación –en el tercer o cuarto partido-, encontraremos muy próximas las posadas y navidades, intentando patear cualquier tono depresivo hasta 2023. Los mexicanos gozamos de una personalidad calidoscópica, rica, agradable, folclórica. Tenemos muchos defectos, aunque nuestro ingenio, hospitalidad y sentido del humor son destacables. Así transitaremos en este mundial y, ojalá, lo sigamos haciendo en nuestras alegrías, incertidumbres y desilusiones de la vida ordinaria.

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