Halla: un camino alternativo

El caso de Tómasdóttir parece excepcional porque nos acostumbramos a campañas agresivas.

Halla Tómasdóttir contendió por la Presidencia de Islandia en 2017. Proveniente del mundo empresarial, inicialmente no mostraba interés por participar en la política. A mes y medio de las elecciones, contaba únicamente con 1% de la intención del voto. No sería la primera vez que estos sondeos darían un vuelco insospechado.

La novel política centró su campaña en un tono positivo, en vez de seguir el tristemente común método de escalar a partir de atacar a sus oponentes. Buena parte del electorado, cansado de los tradicionales debates y acusaciones, se convenció de su propuesta. Al final, el ganador obtuvo 39% de los votos y Halla quedó en segundo lugar con 28%, por encima incluso de David Oddsson, conocido político islandés. De haber existido algunas semanas más, cara a la elección, quizá habría ganado.

El caso de Halla parece excepcional porque nos hemos acostumbrado a campañas, candidatos y estrategias agresivas, y de encono. Echamos de menos opciones propositivas, inteligentes y dialogantes. Las actuales estrategias de comunicación política destacan más por ser un espectáculo que por su capacidad de crear soluciones de bien común. Muchas culturas han optado por la mediatización de la política y los resultados distan de ser óptimos.

La mezcla espectáculo y fama, junto con un discurso polarizante, ha otorgado a los partidos buenos réditos electorales. Berlusconi, Jimmy Morales, Chávez, Putin, Beppe Grillo y Trump son sólo algunos ejemplos exitosos de los jugosos dividendos de la política teatralizada. La táctica, queda claro, ha sido capitalizada tanto por las derechas como por las izquierdas.

Algunos optan por utilizar un lenguaje extremo y gestos exagerados, sabiendo que el electorado lo premia. Es el caso de Rodrigo Duterte en Filipinas o Nayib Bukele en El Salvador. Se entiende así que personajes carismáticos y con buen manejo de medios hayan triunfado. Tampoco es casualidad que los artistas y los deportistas sean candidatos exitosos. Se trata de la misma lógica del espectáculo donde política, fama y medios hacen una alquimia que se convierte en votos. Tenemos el caso de Schwarzenegger, Al Franken, Jesse Ventura, por citar algunos otros.

En 2017 apareció una entrevista en The New York Times donde Trump reconoció que, antes de jurar su cargo, recomendó a sus principales colaboradores que pensaran en cada día de su Presidencia como en un episodio de una serie televisiva donde debían vencer a sus rivales. La política como juego, como una especie de deporte, es una realidad actual. A veces da la impresión que hay mayor placer en ver perder al rival que en atestiguar el triunfo de nuestro equipo, como en el caso del América en México. De hecho, lo prueban artículos científicos como el de Miller y Johnston en Political Research Quarterly, cuyo estudio confirma que la hostilidad hacia el otro partido es una de las mayores razones por las cuales vota la gente.

Lamentablemente, lo que está en juego es el verdadero bien común. El ejercicio del poder público es una profesión del más alto orden que requiere una preparación sólida en aspectos teóricos y prácticos, pero no parecería ser ese un criterio electoral protagónico en el mundo actual. Es más, da la impresión que, actualmente, más bien son elementos que juegan en contra.

La civilización del espectáculo, como advirtió hace años Vargas Llosa, ha tomado las riendas de numerosos aspectos culturales, políticos y sociales. Sin embargo, si un malogrado cuarto poder se convierte en el primero, difícilmente se conseguirá el sano equilibrio de pesos y contrapesos necesarios en una democracia. En esta dinámica, otro actor mediático termina siendo el contrapeso, con lo cual, al final, se trata de un “juego deportivo” entre dos rivales donde hay estrategias para ganar y perder, pero no necesariamente para gobernar mejor o pensar en el bien de las personas.

El caso de Halla Tómasdóttir nos hace ver que la vía propositiva no es un plan idealista o utópico. Si bien Halla no se había preparado como política y también aprovechó los medios, al menos se trataba de una posición constructiva que descansaba más en propuestas que en el circo mediático. A tal punto que, aunque no obtuvo el triunfo electoral en Islandia, el capital político obtenido le ha permitido impulsar agendas de bien común a nivel internacional.

Ojalá el poder mediático y digital sea sólo un vehículo de difusión de propuestas y no el punto central con el que se ganen contiendas; que las plataformas digitales sean medio y no fin. Necesitamos una cultura política y social que favorezca posiciones más edificantes, donde el bien común y las estrategias realistas retomen protagonismo. En una democracia, la clave para transitar de un buen deseo a una realidad como la expuesta, radica prioritariamente en la participación social, en el voto… y en la conciencia de a qué o a quiénes les subimos el rating con nuestros likes.

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