Ética y democracia

Sin el interés de entrar en alegatos filosóficos, este voluntarismo y aquel subjetivismo han traído consigo efectos colaterales importantes y representan, pienso, una de las principales causas de las crisis socioculturales actuales. De hecho, son factores directamente relacionados con la crisis de la democracia que hoy vivimos.

La filósofa irlandesa Iris Murdoch abordó con lucidez la soberanía del bien. En su opinión, el auténtico bien se termina imponiendo en la voluntad de la persona. Y va a más: ese bien no es creación de esa voluntad individual, señala la escritora dublinesa.

El pensamiento actual, de carácter más subjetivista, se inclina a considerar que el bien implica mayor arbitrariedad; cada quien lo define desde su libertad y en función de sus experiencias. De esta manera, una verdad es tan valiosa como la otra y un bien tan válido como el otro. Se trata de una realidad más dependiente de mi apreciación o deseo que del hecho en sí mismo. La voluntad, en ese contexto, queda enaltecida hasta convertirse en la fuente de valor de las cosas.

Sin el interés de entrar en alegatos filosóficos, este voluntarismo y aquel subjetivismo han traído consigo efectos colaterales importantes y representan, pienso, una de las principales causas de las crisis socioculturales actuales. De hecho, son factores directamente relacionados con la crisis de la democracia que hoy vivimos.

Si todo es subjetivo y no existen valores objetivos, todo es negociable. No existen pilares sólidos. Ese aparente triunfo de la libertad se convierte con frecuencia en su propia prisión, pues ahora el ejercicio libre puede estar sujeto a pasiones, tendencias, modas o consensos, más condicionantes que aquellas filosofías que consideran lo bueno y lo malo con independencia de pareceres.

Si en las democracias resulta que lo bueno y lo malo es definido por mayorías y no por principios superiores, entonces la confianza suprema está fincada en esas voluntades. Éstas, desgraciadamente, no siguen un comportamiento completamente autónomo, sino que se encuentran en mayor o menor medida sujetas a condicionamientos, restricciones, influencias no desinteresadas y, con más frecuencia de la que quisiéramos, a manipulación. En más de alguna ocasión hemos visto entrevistas de banqueta en la que el participante de una marcha desconoce o malinterpreta la causa que, en principio, abandera.

Si las mayorías deciden, pero al mismo tiempo son manipulables, al final las decisiones –también las referentes a definir lo bueno y lo malo– son en realidad una posición de minorías que consiguen sus objetivos porque tienen influencia, poder o recursos. Si los triunfos democráticos son sesgados, es entendible el enojo que generan en las contrapartes, molestas de perder ante una posición no objetiva, como se atestigua en los actuales tiempos de polarización. Muchas corrientes políticas contemporáneas no se refieren únicamente a una postura económica o política, sino que expresan decisiones que catalogan la verdad o la bondad de las cosas.

Me parece, en cambio, que existen cosas verdaderas en sí mismas, lo reconozca o no una mayoría. Y también existen bienes y males objetivos, le guste o no a nuestras sensibilidades o preferencias. No puedo dejar de pensar en algunas tragedias cuya base tiene que ver precisamente con males objetivos. El abuso sexual de menores, la esclavitud, el racismo, el adulterio, el asesinato y algunos otros actos son malos de fondo, contrarios a bienes fundamentales, sin importar las circunstancias, motivaciones, atenuantes o incluso hasta fortuitas derivaciones positivas que podrían emanar del crimen. Y aunque en otras situaciones el mal sea menos evidente, o más discutible, creo que también habría que definirlo con nitidez, aunque existan matices y sea imprescindible no juzgar a las personas sino a los hechos.

Quizá Churchill tenía razón al decir que la democracia no era el mejor sistema de gobierno, pero que para cambiarlo habría que demostrar la factibilidad de algo mejor. Si bien es cierto que es difícil superar la democracia, vale la pena entender sus deficiencias y tratar de solucionarlas. No hacerlo con diligencia agudiza los defectos de este sistema de gobierno hasta hacerlo tan nebuloso que abre espacio a totalitarismos.

El subjetivismo imperante que privilegia la voluntad –lo que me apetece– como fuente del valor de las cosas se encuentra en crisis. Es por eso que, en nuestro intento por conseguir mejores sistemas de gobierno, no podemos desatender aspectos éticos, morales o antropológicos, en un sincero deseo de encontrar con objetividad la bondad o maldad de las cosas, así como la existencia o no de verdades profundas. La ética es una de los pilares a los que habría que retornar para garantizar democracias sanas.

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