Enigmas de gobierno

Hace años, Henry Mintzberg sacudió el mundo del management al publicar Los enigmas de la dirección. El autor se pregunta ¿cómo planificar en un entorno laboral de alta intensidad y dinamismo?, ¿cómo condensar información en un mundo dominado por los análisis ...

Hace años, Henry Mintzberg sacudió el mundo del management al publicar Los enigmas de la dirección. El autor se pregunta ¿cómo planificar en un entorno laboral de alta intensidad y dinamismo?, ¿cómo condensar información en un mundo dominado por los análisis amplios?, ¿cómo adaptarse a tiempo cuando se requiere consistencia?, ¿cómo mantener la confianza sin caer en la arrogancia? Absorto ante el contrasentido, Mintzberg recomendaba a los directivos ser eficientes en la “superficialidad”.

La paradoja se manifiesta como una realidad arraigada en la misma condición humana. Los contrastes, enigmas y acertijos forman parte de nuestra cotidianidad. La ironía incluso se erige como un deleite para la mente. En ese contexto, las advertencias del profesor Mintzberg sobre la dirección organizacional reflejan uno de los principales desafíos de la política contemporánea, tanto a nivel global como local: a pesar de los escenarios caóticos y de las realidades paradigmáticas, ser capaces de superar las contradicciones.

Incluyo un primer ejemplo. Una de las mordacidades globales está relacionada con la alimentación. A pesar de los avances en las últimas décadas, millones de personas siguen sumidas en la pobreza y, en particular, padecen hambre o mueren a causa de ella. En contraposición, se desperdician toneladas de alimentos en prácticamente todos los países.

En las actuales campañas electorales, todos los candidatos muestran preocupación por el tema del agua, lo cual es acertado, pues indudablemente es un problema prioritario. Abordan diversas estrategias para resolver la escasez. La paradoja en este caso radica en que en algunos lugares llueve más agua de la necesaria, pero no hemos sido capaces de diseñar un sistema eficiente para captar ese preciado líquido.

Aquí otra anomalía. Desde hace décadas, hemos presenciado la contienda entre quienes consideran la libertad como el valor supremo y aquellos que otorgan ese honor a la igualdad. La búsqueda de una libertad absoluta ha dado lugar a los excesos del capitalismo, mientras que la imposición de una igualdad total ha desembocado en tragedias sociales, como se ha evidenciado en el comunismo. Irónicamente, una de las pocas realidades que puede lograr verdadera igualdad es la moral. Ante las demandas morales, todos somos iguales: no hay diferencia entre ser el dueño del mundo o el último de los miserables en la Tierra, como advirtió en su momento Karol Wojtyla.

Lo mismo ocurre en el ámbito de la libertad; si algo puede contrarrestar los excesos del liberalismo es precisamente una buena ética ciudadana. Lo peculiar en este caso es el excesivo énfasis en la libertad e igualdad, con escasas menciones a una ética mejor, más allá del reiterativo discurso contra la corrupción. La moral puede resultar incómoda, pero bien entendida, no es una restricción, sino una liberación de otro tipo de ataduras.

Aún más preocupante es el juego entre encuestas y problemas clave. Muchas estrategias electorales se basan no en principios rectores de convicción, sino en la posible aceptación ante potenciales votantes. La lógica basada en encuestas no siempre permite abordar los problemas de fondo. En ocasiones, enfrentar una problemática real con rectitud de intención puede an popularidad. Seguimos señalando numerosos problemas graves sin soluciones reales: el tráfico de personas, la explotación infantil, el consumo de drogas, entre otros.

Las movilizaciones ciudadanas suelen influir en los gobernantes, pero no siempre son espontáneas ni representan genuinamente la voluntad de las mayorías. En ocasiones, pueden ser minorías con mucho poder o recursos las que generan los movimientos sociales. Es conocido que hay personas que reciben salarios por expresarse públicamente a favor de una causa con la que no necesariamente están de acuerdo.

Como ciudadanos, tenemos herramientas para desentrañar estos enigmas. Aunque tengamos agua, podemos conservarla y utilizarla con moderación, sabiendo que el flujo de agua en nuestro grifo no es reflejo de la realidad de todos. Tenemos la capacidad de utilizar los alimentos de manera racional, sin desperdiciarlos y compartiendo con quienes carecen de ellos. Podemos crear entornos pacíficos a nuestro alrededor para evitar tensiones innecesarias sin dejar la crítica constructiva y la acción ciudadana.

Como gobierno, el desafío es enorme. El desprecio sistemático hacia la ética y la moral ha tenido efectos devastadores; la lógica del propio interés y la falta de compromiso profundo con el bien común han pasado factura en nuestra vida social. Sin duda, necesitamos nuevas generaciones de gobernantes preparados, que no enfrenten la técnica y la política como enemigas; que encuentren la armonía entre libertad e igualdad; que sean creativos para resolver los enigmas de la naturaleza, de la vida social y de la administración pública; que no sólo diagnostiquen, sino que aborden los problemas de fondo y creen sistemas consistentes a largo plazo. Sin duda, las mentes y voluntades capaces de descifrar estas paradojas, enigmas y acertijos son las que podrían acercarnos a un mundo mejor. Los gobernantes no sólo tendrían que aspirar a ser “eficientes en la superficialidad” como sugería Mintzberg; a pesar de la dificultad de la paradoja, tendrían que ser, verdaderamente, eficientes en la profundidad.

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