En busca de la razón perdida

Evandro Agazzi ha sido un defensor de la argumentación racional objetiva, capaz de garantizar el rigor en el diálogo científico. A la vez, ha confiado a lo largo de su amplia trayectoria en el conocimiento objetivo y riguroso que es capaz de elevarse a una verdadera explicación causal y no sólo para conceder significancia a los objetos.

Hace unos días, asistí a una ceremonia en honor del destacado intelectual Evandro Agazzi. Miembro emérito del Sistema Nacional de Investigadores (SNI), Agazzi cuenta con más de mil publicaciones académicas, ha participado en la edición de 90 libros y recibido diez doctorados honoris causa en destacadas universidades de distintos países.

Después de desarrollar su actividad académica en instituciones del más alto prestigio internacional, Evandro decidió colaborar en esta madura etapa de su vida en la Universidad Autónoma Metropolitana y en la Universidad Panamericana. En su estancia mexicana, ha colaborado con pares del Instituto de Investigaciones Filosóficas de la UNAM y con la Asociación Filosófica de México. De igual manera, ha mantenido un destacado liderazgo en el Centro Interdisciplinario de Bioética de la Panamericana (UP). 

Durante la ceremonia de reconocimiento en la que el doctor Agazzi fue nombrado investigador y director emérito de la propia UP, escuché la magistral intervención de la doctora Virginia Aspe, otra destacadísima filósofa mexicana integrante del SNI en el nivel III y formadora de muchas generaciones de jóvenes filósofos. Mientras escuchaba la disertación de Virginia, no pude dejar de pensar en la academia, la investigación y la docencia en el marco del apasionante mundo contemporáneo —lleno de luces y sombras—.

De acuerdo con la exposición de la doctora Aspe Armella, Evandro Agazzi ha sido un defensor de la argumentación racional objetiva, capaz de garantizar el rigor en el diálogo científico. A la vez, ha confiado a lo largo de su amplia trayectoria en el conocimiento objetivo y riguroso que, a pesar de ser arduo y no exento de vacilaciones, es capaz de elevarse a una verdadera explicación causal y no sólo para conceder significancia a los objetos. 

Precisamente, una de las crisis de la época moderna ha consistido en que algunos planteamientos científicos se reducen a cadenas lógicas; a que, según otros, no podemos acceder a lo que está más allá de la sensación, a estimar que la razón no es realmente capaz de conocer lo verdadero, que la ciencia se limita a clarificaciones formales, que el sinsentido es lo que nos rodea… y a muchos otros planteamientos que han oscurecido el mundo del acceso intelectual a la realidad.

Ante esa situación, el realismo —no sólo el filosófico, también el vivencial— nos ofrece signos de esperanza, basados en tradiciones filosóficas milenarias y en numerosos intelectuales, en México y en el mundo, quienes siguen pensando que la verdad existe, aunque sea difícil de alcanzar y cuyo acceso implica, sin duda, numerosos matices.

La objetividad científica nos abre a un mundo lleno de posibilidades de desarrollo integral y no únicamente de progreso. Los límites éticos objetivos nos ayudan a proteger la dignidad de la persona y/o a encuadrar realidades como la inteligencia artificial, de tal manera que realmente potencien al ser humano y a la sociedad. El conocimiento intelectual nos permite entender que somos más grandes que únicamente nuestros sentimientos y sensaciones, que podemos confiar en la razón al tiempo que disfrutamos las emociones “positivas” y ordenamos las “negativas”. 

El realismo posibilita —y con ellos nos esperanza— el acceso al conocimiento de lo que nos rodea y, además, a partir de él encontrarle un sentido más profundo a los fenómenos que acontecen en nuestro planeta. 

Todo lo que acontecía en el homenaje el doctor Agazzi me recordó, también, aspectos que cada día rodean a los estudiantes universitarios y que, tal vez por su abundancia, con el paso del tiempo perdemos de vista. Me refiero al afán por conocer la verdad; el amor a la sabiduría, la unión entre lo significado y la realidad, la fortaleza del rigor científico, la naturaleza de los distinto métodos para acceder a la realidad, la posibilidad de encontrar sentido a la vida a través de la reflexión y el encuentro con los otros, la grandeza del humanismo que descansa en la dignidad de la persona, la vida de personas que, a pesar de su amplio camino intelectual, enseñan aún más con el ejemplo; que el diálogo, incluso con personas que piensan muy distinto, no sólo es viable, sino también enriquecedor cuando se hace con respeto.

Los idealismos, populismos, intelectualismos, sentimentalismos, voluntarismos, reduccionismos lógicos, y tantos otros “ísmos”, no tienen la última palabra si la actitud de investigadores, profesores y estudiantes se basa en un recto afán por conocer y servir, confianza en su razón y esperanza en el ser humano.

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