Elemental, Watson: déficit de juego

La falta de juego parece vincularse con los elevados índices de ansiedad y depresión juvenil, así como a carencias sociales, emocionales e intelectuales en el desarrollo de los niños.

Niños jugando en las calles con bicicletas o balones. Los parques llenos de actividad; “esos locos bajitos", diría Serrat, corriendo por todos lados. Numerosos juegos como las traes, escondidillas, policías y ladrones, encantados, el avión o la rayuela, heredados de generación en generación. Movimiento incesante, risas, lágrimas, pequeños contratiempos. Juegos infantiles que no sólo reflejan momentos felices, sino verdaderas escuelas de desarrollo humano. Realidad que corre peligro en los tiempos actuales: y eso no es juego.

Peter Gray, sicólogo del Boston College, define el juego libre como la actividad elegida libremente por sus participantes que se lleva a cabo por sí misma y no con el objetivo consciente de alcanzar otros fines distintos a la actividad. Entre sus numerosos estudios, Gray ha descubierto que las generaciones actuales tienen menos oportunidades de jugar libremente que las anteriores, lo cual ya arroja efectos sociales de dimensiones preocupantes.

Según un análisis de Jean Marie Twenge, experta en estudios comparativos entre generaciones, el juego libre había decaído significativamente en los últimos años previos a la pandemia. Twenge habla de la generación iGen, que ha sufrido los estragos del excesivo uso de los medios digitales en detrimento de otro tipo de actividades convenientes para la infancia y juventud. Según la sicóloga estadunidense, una de las principales problemáticas derivadas del declive del juego libre es la salud mental de los jóvenes actuales.

Steven Horwitz, economista estadunidense recientemente fallecido, se había preocupado por los efectos de la sensible mengua del juego libre, incluso en el futuro de las democracias liberales. Una de las causas detrás de la disminución lúdica ha sido la excesiva preocupación y supervisión de los adultos en relación con el juego infantil; se ha intentado minimizar cualquier tipo de riesgo –aunque sea pequeño– para los niños. Frente a esta circunstancia, no solamente se inhiben comportamientos genuinamente humanos, también se pierden habilidades humanas como el arte de la asociación, la cooperación espontánea y la resolución de disputas.

Jonathan Haidt, sicólogo social de la NYU (Universidad de Nueva York), en su obra La transformación de la mente moderna, expone varios ejemplos del declive del juego en la época actual. Déficit al que han contribuido algunas prácticas de excesiva competitividad académica en instituciones educativas y un creciente miedo a que los niños sufran algún accidente, daño o incluso secuestro mientras juegan. De igual manera, las excesivas regulaciones propias de la “burocracia de la seguridad”. Haidt acuña el término “safetyism”, según el cual la gente ha dado a la seguridad un valor casi sagrado, ante el cual no son capaces de intercambiar cierto riesgo en pro de beneficiar otras dimensiones prácticas o morales de la vida.

La falta de juego parece vincularse con los elevados índices de ansiedad y depresión juvenil, así como a carencias sociales, emocionales e intelectuales en el desarrollo de los niños. La evidencia de los beneficios del juego es sólida y ha sido objeto de estudio de numerosos sicólogos, pedagogos y educadores durante siglos. Y aunque la experiencia individual no necesariamente es parte de la estadística, atestiguó durante años –cuando era director de un colegio– los beneficios del juego en el desarrollo de la personalidad de muchos niños.

La crisis del juego, una realidad en las primeras décadas del siglo XXI, se ha agudizado con la pandemia. Las restricciones para evitar contagios, comprensibles y necesarias, han reducido el contacto entre niños y, por tanto, las posibilidades de jugar, el deporte organizado y muchas otras actividades fuente de sanas risas y procesos completos de maduración humana. Al mismo tiempo, la composición familiar actual, comúnmente con pocos miembros, tiene menos elementos para activar el juego dentro del hogar. Quizá muchos adolescentes contemporáneos conocen más El juego del calamar, de nulas aportaciones para un desarrollo maduro de la personalidad, que los juegos inocentes y sanos de épocas anteriores.

Estas generaciones actuales tienen un déficit de juego y no es un tema menor. Se trata de una actividad humana tan natural como necesaria. La rehabilitación de la educación en estas fases de la pandemia requiere no sólo de los esfuerzos académicos indispensables para regularizar etapas perdidas, sino la implementación creativa, en escuelas, hogares y comunidades, de actividades lúdicas que permitan a niños y jóvenes madurar y crecer razonablemente bien.

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