El amor en tiempos de Twitter

“Diré una verdad incómoda, el amor no es suficiente, nunca lo es. Para que una relación tenga permanencia y durabilidad, requiere que ambos posean los recursos individuales para salir adelante ante las crisis que enfrentarán como pareja. Por mucho amor que haya, se ...

“Diré una verdad incómoda, el amor no es suficiente, nunca lo es. Para que una relación tenga permanencia y durabilidad, requiere que ambos posean los recursos individuales para salir adelante ante las crisis que enfrentarán como pareja. Por mucho amor que haya, se necesita más". Ésta fue la sentencia que Germán Renko (@ArkRenko) publicó hace unos días en Twitter. La idea fue polémica y generó numerosas reacciones. Son poco menos de 240 caracteres, que apenas un día después ya llevaban más de un millón de visualizaciones y casi 24 mil “likes".

No me resistí a leer algunos de los comentarios. Algunos a favor, otros en contra, algunos llenos de radicalidad, otros ni leyeron y sólo se sumaron a la discusión, así es esta red social. La mayoría se inclinaba a pensar que, efectivamente, “el amor” no era suficiente y que era frecuente que “se terminara pronto”. Coincidían con la sabiduría popular que reza: “Amor, viento y aventura, poco dura”. Qué bueno que no es 14 de febrero.

Me costó comprender por qué decir que “el amor no es suficiente” resulta una verdad incómoda. A la par, estoy de acuerdo en que una relación permanente necesita de esos recursos individuales. El mismo Germán puntualiza que se refiere a “habilidades de comunicación, negociación, autocontrol, autoconocimiento, amor propio…”, etcétera. Quizá, en efecto, para las relaciones se necesita algo más que amor. Dado el desconcierto, lo único que se me ocurrió aportar a la controversia fue: “¿qué es el amor?”.

Recordé un video donde un grupo de universitarios pregunta a distintas personas precisamente eso. Las respuestas eran variopintas, aunque muchas de ellas identificaban al amor como una pasión, generalmente intensa. Una visitante extranjera, egresada de Tulane, respondía que el amor correspondía al color rojo y que era un apasionado sentimiento.

Mientras leía, le pregunté a una amiga si el tema le parecía relevante. Me comentó que sí. Y a continuación me dio ejemplos concretos que reflejan la realidad del amor: “Quedar callada para no afectar la imagen de un ser querido. Una madre que saca adelante a dos hijos teniendo que tener tres trabajos y luego vive un año de cáncer en silencio para no eclipsar la felicidad de la llegada de un bebé”. La distancia en relación con las aproximaciones originales me pareció enorme. Sin duda, denotaban mayor análisis y profundidad. El amor no se reduce a los esposos o novios. Curiosamente, ambos ejemplos hablaban de personas que saben templar sus sentimientos por el bien de otra persona.

En ese momento iba en el coche y se me ocurrió marcarle a mi mamá para saludarla; no me tomó la llamada. Sin embargo, recordé cómo ella ha sido capaz de educar, seguir y formar a un hermano mío que tiene discapacidad, con enormes sacrificios y cariño. Su vida no ha sido, por ello, infeliz ni resignada, sino una vida lograda. Pensé: “esto me parece que se acerca aún más a la definición de amor…”.

En una serie de Netflix, en cambio, un personaje casado está pasando una temporada con dificultades familiares y se encuentra a una mujer en un bar, que de inmediato le llama la atención. Él se acerca. En el diálogo con ella, le dice que “el amor anterior” ya no es vigente y que se ha arrobado por este “nuevo amor”. El “te amo” de las películas rosas se parece más a la pasión intensa mencionada al principio de estas líneas, y que podría traducirse en “me gustas mucho” o “me atraes mucho”. ¿Eso es amor? Mmm. Me sabe a poco. Equiparar el amor a un sentimiento momentáneo no parecería darle la profundidad que merece un término que, más allá de opiniones, sospechamos trascendente. Sin embargo, parece que el amor en tiempos de Twitter se entiende más en esa dirección.

Poco después, recibí mensaje de mi amiga. Me decía que amar tampoco es sufrir sin sentido, ni aguantar todos los golpes por aguantar, pues el amor no lastima por placer. “Coincido”, respondí de inmediato. Quizá la cultura actual, cansada de algunos de los excesos de las generaciones anteriores, ha reaccionado más en una línea emotiva que en el amor como compromiso, tal vez al observar ejemplos de sociedades que privilegiaban un voluntarismo amoroso, ciego ante la injusticia.

El término amor se ha descafeinado con el tiempo. El uso común actual parece distar de lo que hubiera imaginado un filósofo o un poeta clásico. Para Aristóteles, que no es precisamente el mejor ejemplo de romanticismo, el amor es la voluntad de querer el bien para una persona. Me suena más que la de Netflix. Me gusta también la idea de Saint-Exupéry: “Amar no es mirar al otro, es mirar juntos en la misma dirección”.

En definitiva, tan complejo es el concepto que me siento incapaz de definirlo con precisión en estas líneas. Definirlo como pasión me parece muy reduccionista, definirlo como esclavitud me parece una pésima interpretación. Para estas alturas de la reflexión tuitera, y de mi vida, me inclino más a definir el amor en una línea parecida al compromiso sensato, asumido con libertad, y que cuenta con las emociones, aunque sabiendo que estas no siempre son el asidero más sólido. Me cuestioné si convenía reflexionar sobre el tema y escribir una columna, es muy poco académico y quizá no es snob. Pero también veo a tantos jóvenes afectados por las malas interpretaciones del concepto, que me parece cobarde ignorarlo. Me gusta su pasión por hacer lo que aman, pero también creo que pueden aprender a amar lo que hacen.

Saber que hay personas que han sido capaces de buscar el bien de otros, lo sientan intensamente o no, quizá no es una definición completa, pero me parece una demostración de amor. Justo en ese momento, veo la llamada perdida de regreso de mi mamá reportándose. Gracias, coincidencia.

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