Educar a la dopamina

La relación dolor-placer, ahora estudiada por las neurociencias, siempre ha generado interrogantes en otros campos: la filosofía, la educación, la religión y, sobre todo, la vida misma. Gracias al diálogo con las ciencias, podemos establecer nuevas conexiones o consolidar las antiguas.

La sobreabundancia y el consumo desmedido, derivados de los excesos capitalistas, son actualmente un reto no menor. No sólo por lo indignantes que resultan a la luz de las personas que viven en pobreza y escasez, sino también por la paradoja que generan en su lógica de actuación. El consumismo produce cierto placer, especialmente en el corto plazo, pero rápidamente se agota y deviene en dolor.

Ha sido gracias al desarrollo de las neurociencias que contamos con nuevas pistas para entender estos “irónicos” mecanismos, vinculados a muchas ansiedades contemporáneas; dificultades que, impulsadas desde adecuadas bases antropológicas, son puerta a la consecución de vidas logradas, objetivo primario de cualquier educación.

Muchos recordarán , documental de Netflix que trata sobre la manera en que operan las redes sociales a través de una comprensión de nuestros cerebros que vinculan a fines comerciales. Ahí aparece Anna Lembke, jefa de una reconocida Clínica de Adicciones perteneciente a la Universidad de Stanford. Esta psiquiatra escribió en 2021 Dopamine Nation, que subtitula acertadamente cómo “encontrar balance en la era de la indulgencia”. El texto arroja brillantes luces sobre nuestro modo de interactuar con los bienes que nos rodean y a comprender el mecanismo placer-dolor propio del ser humano.

El consumo de ropa, comida, entretenimiento, drogas, videojuegos, sexo, etcétera, al final, descansa en una adicción al placer. Según las neurociencias, está conectado con sustancias como la dopamina, que mantienen una actividad cerebral gratificante. Sin embargo, el efecto de la dopamina dura poco y requiere nuevos y mayores incentivos que garanticen su continuidad.

Además, las segundas o terceras experiencias de un mismo tipo de placer suelen ir en declive, es decir, con beneficios marginales cada vez más reducidos. Por ejemplo, volver a ver una película o serie, o comer un mismo platillo, suele generar menos placer conforme avanza el número de repeticiones. Según los expertos, esto se debe al concepto de neuroadaptación, en el cual no sólo nuestra capacidad de percibir que el placer disminuye, sino que también nos volvemos más sensibles al dolor.

Lembke narra cómo en alguna ocasión sugirió a una estudiante adicta a su celular que librara una primera pequeña batalla: trasladarse de un salón a otro sin usar sus audífonos ni oír un podcast. Limitarse a observar lo que le rodeaba en ese corto paseo. Lo que podía parecer una actividad aburrida le ayudó a descubrir otros aspectos de la realidad, a la par que descansaba su actividad cerebral ligada a lo digital para darle nuevas oportunidades futuras. De hecho, en este tipo de situaciones, suelen surgir también ideas creativas.

Curiosamente, la abstinencia puede tener efectos beneficiosos. El descanso del placer puede restaurar nuestros mecanismos para valorar las cosas agradables. Al mismo tiempo, permite revelar si hay un problema de fondo, como son las adicciones, o si sólo se debe al círculo vicioso del placer que se puede curar con tres semanas de abstinencia. ¿Será que nuestro cuerpo es a veces más listo que nosotros?

Por otra parte, exponernos a cierto dolor, paradójicamente, puede incrementar nuestra capacidad de captar el placer. De un tiempo a la fecha se han puesto de moda los baños de hielo que consiguen, entre otras cosas, este efecto contrastante. También los expertos del café lo comprenden bien, saben que una pizca de sal disminuye lo amargo y puede potenciar las notas aromáticas de la bebida.

Un correcto equilibrio químico empata también con un deseable balance de vida propio, y propicio, de la vida lograda; especialmente si esta existencia es iluminada por principios elevados, lo cual es un constante y anhelado fin de la formación.

La relación dolor-placer, ahora estudiada por las neurociencias, siempre ha generado interrogantes en otros campos: la filosofía, la educación, la religión y, sobre todo, la vida misma. Gracias al diálogo con las ciencias, podemos establecer nuevas conexiones o consolidar las antiguas. El placer es bueno en el momento, cantidad y lugar adecuados. La abstinencia sensata y racional puede ser buena no sólo para la persona en general, sino para el mismo placer. Los impulsos pueden y deben ser educados. Si no “educamos a la dopamina”, nos terminará por gobernar y en la era digital ésta será una soft skill fundamental.

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