Destino compartido

 

En enero de 2022, David Brooks publicó una columna titulada America Is Falling Apart at the Seams. Describía una sociedad estadunidense en la que crecían la hostilidad y el desprecio por las normas elementales de convivencia. La pandemia había hecho más visibles esas fracturas, aunque algunas venían de tiempo atrás. Brooks, un articulista habituado a proponer respuestas, admitía que esta vez no tenía una explicación suficiente. Sin embargo, intuía una ausencia de fondo: “Ese sentido básico de pertenecer a un pueblo, a una empresa común con un destino compartido, es precisamente lo que falta hoy”.

Casi cinco años después de aquella columna de enero, y a días de las elecciones intermedias en Estados Unidos, sus palabras conservan vigencia. La inquietud tampoco se limita a ese país. En Francia, la deuda pública obliga a discutir prioridades mientras el sistema educativo presenta numerosas dificultades: ausentismo de profesores, falta de contrataciones, instalaciones descuidadas, entre otros factores. El malestar social se ve amplificado en las marchas de protesta.

En España, el acceso a la vivienda y el costo del alquiler estrechan las posibilidades de muchos jóvenes, al tiempo que las multitudes se manifiestan molestas en distintas plazas del país. Son problemas distintos, con causas propias. Comparten, sin embargo, una pregunta: ¿qué permite pedir esfuerzos a una sociedad cuando una parte de ella duda que esos esfuerzos conduzcan a un futuro mejor?

Ante una catástrofe reconocible, como un sismo o un huracán, puede resultar más sencillo comprender la necesidad de actuar juntos. La reconstrucción exige sacrificios, pero también ofrece un propósito visible. Esa solidaridad no surge siempre ni dura por sí sola. Necesita organización, confianza y resultados. El liderazgo, en ese contexto, es aparentemente más simple, pues el fin es tan claro que las voluntades se suman de inmediato.

El reto es mayor cuando los sacrificios se piden para corregir decisiones que la población atribuye a las falencias de sus propios gobernantes. En ese caso, prometer beneficios futuros no basta. Importa saber quién asumirá los costos, con qué criterios se repartirán y qué razones hay para confiar en que esta vez se cumplirán los compromisos. Una narrativa común pierde fuerza si la experiencia cotidiana la contradice.

Hay, además, una fractura más profunda. Cuando dejamos de reconocernos como parte de una misma comunidad, las diferencias políticas, culturales o sociales dejan de ser asuntos que podemos discutir y se convierten en señales de amenaza. La discrepancia es inevitable y, en una sociedad plural, necesaria. Lo que erosiona la convivencia es la incapacidad de ver en quien piensa distinto a alguien con quien seguimos compartiendo responsabilidades.

Por eso, la crisis no puede reducirse al desgaste del estado de bienestar europeo ni a las tensiones del capitalismo estadunidense. También habla de vínculos debilitados, de instituciones con menos credibilidad y de liderazgos incapaces de convocar en un contexto de diferencias. Un campeonato mundial de futbol puede reunir por unas semanas a personas que rara vez se sienten parte de un mismo “nosotros”. El desafío consiste en dar a esa pertenencia una expresión menos fugaz. Me refiero a objetivos valiosos que se construyan entre muchos y cuyos frutos puedan reconocerse en la vida común.

El destino compartido puede inspirar, pero también excluir si se define contra quienes no piensan igual. Vale para las familias, las empresas, las organizaciones y los países. Ninguna comunidad se sostiene sólo con una consigna o con arengas carismáticas. Necesita confianza ganada con hechos, cargas repartidas con justicia y espacio para que cada persona sepa que cuenta, así como líderes capaces de elevar las miras y sumar voluntades hacia fines más nobles.

Quizá ahí se encuentren las dos partes de la respuesta. La amistad, la generosidad y la empatía nos permiten volver a mirar al otro; la verdad, la bondad y la belleza nos ayudan a pensar hacia dónde queremos ir. Un destino compartido empieza cuando ambas cosas dejan de ser aspiraciones abstractas y orientan decisiones concretas. ¿Tendremos en el siglo XXI líderes capaces de inspirar y mover a otros hacia esa dirección?