Siempre preguntar

Comencemos por recordar una frase de la obra Tartufo, escrita por Molière, que, en voz de Orgón, plantea “[...] no hay por qué ser esclavos de esos fingidores, que hay tantos falsos devotos como falsos valientes…” (acto I, escena 5). Así, cabe plantearse que hay preguntas que resultan incómodas por lo que implica su formulación y las posibles respuestas que nos acercan a la falsedad. Cuestionamientos que permiten acelerar el pensamiento y nos conducen al conocimiento, a encender la curiosidad o encontrar los recursos necesarios para no enfangarse en las arenas de la duda, de la incertidumbre. Preguntas que, a fin de cuentas, también son un reflejo de quienes articulan cada una de sus palabras, de sus búsquedas y de su propia maraña. En ese sentido, quizá sea oportuno preguntarnos, como sociedad, cuándo podremos exigir, de manera eficiente y con el sentido de la oportuna justicia, que la cortesilla política responda por el trabajo que les ha sido encomendado, por sus resultados, por el ejercicio ético de sus funciones, por su transparencia.

Hace muy poco tiempo se habían establecido las bases para que esta pregunta lograra responderse con los mínimos elementos de la certeza. Sin embargo, sabemos que, durante los dos últimos sexenios, se apostó por desarticular todas aquellas instituciones y mecanismos que obligaban a todo miembro del servicio público a responder las dudas y solicitudes de quienes necesitaban saber algo con respecto a sus funciones.

Actualmente, el principio que norma la posible transparencia es la divertida y socarrona frase de “ser juez y parte”: el mismo gobierno se encarga de “transparentar” todo aquello que brindaría certeza a una sociedad que tiene cada vez más preguntas acerca de sus gobernantes y quienes forman parte del servicio público. Y todo queda al arbitrio del propio gobierno que brindará las respuestas más adecuadas para no comprometer su propia imagen de ser los inmaculados y moralmente superiores justicieros que necesitaba nuestro país. Sin embargo, siempre existe una pequeña hebra que puede deshilar esa narrativa gracias al cinismo que existe detrás de la corrupción, del contubernio, del nepotismo, de compadrazgo y todo aquello que ha sido, hasta el día de hoy, los principales problemas de nuestra cortesía política, siempre en detrimento de la misma sociedad.

¿Será que ya nos hemos acostumbrado a la mentira y al cinismo? ¿Es posible que, como sociedad, no nos creamos dignos de exigir transparencia sin miramientos? ¿Sin permitir que el gobierno y todo su andamiaje del oficialismo apuesten por el letargo de la desmemoria, la somnolencia de los programas sociales y se encuentren a la espera de un nuevo escándalo para olvidar el que incendió los medios de comunicación apenas unos días antes? ¿Acaso nos divierte observar la tranquilidad con la que se mueven ante las cámaras, ofrecen incendiarios discursos y sonríen con tranquilidad quienes toman café con los responsables de impartir justicia o disfrutan de los guiños con el crimen organizado, todas y todos aquellos que en algún momento fueron señalados de un posible acto de corrupción? Sonríen porque no se han visto en la obligación de responder, porque se saben bajo el cobijo de un gobierno que primero es capaz de recurrir al victimismo, a las teorías conspiranoicas o resguardar todo indicio bajo la etiqueta de “seguridad nacional” antes que ha responder por los actos de sus correligionarios. Se ríen de la exigencia de transparencia, se ríen de nosotras, de nosotros y de la justicia, porque así lo hemos permitido.

Apenas hace un par de días la atención se concentró en la presidenta del INE al revelarse un posible conflicto de intereses. Poco ocurrirá si observamos que en el apellido lleva la bendición del expresidente que se ufana de escribir libros y que con media hora de un monólogo cree que es suficiente. Y, todo parece indicar, ése será el resultado pues, como en otros casos, con una simple frase se cierran los procesos de investigación. Lo cual nos lleva a otra pregunta incómoda, ¿desde cuándo es suficiente con lo que diga un presidente o presidenta para dar por sentado que es una verdad absoluta e incuestionable? Vaya que hemos devaluado nuestra propia capacidad crítica y desarticulado la exigencia ante quienes han invertido mucho capital político y económico en sostener que basta pronunciar una palabra para considerarla incuestionable y parte de la única realidad que existe.

Sin embargo, sus propias acciones han terminado por convertirse en las piedras angulares de la mentira, la opacidad y el cinismo de una cortesilla política que, más allá de los colores, ha sido la responsable de que en nuestro país la muerte, la injusticia y la violencia sean una constante desde hace décadas.

¿Por qué nos hemos acostumbrado a todo ello? Claro, tenemos trabajo por delante para formular nuevas preguntas.