Desastre ecológico... y antropológico

Así como la interacción desordenada con la naturaleza trae secuelas, también el uso desequilibrado de la libertad en el ser humano genera facturas. Quizá el alarmante estado actual de la salud mental de las poblaciones, las numerosas depresiones y ansiedades sean en parte consecuencia de esta falta de respeto a nuestra propia Constitución

Existe preocupación mundial por el calentamiento global y el cambio climático. Las causas de este fenómeno refieren principalmente a los seres humanos. Sus consecuencias tienen efectos económicos y sociales, además del evidente desastre ambiental. Así como el ser humano propicia problemas ecológicos por no respetar el orden de la naturaleza, también puede crear afectaciones humanas por no respetar las leyes de su propia constitución.

Comencemos por el tema ambiental. La quema de combustibles fósiles, las emisiones contaminantes, la tala de bosques y los fertilizantes con nitrógeno generan mayores concentraciones de dióxido de carbono, metano y ozono, lo cual altera la distribución de gases en la atmósfera y deviene en calentamiento global. A toda acción le corresponde una reacción; el planeta tiene unas reglas de funcionamiento cuyo quebrantamiento acarrea un desorden que tiene repercusiones... tarde o temprano.

Las secuelas ambientales son conocidas: el aumento de la temperatura del océano, el retroceso de los glaciares, las extinciones masivas de importantes especies animales, los fenómenos meteorológicos extremos o el problema del agua que estamos presenciando, por mencionar algunos. Los efectos sociales y económicos incluyen la expansión de enfermedades, inundaciones, migraciones e impacto en comunidades vulnerables.

Afortunadamente, en los últimos años se ha incrementado la conciencia sobre esta problemática y se han ideado planes y acciones concretos. Se ha insistido en la necesidad de conservar la energía, fomentar la energía renovable, crear economías y energías bajas en carbono, entre otras muchas medidas. Sin ir más lejos, esta semana, Estados Unidos anunció un plan de 2 mil 300 millones de dólares para hacer frente al cambio climático.

Evidentemente, el ser humano tiene también reglas internas que le permiten mantener ciertos equilibrios y que, si las altera, afecta su composición, con mayor o menor grado de evidencia. Lo mismo sucede con las normas de convivencia: en caso de romperse, la sociedad se deteriora.

Así, por ejemplo, el consumo de drogas puede generar placer en el corto plazo, pero la infracción a las reglas del organismo acarrea afectaciones en el mediano plazo. En algunos casos, el impacto de la “alteración” es tal, que causa la muerte inmediata. De igual manera, el cuerpo requiere un mínimo de horas de sueño y descanso, y si se descuida sistemáticamente, muy probablemente tenga efectos en la salud. Es posible tener todo tipo de relaciones sexuales, pero el cuerpo, por algún motivo, enferma más con la promiscuidad. El ser humano necesita el contacto social, y si la mayor parte del tiempo la dedica a interactuar con un celular, suele producir ansiedad o depresión. La norma social número uno es respetar la vida de los otros, no matar; si es transgredida con facilidad, como en el narcotráfico o la guerra, el efecto social es terrible.

Más allá de estos ejemplos visibles, la preocupación sobre un desastre antropológico tiene que ver con numerosos campos de exploración científica, tecnológica, biológica, etc., que pueden tener beneficios al mundo, pero, al mismo tiempo, romper el orden humano y generar importantes efectos secundarios.

La lección aprendida con el desastre ambiental podría marcarnos ciertas pautas para no generar un desastre antropológico y sociológico. Considero que, en realidades como el metaverso, la inteligencia artificial, la experimentación médica, la fecundación artificial, las alternativas para modificar nuestro cuerpo, los nuevos modelos sociales, por mencionar algunos casos, conviene analizar muy bien los límites y los efectos sociales, humanos e, incluso, económicos. La sabiduría popular es clara: “Dios perdona siempre; el ser humano a veces; la naturaleza, nunca”.

Así como la interacción desordenada con la naturaleza trae secuelas, también el uso desequilibrado de la libertad en el ser humano genera facturas. Quizá el alarmante estado actual de la salud mental de las poblaciones, las numerosas depresiones y ansiedades sean en parte consecuencia de esta falta de respeto a nuestra propia Constitución.

Nos hemos fijado mucho en el problema ecológico. A la par, estamos llevando a cabo numerosas acciones que provocan un deterioro humano, quizá menos visible, pero igual o más preocupante.  Del desastre antropológico se habla mucho menos y su conciencia en las agendas políticas, sociales y educativas es menor. Tendría que ser una prioridad que genere estudio, detección de causas y consecuencias, así como acciones para evitarlo o controlarlo.

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