¿Democracia o emocracia?
Juan Meseguer en su artículo “Cómo lidiar con la emoción populista” identifica con lucidez el fenómeno de las “generalizaciones”, herramienta muy usada en la actualidad.
La comprensión de las emociones, tan propia de la sicología y la filosofía, ha sido históricamente un campo fértil para la mercadotecnia y la política. En años recientes hemos transitado hacia una “administración de las emociones”. Este fenómeno, impulsado a través de algunos medios de comunicación, principalmente en las redes sociales, aloja un potente combustible para impulsar, aunque también para incendiar, aspectos de la sociedad. Los dividendos sociales de esta lógica presentan probablemente más sombras que luces, y son una de las fuentes de alimentación de los populismos.
Es conocido que las noticias negativas suelen impactar más en los auditorios. Seguramente por ello el tono pesimista es el más socorrido. Parece lógico, bajo la premisa del emotivismo comunicativo, pues las malas noticias generan mayores emociones. Cito un ejemplo de esta semana: “Ómicron no daña pulmones: OMS” señalaba el título de la nota alojada en una discreta sección internacional, de mediano impacto. El encabezado “Vuelven picos de contagios” fue elegido, en cambio, para las ocho columnas. Tan cierta una como la otra, positiva, la primera; más alarmista, la segunda por lo que se le coloca como noticia protagónica. El objetivo se consigue: llamar la atención y mover emociones.
Más allá de lo negativo de las noticias, existen otros mecanismos para manejar emociones en el discurso público usados frecuentemente con interés político o ideológico. Como advirtió hace años Gabriel Albiac, el fenómeno de excesivas emociones en el espacio público es preocupante, debido a que pone en marcha un proceso que vacía el Estado de derecho de tal modo que las emociones acaban teniendo más peso que el equilibrio de poderes, las instituciones o las leyes. No por poco, el historiador británico Niall Ferguson ha señalado que ahora no vivimos en una democracia, sino en una emocracia.
El emotivismo también es producido por los medios o las redes cuando sobreactúan, estableciendo el mismo nivel de gravedad a fenómenos distintos. Brendan O’Neill, marxista libertario, lo explica bien cuando dice que comparar a Hitler con Trump es rebajar la barbarie del Holocausto, prostituir la historia e incapacitarnos para entender el presente. Naturalmente hay afirmaciones muy desafortunadas de Trump, pero ponerlo al nivel de Hitler, más allá de hacerle una injusticia a Trump, le hace daño a una sociedad que no distingue dos tipos de males muy distintos en gravedad.
La palabra violencia, por ejemplo, se usa para ilustrar una entrada fuerte en un partido de futbol, un desacuerdo verbal sobre la forma de entender al hombre o a la mujer, y también para narrar la matanza de 25 personas en un narcoataque. Distinguir los tipos de violencia y los grados de gravedad ayuda no sólo a describir mejor la realidad, sino dar una mejor proporcionalidad a la seriedad de los hechos y, por tanto, generar reacciones emocionales más equilibradas en función de lo acontecido.
Algo parecido ocurre con los fenómenos positivos cuando se les iguala en grado de bondad. Naturalmente, salvar a un perro callejero y darle acogida es una buena acción, pero es notablemente mayor el bien que realizó una enfermera que arriesgó su salud e incluso su vida en los inicios de covid por atender a numerosos pacientes críticos. La reacción emocional tendría un mayor beneficio social si fuera proporcional al heroísmo o bondad real del acontecimiento.
Juan Meseguer en su artículo “Cómo lidiar con la emoción populista” identifica con lucidez el fenómeno de las “generalizaciones”, herramienta muy usada en la actualidad con agendas particulares. Los que prefieren no ser vacunados han sido tachados en ocasiones de “retrógradas”, cuando pueden tener razones válidas para optar de una manera distinta al común de la población. Aquellos que creen que el matrimonio sólo puede ser entre un hombre y una mujer son llamados con frecuencia “homófobos”, cuando simplemente tienen un punto de vista distinto en relación con el concepto de familia. Los que defienden la vida desde la concepción son “ultraconservadores”. Los que votan por las izquierdas “colaboran con el mal” o son “antiprogreso”. Todos los políticos son “corruptos”; todos los empresarios, “socialmente injustos”, y así un largo etcétera. Las generalizaciones imprecisas crean un ambiente emocional cargado, desproporcionadamente, con base en suposiciones falsas o al menos no del todo ciertas. El efecto en la sociedad es naturalmente negativo.
La banalización del lenguaje, la prevalencia de lo negativo, la falta de distinción en grados de bondad o maldad, las sobreactuaciones y las generalizaciones suelen alterar las emociones y generar respuestas predecibles a favor de determinadas agendas sociales, ideológicas, políticas o populistas. El problema de fondo es que administran las emociones de los demás, manipulan comportamientos y afectan a la sociedad en general, creando pocas acciones para atacar los problemas apremiantes.
