Debate universitario
Nuestro país exige una profunda reflexión, y para ello las sedes universitarias podrían aportar significativamente la creación de nuevos modelos para abatir la pobreza y la desigualdad a la par de alcanzar un verdadero desarrollo. Se requiere un diálogo con nuestro entorno, uno que verdaderamente nos permita ser colaboradores prácticos y eficaces en el desarrollo social.
El debate reciente que se ha generado en torno a la UNAM, comienza a desgastarse. Escuchar tantas opiniones al respecto me ha llevado a reflexionar sobre un sinnúmero de temas que me parecen de la mayor trascendencia en relación con el futuro de las universidades públicas y privadas, así como de la institución misma de la universidad, más allá de cuestiones ideológicas. Quizá un diálogo en este sentido sería más importante para un país con tantas problemáticas como el nuestro.
¿Cuál será el efecto de la pandemia sobre la educación en México? ¿Cuántos mexicanos no regresarán a las aulas? ¿Podemos hacer algo por ellos? ¿Cuál es el índice del “producto intelectual bruto” que disminuyó en esta crisis y que será un retraso nacional en distintos niveles educativos? ¿Cuánto habrá impactado a jóvenes de bajos recursos el escaso acceso a la tecnología y, por tanto, su desarrollo en año y medio de crisis sanitaria?
¿Estaremos las universidades a la altura de los retos que está presentando la transformación digital? ¿Podremos capitalizar el modelo híbrido para el bien de los estudiantes? ¿Tendremos la flexibilidad y capacidad de adaptación para dar respuesta a las nuevas realidades laborales? ¿Seremos sensibles para entender y acompañar a los jóvenes de acuerdo con sus nuevos modos de ser, necesidades, ilusiones y perspectivas? ¿Seremos capaces de salir de nuestra zona de confort, de nuestro monopolio en emisión de títulos profesionales, y ofrecer mejores alternativas de desarrollo de competencias para los aspirantes a bolsas de trabajo? ¿Comprenderemos el espíritu de los emprendedores y seremos capaces de formarlos en resiliencia y realismo para generar una nueva turbina social?
Se agolpan los cuestionamientos. Hay muchos temas que resulta urgente conducir, especialmente frente a los retos impuestos por la contingencia sanitaria. Pienso, de igual manera, en la relevancia de un sistema educativo que responda a las desigualdades de nuestro país; la importancia de impulsar la movilidad social; la centralidad del compromiso social en las instituciones educativas, tanto públicas como privadas.
Nuestro país exige una profunda reflexión, y para ello las sedes universitarias podrían aportar significativamente en la creación de nuevos modelos para abatir la pobreza y la desigualdad a la par de alcanzar un verdadero desarrollo. Se requiere un diálogo sincero con nuestro entorno, uno que verdaderamente nos permita ser colaboradores prácticos y eficaces en el desarrollo social. Especialmente el sector educativo debe ser consciente de su trascendencia, no sólo en la preparación para el trabajo, sino en la formación humana e intelectual de los alumnos. La institución universitaria no puede mantenerse al margen de responder a las necesidades del mundo actual, claro, sin descuidar fines más profundos.
Los cuestionamientos se multiplican. ¿Cuáles son los índices actuales en México de grado escolar promedio de la población? ¿Cuál fue la afectación de la pandemia en ese sentido? ¿Cuál es un objetivo razonable ahora? ¿Conviene apuntalar los estudios universitarios o recuperar ideas de desarrollos técnicos y tecnológicos en los jóvenes?
¿Cómo podemos mejorar realmente la calidad en la educación? ¿Cómo influir en la formación humana y profesional de los docentes? ¿Cómo hacer que todos los mexicanos reciban más y mejor educación en cada uno de sus grados escolares?
Si de por sí la realidad educativa en México era compleja, en un entorno social tan particular como el nuestro, ahora tiene un reto exponencial en la supuesta parte final de la pandemia. Las familias, los jóvenes, los niños y toda nuestra sociedad están enfrentando problemáticas económicas, sociales, culturales, sicológicas, entre muchas otras, que distan de ser menores.
Sin embargo, por momentos, nuestras mentes están más ocupadas en la descripción de las problemáticas y en el debate político que en la construcción de soluciones, alianzas, estrategias e innovaciones realistas, acordes a una situación muy particular de nuestra geografía y cultura. El debate iniciado puede ser un buen comienzo, pero no habría que empantanarse en lo político, sino orientarlo a espacios más estratégicos y fecundos. Es preciso canalizar energías, diálogos, recursos y estrategias a la solución de problemáticas que son menos taquilleras, pero quizá más importantes.
clm
