Armonía interior, ¿misión imposible?

Cuando simplemente seguimos nuestros instintos, podemos acabar haciendo lo que en realidad no queríamos hacer: son las pasiones las que nos dominan y nosotros una suerte de entes a su servicio, con la consecuente disminución de nuestra libertad

En algunos periodos ha prevalecido un modelo educativo exigente y voluntarista, celoso del deber, en ocasiones inclemente frente a la afectividad. Probablemente como consecuencia de esa rigidez, en los años recientes se ha priorizado el cuidado de la libertad y la sensibilidad de los educandos; una pedagogía a veces desconfiada de los esfuerzos de la voluntad e, incluso, de la razón. Entre estas tendencias existen soluciones equilibradas cuyo alcance depende de una comprensión más profunda de la naturaleza humana.

El siquiatra austriaco Víctor Frankl se preguntaba: ¿qué es en realidad el ser humano? Su respuesta es sencilla y profunda a la vez. El ser humano es quien decide lo que es. Esta capacidad de autodeterminarnos es, sin duda, una función de nuestra razón y voluntad. Sin embargo, ¿cómo articulamos esta concepción en una persona que también tiene pasiones e inclinaciones? ¿Cómo armonizarlo particularmente en el complejo mundo de la educación?

Las pasiones son generalmente buenas. Sin embargo, se enfocan exclusivamente en el objeto que las atrae y descuidan el conjunto. Se nos puede antojar un helado de chocolate o sentir miedo frente a una amenaza. ¿Está mal sentirlo? No. La emoción es parte de nuestra naturaleza. ¿Resulta conveniente ingerir esa cantidad de calorías o reaccionar con temor frente a la agresión? La razón es la que puede hacerse cargo del conjunto, evaluar, sintetizar y proponer a la voluntad qué conviene más. En este caso, si ese alimento es oportuno dadas mis condiciones físicas o si enfrentar la amenaza es lo saludable, a la luz de nuestro bien integral.

Sentir una fuerte atracción hacia la droga o el alcohol puede ser difícil de resistir. Sin embargo, como atinadamente explica José Brage en su defensa de la templanza, es peor dejarse llevar por ellas y desordenarnos interiormente, además de que nos hace más débiles o menos libres en la siguiente lucha, esclavizándonos de alguna manera. Estos ejemplos, quizá más extremos, ilustran numerosas actividades de la vida educativa donde se trata, precisamente, de colocar lo que deseamos en un marco más amplio de lo que resulta conveniente para disfrutar de una vida más plena.

Lo explica bien el siquiatra Enrique Rojas al referirse a la sexualidad light: produce un bienestar instantáneo, un estallido de placer fugaz que, sin embargo, no proporciona verdadera alegría y no ayuda a la maduración de la personalidad. Si el cuerpo es sólo instrumento de placer el resto de la persona queda desconectada, se ama el placer y no tanto a la persona. El resultado es, con frecuencia, insatisfacción y empobrecimiento personal. La sexualidad, como tantos aspectos propios de la vida humana, si se separa de la razón, no constituye un bien verdaderamente humano.

Cuando simplemente seguimos nuestros instintos, podemos acabar haciendo lo que en realidad no queríamos hacer: son las pasiones las que nos dominan y nosotros una suerte de entes a su servicio, con la consecuente disminución de nuestra libertad. Es común que, posteriormente, se busque justificar esos comportamientos; nos contamos historias tratando de fundamentar por qué está bien actuar de esa manera sin realmente poder acallar cierta incomodidad profunda.

Por otro lado, con una frecuencia mayor de la imaginada, algo que al principio no deseábamos, pero que realizamos en aras a un bien mayor e integral, al final lo hacemos con deleite. Si esto se consigue, los beneficios para la estabilidad emocional son enormes.

Al mismo tiempo, no es lo mejor hacer las cosas simplemente porque hay que hacerlas, ignorando lo que sentimos en ese momento. Escuchar nuestra voz interior, dialogar con ella y flexibilizar nuestras posiciones, basándonos más en los fines que en los medios, son algunas claves para actuar mejor.

Ante tendencias educativas voluntaristas y opresivas, por un lado, o sentimentalistas y permisivas por el otro, el equilibrio es posible si entendemos a fondo al ser humano. Una educación basada en la comprensión profunda de la persona, en la correcta armonía entre razón, voluntad y sentimientos, buscando siempre bienes integrales del individuo y la sociedad, es el gran reto que tenemos para formar personas libres y responsables.

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