Altos costos emocionales

Una de las grandes preocupaciones que actualmente tienen las instituciones educativas me atrevo a decir, de todos los niveles es el manejo emocional de nuestros niños y jóvenes. Observamos, en grado mayor que en épocas anteriores, relaciones tóxicas, acoso sexual entre ...

Una de las grandes preocupaciones que actualmente tienen las instituciones educativas —me atrevo a decir, de todos los niveles— es el manejo emocional de nuestros niños y jóvenes. Observamos, en grado mayor que en épocas anteriores, relaciones tóxicas, acoso sexual entre adolescentes, dependencias emocionales desproporcionadas, narcisismo, exhibicionismo y otros comportamientos cuya raíz, coinciden muchos expertos, se vinculan con una creciente fragilidad emocional. Por supuesto, el fenómeno es complejo y multicausal. Su estudio es inestimable. En estas líneas refiero únicamente algunos de los aspectos que nos están afectando.

Recientemente leí un artículo de Ana Sánchez sobre las relaciones tóxicas en las plataformas de streaming. Culpa mía, After, A través de mi ventana, El stand de los besos o Perfecta adicción son únicamente algunos de los ejemplos que gozan de alto rating. Sorprende que observar relaciones tóxicas en la pantalla no sólo no nos vacuna del problema, sino que, más bien, las genera y deviene en un círculo vicioso. Sánchez de la Nieta lo compara con la comida chatarra. Nos gusta, nos atrae, nos genera dependencia y, al final, el exceso de colesterol nos afecta al corazón.

Psicólogos cognitivo-conductuales han advertido que, en el caso de las relaciones tóxicas que vemos en las series, hay un poderoso imán que nos empuja a verlas; el cerebro encuentra un “gustillo dopamínico” que a la larga genera ciertas formas de adicción. Las infidelidades de la mamá, los mundos de mentiras, los papás volcados en el hedonismo y los adolescentes en frecuentes intercambios sexuales son presentados en un formato de intensas emocionalidades que llevan a una “romantización de lo tóxico”. Todo aquello deja huella en los espectadores quienes, paradójicamente, no se detienen a reflexionar, sino que, más bien, experimentan una fuerte atracción.

El psicólogo social Bryan Gibson lo ha analizado en sus investigaciones. Ver películas como El señor de las moscas, sin un contexto adecuado, puede estimular la agresividad de los espectadores. Según Gibson, cuantos más programas de telerrealidad ven los jóvenes, más propensos a afirmar que para salir adelante en la vida hay que ser falsos y despiadados.

Por otra parte, existe un grave problema relacionado con la pornografía. Según la organización Save the Children, más de la mitad de los menores que han visto pornografía lo hicieron por primera vez entre los seis y los 12 años. Como expresa Jokin de Irala, los jóvenes actuales son expertos en el sexo y vírgenes en el amor. Podría parecer un simpático juego de palabras; sin embargo, además de la dosis tremenda de realidad que contiene, aloja un profundo secreto relacionado con la raíz de muchas tristezas juveniles. La confusión entre amor y sexo, capacidad de darse y solamente paladear el placer, es una de las nebulosas que confunden a nuestros jóvenes.

Por otra parte, Jorge Freire, en su libro Hazte quien eres, habla de un rampante narcisismo exhibicionista que crece de modo vertiginoso y cuyas consecuencias son parte neurálgica del problema emocional contemporáneo. Llama la atención que hace décadas había unas pocas palabras que comenzaban con “auto” en el Diccionario de la Real Academia Española, y actualmente son más de 170.

En la misma línea de lo referido, el difundido concepto de Only Fans trae mucho dinero en el corto plazo y aparentemente sube fama y autoestima. Sin embargo, como se empieza a comprobar a la distancia de algunos años de operación, en el mediano plazo suele devenir en afectaciones psicológicas tanto en proveedores como en consumidores. Naturalmente, fenómenos como el sexting y el acoso sexual entre adolescentes y jóvenes está vinculado con una “revolución sexual” que se ha salido de control y que ha traído consigo altos costos emocionales.

Si bien es difícil determinar con precisión la causa raíz detrás del problema emocional actual, sí parecería que está relacionado con la sobreexposición digital, la pornografía, el narcisismo, la crisis familiar, la exaltación de narrativas vitales tóxicas y el libertinaje. La ebriedad de la libertad genera con frecuencia desilusión y angustia. Relaciones humanas marcadas por el deseo de dominar al otro, controlarlo y utilizarlo. Una cultura donde no hay más ley que mi placer o la satisfacción de mis deseos es incompatible con la vida en sociedad.

La educación, tanto en el ámbito familiar, escolar e institucional vislumbra un enorme reto; a la vez, posee magníficas herramientas que, si son aplicadas de modo consistente, suelen dar buenos resultados. Mostrar a los seres humanos en su aspecto integral y no solo físico, donde el placer es sólo un elemento dentro de un conjunto más poderoso, donde la persona es fin en sí misma y no objeto para ser instrumentalizada.

Regresar a principios éticos sólidos, no presentados como prohibiciones arbitrarias, sino como límites necesarios para que el ser humano se despliegue con equilibrio e integralidad. Educar el carácter articulando armónicamente la afectividad y ayudando a desarrollar un criterio propio y el buen gusto.

Los educadores, por si fuera poco, no podemos ser personas de conflicto. Nos podemos oponer a ciertas ideas, pero nunca a las personas. Además, hemos de ser muy comprensivos con quienes tienen ya profundas huellas emocionales, sin juzgar, manteniendo la esperanza en las enormes potencialidades de recuperación propias del ser humano. En el corto plazo, además, es fundamental desarrollar mecanismos más eficaces a donde puedan acudir en caso de necesidad. De este modo, es viable recuperar la grandeza de las relaciones, el desarrollo integral de las personas y la capacidad de auténticos contactos humanos.

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