Alguien me deletrea
¿Qué tanto hemos conseguido? ¿Hemos logrado títulos, puestos, premios? Con frecuencia enfocamos nuestros esfuerzos en lo que estimamos preciados tesoros. Anhelamos dinero, poder, placer, fama y conocimiento, por ejemplo.
Arthur Brooks —profesor de la Harvard Business School, académico, conferencista y autor de varios libros— publicó el año pasado From Strenght to Strenght. El texto refiere las crisis que suceden a la mitad de la vida y se pregunta cuáles son aquellos aspectos en los que conviene enfocar nuestros esfuerzos para tener existencias más plenas y satisfechas. Cuestiones que, de algún u otro modo, muchos nos planteamos en épocas navideñas y de fin de año.
Brooks hace una interesante comparación entre Charles Darwin y J. Sebastian Bach. Ambos adelantados a su tiempo, clarividentes e innovadores. El primero no supo, paradójicamente, adaptarse a la segunda curva de la vida y terminó deprimido. En cambio, el músico fue capaz de sobreponerse a sus propias limitaciones y reinventarse como instructor. El final de sus días estuvo lleno de satisfacción y rodeado de seres queridos.
Ambos genios, con una tremenda capacidad de crear, tuvieron un enfoque distinto después de conseguir el éxito inicial. Según Brooks, la clave descansa en que Bach tenía una inteligencia “cristalizada”, que supo conocer sus límites a tiempo, capitalizar su conocimiento y pasar de ser un innovador de la música a un maestro de ella cuando su capacidad creativa disminuyó.
¿Qué tanto hemos conseguido? ¿Hemos logrado títulos, puestos, premios? Con frecuencia enfocamos nuestros esfuerzos en lo que estimamos preciados tesoros. Anhelamos dinero, poder, placer, fama y conocimiento, por ejemplo. Estos bienes se vuelven, incluso, nuestros referentes, ídolos a los que rendimos tributo.
Como aspiramos a la posesión de los bienes apuntados, muchas veces eso es lo que estimamos al relacionarnos con los otros. Nos fijamos en su belleza, poder, fama, conocimiento o dinero. Desde ese enfoque, corremos el riesgo de caer en lo que algunos psicólogos han llamado la “objetificación”: reducir a la persona emulándola con el objeto que nos interesa poseer. En otras palabras, te aprecio no en tanto lo que esencialmente eres, sino porque tienes y/o me permites conseguir algo que deseo. En ese caso, la persona es un medio. Posición contraria a la que durante milenios nos ha aconsejado la sabiduría humanista.
Estos bienes que deseamos para nuestra vida y que en ocasiones buscamos en otras personas, comúnmente representan, implícita o explícitamente, el objetivo prioritario de nuestras vidas, aquello a lo que dedicamos nuestras mayores fuerzas, por lo que estamos dispuestos a gastar nuestra existencia. Esos anhelos devienen en motor de nuestras acciones y se convierten, incluso, en sustitutos de Dios. En ese sentido, ateos, agnósticos y creyentes tenemos algo en común: un anhelo principal al cual dedicamos nuestras energías por considerarlo el bien o los bienes más preciados y terminan por convertirse en nuestro Dios o nuestros dioses.
La experiencia generalizada muestra la crónica de una desilusión anunciada. El gran drama es que los bienes mencionados —cuando se han obtenido y se entienden como fines— no conducen a la ansiada felicidad. No pocas veces, incluso, nos alejan de ella. Ninguno de ellos garantiza la satisfacción plena de los deseos del corazón. Esa suele ser precisamente la causa de las crisis de inicio, mitad o final de la vida: no encontrar los porqués o los paraqués adecuados.
Esta noche, Nochebuena, víspera de la Navidad, representa para millones de creyentes precisamente la respuesta a esas inquietudes, la solución al rompecabezas. Alguien por quien vale la pena dedicar esfuerzos y que no fallará y no traicionará. Alguien que no deja lugar a la desilusión, como sí lo hace el honor, la fama, el poder o el dinero. Él, que incluso ordena todo aquello de modo proporcionado, le toma lo bueno y previene sus excesos, orquestándolo de modo correcto hacia caminos de plenitud y satisfacción humana. Alguien que ayuda a darle sentido a las dificultades y penas que se nos presentan de modo inexorable. Alguien que sí garantiza la felicidad, en el momento presente pero también en el futuro. “Alguien me deletrea”, recitaba Octavio Paz; alguien que, pensamos los cristianos, es verdaderamente Dios.
Ante ese panorama, reflexionaba alguna vez Dostoievski: “Si alguien me probase que Cristo no es la verdad, y si se probase que la verdad está fuera de Cristo, preferiría quedarme con Cristo antes que con la verdad”. Algunos estamos convencidos que, además de lo anterior, sí es la Verdad; es por ello que nos alegramos tanto cada 25 de diciembre.
