25 de diciembre

“25 de diciembre, Navidad”, repetía un antiguo villancico; uno de esos versos que resulta casi imposible leer sin remitirse a su pegajosa música. Buena parte del mundo se une en celebraciones en torno a esta fecha, que suele sacar lo mejor de las personas.Festejos ...

“25 de diciembre, Navidad", repetía un antiguo villancico; uno de esos versos que resulta casi imposible leer sin remitirse a su pegajosa música. Buena parte del mundo se une en celebraciones en torno a esta fecha, que suele sacar lo mejor de las personas.

Festejos que, por cierto, han sufrido una curiosa transformación. Hasta hace poco decíamos “feliz Navidad” y ahora muchos expresan “felices fiestas”, en un afán de respetar el punto de vista de los no creyentes en Jesucristo. Por cierto, personaje que sigue teniendo “buen cartel”, en términos generales, para cristianos y no cristianos.

La historicidad de Jesucristo está sustentada por numerosas pruebas. Las fuentes son tan sólidas como aquellas que respaldan la existencia de Platón o Aristóteles, nacidos muchos años antes. Que la historia de la humanidad se divida en antes y después de Cristo alguna pista ofrece sobre su relevancia. Lo que sí ha dado lugar a innumerables debates son las interpretaciones sobre su persona y mensaje.

Bono, el famoso vocalista de U2, es un cristiano conocido. En una entrevista que le hicieron hace tiempo, mucho antes de la publicación de Surrender, menciona que la pregunta más intrigante y fundamental sobre Jesucristo es si verdaderamente es Dios o no. No le falta razón al famoso irlandés. Efectivamente, en esa respuesta nos jugamos mucho.

En mi caso, nací en el seno de una familia católica practicante y siempre he creído tanto en Jesús como en su divinidad. Su mensaje, doctrina y la moral que de ellas deriva, no dejan de sorprenderme. Estos aspectos juntos son bastante menos importantes que su persona misma, cuya grandeza descansa precisamente en ser Dios y hombre al mismo tiempo, y cuyo misterio se celebra hoy.

Tengo amigos y conocidos judíos, mormones, cristianos, musulmanes, budistas, agnósticos y ateos. Guardo profundo respeto por ellos. Al mismo tiempo, considero que la respuesta hacia quién es realmente ese Jesucristo al que celebramos hoy no depende ni de ellos ni de mí, tampoco de una votación democrática ni de gustos o disgustos de unos u otros. Al final, ese Jesús es Dios o no es Dios, así de sencillo. Y de ambas posibilidades se derivan numerosas consecuencias, inmediatas y futuras.

Mi labor profesional no tiene nada que ver con la teología. Mi preparación profesional me ha llevado a estudiar por años conceptos como matemáticas, estadística, procesos, logística y, en una segunda etapa profesional, management y educación. Mi práctica profesional tampoco es religiosa, sino una combinación entre academia y dirección. Sin embargo, he dedicado muchas horas a leer y estudiar sobre la fe cristiana y católica, intentando responder por cuenta propia las grandes preguntas que versan sobre el cristianismo e inquietan a tanta gente, entre ellos a mí mismo.

Personalmente, encuentro mucha conexión entre fe y razón. La fe cristiana, si bien tiene aspectos misteriosos, me parece razonable. El hecho de que haya aspectos que no comprendamos me parece lógico, al tratarse de algo que nos supera. Al mismo tiempo, se trata de una fe que apela también al corazón y es capaz de colmarlo. El mensaje cristiano lo encuentro esperanzador, alegre y exigente. La existencia de una Iglesia que custodie el mensaje me hace sentido, a pesar de los defectos de sus miembros, aunque sería motivo de otra reflexión.

La moral es uno de los puntos más debatidos, en mi opinión, precisamente por las dificultades que presenta. Es más apetecible una libertad sin restricciones y la subjetividad de los valores es más atractiva a nuestros impulsos. Sin embargo, me parece que esa subjetividad, y más como la vive el mundo actual, está, irónicamente, más cercana a esclavitudes, manipulación y dominación. Si nuestros impulsos se ordenan a valores objetivos como el amor, el compromiso o el bien, todo lo demás adquiere una dimensión superior que no rechaza los impulsos, al contrario, los capitaliza en un conjunto armónico. Esa aparente restricción de la libertad en realidad nos hace más dueños de nosotros mismos en pro de valores superiores y, por tanto, nos hace más libres.

Uno de los términos más desdibujados hoy en día es la palabra amor. Se entiende más como una pasión, un impulso, un sentimiento intenso. Sin embargo, he visto en muchos jóvenes cómo esa interpretación, entre otros aspectos, reflejada en la hookup culture, es parte de la causa de tantos problemas actuales de depresión, ansiedad y falta de sentido de vida.

Justamente, una de las máximas navideñas es una definición más pura del amor, entendido como la capacidad de entregarse a otras personas, comprometerse y estar dispuestos a sacrificarse por otros. Ese sacrificio no es algo irracional o antihumano, se ordena a un conjunto mucho más radiante que también implica disfrutar de la vida y sus placeres, sólo que, de modo armónico, holístico. El amor que trasciende el mero “sentir” y que agranda es el fondo de la celebración de hoy.

El mensaje de aquel nacido un 25 de diciembre es respetado en muchas partes del planeta. Detiene el arrollador ritmo del mundo contemporáneo en días de mayor tranquilidad. De su paz, cariño, enseñanza y ejemplo, prácticamente todos nos admiramos, creyentes y no creyentes. Quienes, además, confiamos en su divinidad podemos afirmar que ahí descansa el sentido de nuestras vidas.

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