En esta época inestable y un tanto recesiva a nivel mundial, es difícil encontrar empresas que hayan crecido en forma sana y constante en los últimos cinco años, a partir de la pandemia. Casi todas han tenido altibajos y en algunos casos un grave descenso de sus ventas. Otras crecieron, aunque en un ambiente más competido.
Crecer es casi dogma para muchos directores de empresas, ya que si los dueños no ven claro el rumbo positivo de su empresa pueden ponerse nerviosos y despedir a ejecutivos clave. En los mercados de valores, el precio de muchas acciones se basa en que las empresas cumplan con las expectativas de crecimiento en ventas y utilidades netas del trimestre. Cualquier disminución, por mínima que sea, puede causar una fuerte caída en el precio de esta acción en el mercado. Este criterio de corto plazo por parte de analistas de bolsa y muchos inversionistas ha sido muy criticado, pero sigue igual de preponderante en las actitudes de los ejecutivos, analistas y, sobre todo de inversionistas especulativos. El precio del petróleo, es un ejemplo.
Hay asesorados que me preguntan: “Y si no quiero crecer, ¿qué pasa?
En primer lugar, les pregunto: ¿Este deseo de quedarse estático lo comparten sus socios, familiares involucrados y ejecutivos? La lógica es que si él por capricho, rigidez, incluso por miedo no quiere crecer y no se lo comunica a su gente, les está haciendo un gran daño. Puede que ellos estén confiando prosperar a la par del negocio con mayores beneficios, sueldos o dividendos y no saber lo que el dueño tiene definido puede causar, al percatarse que todo está estancado sin razón, que se frustren y se salgan de la empresa.
Si el dueño junto con su familia y otros involucrados tomaron la decisión de no crecer por diversas razones lógicas, entonces hay que analizarlas.
Me han tocado, y he sugerido a varios empresarios y a sus familias que mantengan su negocio como está en términos de aumentos espectaculares en ventas, ya que:
• No tienen la capacidad financiera, de personal o el espíritu emprendedor para enfrentarse a los retos de una expansión o crecimiento acelerados.
• Su negocio no corre peligro de perder mercado o de la entrada de competidores agresivos que le bajen su posición
• La dinámica y conflictos familiares en este momento (o incluso a mediano o largo plazos) no permite que los socios familiares entren juntos en proyectos de expansión.
• El ciclo de vida tanto del emprendedor fundador como el de los productos o servicios que vende no permiten planes, sino tal vez (si no hay un sucesor adecuado) sería conveniente buscar vender el negocio y sacarle provecho mientras este esté operando.
La lógica nos dice que negocio que no crece es vulnerable a través del tiempo a que haya competencia más dinámica y puede paralizarse y de ahí llegar a morir. Pocos negocios podrán aguantar décadas con las mismas ventas y utilidades, aún si se ajustan a la inflación, ya que si son empresas familiares van a tener a miembros crecientes de las siguientes generaciones presionando con el grave problema que ya no alcanza para todos. Sin embargo, hay otros negocios que han mantenido sanamente a una sola familia y éste es heredado a otra familia nuclear, podando o restringiendo la entrada de numerosos accionistas, por lo que sí alcanza para esa familia.
En resumen, cuando un emprendedor(a) nos dice que no quiere que su negocio crezca, no se vale descartar sin analizar su razonamiento, sus temores, situación patrimonial y, en general, su proyecto integral.
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