El domingo pasado los nicaragüenses estaban de fiesta, celebraban el 47 aniversario de la Revolución que dio fin a la dictadura somocista. Para tales efectos, encabezaron los festejos nada más y nada menos que dos de los principales protagonistas de aquel lejano año de 1979: Daniel Ortega, quien ostenta el título de Presidente desde 2007; y la “copresidenta”, su esposa, Rosario Murillo (el nombramiento se lo dio a Ortega el año pasado). Todo hubiera pasado desapercibido para el mundo, como ha sucedido en otros años, de no ser por el anuncio que hizo el autócrata anciano: Nicaragua dejará de celebrar elecciones.
Después de mantenerse en el poder por casi 30 años (sin contar los años antes de 2007), aplastar a la oposición, someter a las instituciones, reprimir a las organizaciones y convertir a su esposa en copresidenta, ¿alguien se sorprendió de lo que dijo Ortega? De hecho, que haya elecciones no quiere decir que el régimen sea democrático. Para eso se necesitaba que hubiera oposición libre, árbitros electorales independientes y posibilidad efectiva de alternancia política. Sin éstos, las elecciones se han convertido en un protocolo de legitimación de la ratificación del gobernante, como sucede en Nicaragua y Cuba.
Ciertamente, el camino recorrido de ambos países después de sus revoluciones sociales ha sido diferente, pero los dos desembocan hacia lo mismo: un régimen autoritario y hasta dictatorial. Comencemos por Cuba. Después de la revolución transitó hacia un Estado socialista de partido único. La constitución reconoce al Partido Comunista como fuerza política dirigente única; por lo tanto, no permite competencia política ni alternancia electoral. ¿qué competencia política puede haber en ese contexto?
En Nicaragua, el régimen derivado de la Revolución Sandinista tuvo etapas de competencia política y alternancia. Incluso, cuando Ortega perdió las elecciones en 1990 aceptó la derrota y regresó al poder por la vía electoral en 2007. Pero, a partir de entonces el tránsito hacia la dictadura se produjo de forma gradual, mediante la captura del Poder Judicial y del órgano electoral, reformas para reelegirse, anulación del sistema de partidos, persecución y represión política contra los adversarios, sometimiento y desmantelamiento de instituciones que pudieran ejercer contrapesos, por ejemplo, medios de comunicación, universidades y organizaciones civiles y, por supuesto la concentración de poder familiar, tal cual se repitiera la misma etapa de dictadura de Somoza y sus hijos, antes de la Revolución. Así, el anuncio de Ortega sobre la anulación de las elecciones se presenta en un escenario en donde la democracia nicaragüense lleva años muerta, solamente faltaba desaparecer a las urnas.
¿Cómo se puede explicar que dos regímenes políticos que conquistaron el poder mediante revoluciones en nombre de la justicia y la igualdad terminen siendo lo mismo que combatieron o algo mucho peor?
Quizás, parte de la respuesta la podemos encontrar en Revolución y dictadura. Los orígenes violentos del autoritarismo, de Levitsky y Lucan Way, analizan por qué las revoluciones sociales violentas tienden a producir dictaduras resistentes. Señalan los autores que para que los regímenes revolucionarios logren consolidarse tienen que cumplir cuatro condiciones: a) Destruir o debilitar a las antiguas élites económicas, militares y políticas; b) Eliminar centros autónomos de poder capaces de desafiar al nuevo régimen; c) Formar una nueva élite dirigente cohesionada, unida previamente por la clandestinidad, la lucha armada, la persecución y la victoria revolucionaria; y d) Construir un aparato coercitivo nuevo, poderoso y leal, cuyo origen y supervivencia dependen de la revolución.
En el análisis presentado por estos autores, Cuba y Nicaragua se consolidaron de forma diferentes como regímenes revolucionarios, pero reorganizaron el Estado, cohesionaron a la clase política alrededor se su ideología, crearon fuerzas armadas identificadas y dependientes de su partido y ejercieron una gran represión en contra de los adversarios. Así, reorganizaron un nuevo Estado, concentraron recursos y han mantenido el poder por un largo periodo sin permitir el tránsito o el regreso hacia la democracia constitucional.
