ENBIARE: Bienestar de la resignación

Nos atacaron con drones, con ametralladoras y unas armas que nosotros nunca habíamos escuchado.  

(Testimonio de una mujer nahua de Chilapa en Mongabay.com, 12 de junio, 2026)

Este lunes pasado el Inegi publicó la Encuesta Nacional de Bienestar Autorreportado (ENBIARE) 2026. La mayoría de las y los mexicanos declaró estar satisfecha con su vida (8.62). Podríamos concluir que somos una sociedad feliz, tal y como lo señaló la presidenta Claudia Sheinbaum en la conferencia del miércoles. Sin embargo, la encuesta completa revela otro país diferente al que ella presumió: jóvenes con menor balance anímico; mujeres mucho más cansadas que los hombres; personas de habla indígena con muy alta insatisfacción; y, en general, una población preocupada por la seguridad ciudadana, que es el ámbito del entorno peor calificado, especialmente por las mujeres. ¿Qué demuestra la encuesta del bienestar: satisfacción o resignación con la vida que les tocó vivir?

Los datos de la Encuesta Nacional de Bienestar Autorreportado son relevantes, porque nos permiten conocer qué piensan las personas de su propia vida, pero en el mismo documento se puede leer la advertencia de que sólo se enfocan en la dimensión subjetiva, entonces, aun cuando se incluyen indicadores objetivos como el impacto del ingreso, la salud, la educación y la seguridad ciudadana en el estado anímico, hay que complementar los resultados con lo que sucede en la dimensión objetiva. Ese tipo de bienestar que se reconoce en ocho artículos de la Constitución (2, 3, 4, 25, 27, 31, 71 y 123) y es responsabilidad del Estado garantizar, porque los datos son muy transparentes cuando se compara la satisfacción con la vida contra el balance anímico. Es decir, las personas pueden valorar su familia, su vivienda, su comunidad o el simple hecho de salir adelante, pero, al mismo tiempo, percibir el abandono del Estado en aspectos objetivos como el del acceso a la salud, la educación, la seguridad ciudadana, el trabajo digno. Esto conlleva al estado anímico de inseguridad, precariedad, cansancio y falta de expectativas. 

Por ejemplo, el Inegi reporta que la población mexicana calificó su satisfacción con la vida con promedios superiores a ocho puntos, pero la energía frente a cansancio sólo alcanzó el 4.20 a nivel nacional, el dato es más relevante al evidenciar que las mujeres están más cansadas que los hombres: 3.87 y 4.58 respectivamente. El balance anímico alcanzó un poco más de la mitad: 5.07 en mujeres y 5.55 en hombres. En este caso, parece que no es mucha la diferencia entre unos y otros, pero, cuando revisamos las edades, sorprende que las mujeres de 18 a 29 años tengan un balance anímico mucho menor: 4.62. Lo mismo sucede con los datos sobre soledad: 39.2% de las mujeres y 31% de los hombres la experimentaron en algún grado, pero, 8.3% de las mujeres y 5.8% de los hombres, “la mayor parte o todo el tiempo”.

El cansancio de las mujeres no es un dato aislado: es un indicador político de la desigualdad y muestra cómo está organizada la sociedad, porque el cansancio femenino no puede explicarse únicamente como un estado emocional individual, sino está relacionado con la distribución desigual del trabajo doméstico, los cuidados, el empleo remunerado y las responsabilidades familiares. Esto se refuerza mayormente con los datos de indicios de ansiedad, las mujeres representan 25% contra 17% de los hombres.

Pero el dato que más impacta, es el de la satisfacción de la población de habla indígena: 14.6% de esa población esta insatisfecha con su vida, contra 8.4% de la población en general. Resulta inquietante este dato, porque significa que las personas tienen capacidad de adaptación de sus expectativas, pero no toda la población tiene la posibilidad de ser resiliente, las condiciones objetivas en las que viven algunos grupos poblacionales les impiden tener ese mínimo piso de bienestar subjetivo; y no, no son las comunidades indígenas las que han fracasado en alcanzar el bienestar; lo que ha fallado es el modelo de desarrollo estatal y la falsa idea de que las transferencias directas son equivalentes a producir bienestar.