Por Celia Maya García*
Negar que el silbatazo final del partido entre México e Inglaterra cimbró las ilusiones de millones de mexicanas y mexicanos sería minimizar lo que vi en los rostros de quienes seguimos el encuentro, una derrota que dolió como duelen las causas en las que uno ha puesto el corazón.
Pero algo extraordinario ocurrió. En cuestión de minutos, las emociones destinadas a la tristeza se transformaron en algo más grande, más luminoso y más duradero que tuvo cabida en una frase: ¿y si sí?, esas tres palabras que hoy le pertenecen a México.
Todo el país vibró con este Mundial. Nuestra Selección ganó cuatro juegos consecutivos sin recibir un solo gol y despertó una esperanza como pocas veces habíamos visto.
Sin embargo, la gran diferencia es que, cuando llegó la derrota, no nos refugiamos en aquel viejo lamento de “jugamos como nunca, perdimos como siempre”. Esta vez fue distinto. Esta vez nos quedamos con la pregunta que abre puertas en lugar de cerrarlas.
¿Y si sí? no es una consigna futbolera. Es un estado de ánimo que no exige certezas, sino que invita a la audacia. Es la voz de un pueblo que decidió que soñar no es ingenuidad cuando el sueño se sostiene en la disciplina, el esfuerzo y el trabajo en equipo.
Ésa es la lección que me llevo y que trasciende las canchas. Los jugadores nos recordaron que la excelencia no es producto del azar, sino del compromiso sostenido, y que cuando un equipo cree en un objetivo común, toda una nación se enciende con él.
Quienes ejercemos un puesto público tenemos la obligación de escuchar ese mensaje, porque en la cancha y en las instituciones, la confianza es el contrato que nos une a la ciudadanía. Si el equipo falla, el país se desilusiona; si la autoridad falla, la justicia se debilita.
Por eso, en el Tribunal de Disciplina Judicial del Poder Judicial de la Federación asumimos esta exigencia como un mandato cotidiano. He aprendido, en muchos años de servir a México desde el derecho, que detrás de cada expediente no hay trámites: hay vidas humanas que dependen de nuestra capacidad de actuar con rigor técnico, con ética y con fidelidad absoluta a la verdad.
Custodiar esa confianza nos exige lo mismo que le exigimos a la Selección: un desempeño impecable, todos los días.
Así como el ánimo del país se encendió con el futbol, la tranquilidad de millones de mexicanos depende de la eficacia de sus instituciones. Esa llama no debe apagarse con el silbatazo final; debe convertirse en convicción permanente.
¿Y si sí trabajamos juntos, con esa misma pasión, para llevar a México más lejos, más fuerte y más unido hacia las metas que hemos anhelado por tanto tiempo?
El partido más importante no se juega cada cuatro años: lo jugamos todos los días. Y ese partido, si lo jugamos en equipo, sí lo vamos a ganar.
*Analista
