Mundial: Cervantes tiene la palabra (X)

"¡Hey!, pero en español”, demandó Vinícius Junior, estelar de la Selección de Brasil y del Real Madrid, al advertir que el reportero que le formulaba una pregunta, durante una rueda de prensa del Mundial 2026 era hispanohablante. El moderador los paró en seco. Les indicó que las intervenciones debían hacerse en inglés debido al protocolo establecido para las conferencias oficiales.

Ocurrió algo similar con el marroquí Achraf Hakimi, nacido en Madrid, que igualmente quiso responder en castellano. Los videos de ambos momentos se viralizaron rápidamente y provocaron críticas de periodistas y aficionados. De entrada, alertaron sobre la incoherencia al restringir el idioma de Cervantes en un Mundial organizado por Estados Unidos, México y Canadá, región, la de Norteamérica, donde el español lo utilizan 185 millones de ciudadanos.

Según el censo de 2021, en el país de la Hoja de Maple 1.2 millones de personas hablan español. En la llamada Unión Americana el dato es contundente: más de 60 millones se comunican en la lengua oficial de sus vecinos al sur del Río Bravo, lo que la coloca como la segunda nación con más hispanohablantes del mundo, sólo por detrás de México.

El caso es que la presión pública provocó que la FIFA modificara su postura y se viera obligada a incorporar el español como lengua permitida en las conferencias, junto con los idiomas que ya se utilizaban. Y no, no hubo sanciones para la FIFA, pero, digamos, pagó una factura reputacional, situación que, digamos también, le hizo lo que el viento a Juárez.

Recordé el absurdo por la coincidencia de que los finalistas del Mundial sean dos naciones (España, con 48 millones de hablantes; Argentina, con 46) que se comunican con el idioma que tanto estudió y cuidó Antonio de Nebrija (“El conocimiento de las letras es el camino hacia la verdadera libertad del espíritu”). En Los 1,001 años de la lengua española, Antonio Alatorre recorre la historia y evolución de este idioma, su mezcla con infinidad de culturas. En algún punto aventura la siguiente hipótesis: “No es nada descabellada la idea de que el origen del lenguaje, hace muchísimo más de 100 mil años, es indistinguible del origen de la música, o sea que, en el principio, música y lenguaje fueron materialmente una sola cosa. Esta idea, desde luego, no es ‘probable’, sino in-probable del todo —o sea indemostrable— con los medios de investigación actuales. Pero bien pueden surgir otros medios en el futuro. Además, siempre ha habido ideas que, sin posibilidad de demostración, tienen la fuerza suficiente para dejarnos totalmente convencidos de ellas: sabemos que son ciertas”.

El caso es que la final del Mundial 2026 tendrá la resonancia de las palabras. Suficiente tensión puede presentarse durante el juego como para todavía acompañarla con una banda sonora entendible para ambos equipos.

En ese sentido, la manta de las Malvinas que mostraron unos jugadores argentinos, tras la victoria ante Inglaterra, reflejó una ambivalencia política. La competencia sobre la cancha se debe dar en cuestiones de igualdad, pero los dictados de un corazón salvaje son ingobernables, por mucho que la FIFA pretenda imponer idiomas y desterrar posturas en aras de la “neutralidad”.

Ernesto Sabato notaba que la causa de las Malvinas podía ser legítima, pero la guerra emprendida por la dictadura militar fue una tragedia y una manipulación del sentimiento nacional con la intención de perpetuarse en el poder, utilizando el fervor patriótico para ocultar sus crímenes contra civiles y la crisis económica de la época. Aguilar Camín recordó recientemente la sentencia de Borges respecto a esa guerra: “Dos calvos peleando por un pelo”. Lo del domingo será otra cosa, acaso. Que sea un gran partido de futbol.