La derrota moral morenista

La derrota moral de una comunidad ocurre cuando la injusticia deja de importar, la violencia deja de sorprender y la indiferencia se impone como característica preponderante de la forma de convivencia. La tesis sobre la “banalidad del mal” desarrollada por Hannah Arendt en su libro Eichmann en Jerusalén, ayuda mucho para comprender cómo una sociedad puede llegar a convivir con el daño sin sentirse responsable y muestra que el mal no siempre aparece como monstruosidad abierta, sino como rutina, obediencia, burocracia e incapacidad de pensar desde el lugar del otro.  

En México, las noticias sobre atrocidades, violencia homicida, desapariciones forzadas, feminicidios y otras violencias de alto impacto son tan cotidianas, que parece que los ciudadanos hemos perdido la capacidad de sorpresa, pero no sólo eso, sino, además, resulta inquietante que desde el poder político se trate de proteger a aquellos que, presuntamente, pueden estar involucrados por acción, colusión u omisión.

El pasado fin de semana, la consigna de “no estás sólo” se volvió a escuchar entre la militancia del partido de Morena reunida en su Consejo Nacional. La primera vez que se escuchó la misma frase fue el 25 de marzo del año pasado para demostrarle su respaldo al diputado Cuauhtémoc Blanco frente a las acusaciones de abuso sexual por parte de su media hermana; hoy fue para respaldar al gobernador con licencia Rubén Rocha frente a los señalamientos que le han hecho a él y a otras 20 personas desde Estados Unidos, por su presunta colusión con el Cártel de Sinaloa. 

No sabemos si ese grito festivo de apoyo al exgobernador Rocha fue el único factor que motivó la inmediata y endurecida reacción del presidente Donald Trump, quien reactivó la amenaza de intervenir contra los cárteles en México y dijo que si México “no hace el trabajo”, Estados Unidos lo hará. Luego, la Casa Blanca presentó una nueva estrategia antiterrorista que incluye a los cárteles como objetivos centrales calificándolos no sólo como organizaciones criminales transnacionales, sino como amenazas terroristas. 

Esta decisión del gobierno de EU impone mayor dificultad a la doble presión que enfrenta la presidenta Sheinbaum: por un lado, tiene que defender la soberanía de México frente al discurso intervencionista del presidente Trump, pero, por otra parte, tiene que demostrar que esa defensa no está sirviendo para proteger selectivamente a sus aliados y atacar a sus adversarios, porque frente a los señalamientos en contra del exgobernador de Sinaloa, la Presidenta y Morena hablan de falta de pruebas, de presunción de inocencia y exigen debido proceso, pero cuando se trata del caso de la gobernadora Maru Campos el tono es diferente y aducen intervención extranjera, omisiones graves, y hasta juicio político por traición a la patria. 

Nadie le quita la razón a la Presidenta por rechazar cualquier acción unilateral de Estados Unidos en territorio nacional. Ningún país puede aceptar que otro intervenga militarmente con el pretexto de combatir al crimen organizado. Pero, la defensa de la soberanía pierde fuerza cuando se politiza, una cosa es decir que “Estados Unidos debe presentar pruebas, respetar el tratado de extradición y no intervenir unilateralmente en México”, y otra cosa muy distinta, es convertirla en escudo partidista como lo ha hecho el oficialismo. Incluso, después de las declaraciones de Trump, el discurso presidencial se radicalizó en contra de la gobernadora Maru como una maniobra para desplazar el debate público. Así, la presidenta Sheinbaum, en lugar de aclarar por qué Morena respalda al exgobernador Rocha, exige que Maru Campos responda qué hizo frente a la presencia de agentes estadunidenses en Chihuahua; con esto, la Presidenta trata de seguir construyendo la narrativa de la defensa de la soberanía. 

Al tratar de desviar el debate público, el gobierno intenta controlar o disminuir el impacto de los señalamientos y amenazas del gobierno del presidente Trump, pero el discurso se agota cuando es evidente que hay doble rasero y lo único que queda es la convicción pública de la derrota moral de Morena.