¿La encíclica en 200 años?

Los cambios tecnológicos y sociales generan vértigo. Una fórmula para contenerlo es observar el pasado y tratar de anticipar el futuro. Un concepto ayuda a penetrar en la niebla del porvenir: el efecto Lindy. Sostiene que, si algo existía hace 50 años, es más probable que siga existiendo en los próximos 50 que algo que comenzó hace apenas cinco años. Un ejemplo extremo y a la vez simple es la silla. Aunque parece que las sillas siempre han estado allí, como objeto cotidiano son relativamente recientes y se popularizaron con la revolución industrial. Antes existían bancas sin respaldo, las personas se sentaban en el suelo y la silla solía reservarse a quienes ostentaban rango o autoridad. Pero es probable que en los próximos 100 años las sillas sigan presentes en la vida diaria, como lo están hoy.

AÑO 1826

Imaginemos a alguien situado en 1826, que comienza a experimentar los primeros cambios de la revolución industrial: las primeras máquinas de vapor aplicadas a los telares, una incipiente red ferroviaria y el auge de las grandes ciudades. En lo político, esa persona vería los ideales de la ilustración materializados sobre todo en EU, para entonces un experimento republicano de apenas 50 años. Hace 200 años el telégrafo óptico ya llevaba décadas en operación y el eléctrico estaba por nacer, a unos 10 años en el futuro; su adopción amplia tardaría un par de décadas más. En 1926, 100 años después, a esa persona del siglo XIX el telégrafo sin cables le parecería lógico, aunque no dejaría de sorprenderle. En lo ideológico sería difícil explicarle la Unión Soviética, que tenía unos años de nacida. Otros 100 años y tardaría semanas en concebir un teléfono Galaxy o un iPhone, WhatsApp y las videollamadas de 2026. La red de carreteras, el automóvil y el avión serían un salto difícil de imaginar. Pero el reto mayor sería explicarle la inteligencia artificial generativa y agéntica. Ahí ayudaría la imagen del doctor Frankenstein: quien creó una inteligencia que actúa por cuenta propia. El lector de 1826 ya tendría la referencia, pues Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley, se publicó en 1818. En cuanto a la estructura social y política, entendería sin problema que hay políticos que se creen reyes, pero le costaría mucho más concebir oficios como programar software, ser influencer o paseador de perros.

AÑO 2226 

Si nos transportaran 200 años al futuro, ¿cuál sería el equivalente a la sorpresa tecnológica que describí? Me imagino algo como Neuralink: artilugios tecnológicos probablemente integrados a nuestra biología, quizás indistinguibles de ella. Nos permitirían comunicarnos sin emitir palabras, tener sinestesia con las nuevas tecnologías y alcanzar una capacidad intelectual mucho mayor de la mano de la inteligencia artificial, y cuerpos mucho más longevos y en mejores condiciones que los actuales. ¿Tendría que adaptarse también nuestro sistema límbico, el de las emociones, o seguiría siendo el de los Homo sapiens? Es muy probable que cambie nuestra forma de organización social y de gobierno. ¿Y del transporte?, tal vez cambie el concepto mismo de mover un cuerpo para ir de un lugar a otro.

MAGNIFICA HUMANITAS

No obstante, viendo al pasado, los avances tecnológicos no provocaron una reflexión única, sino un proceso largo e iterativo a lo largo de más de un siglo. Por ello considero que la encíclica Magnifica Humanitas, de León XIV, es un dato más, pero no detonará un cambio de rumbo radical en la trayectoria ya trazada. Quizás el único cambio de trascendencia similar que modificó el curso de la naturaleza humana fue cuando el Homo sapiens pasó de cazador-recolector a agricultor. Pero en ese caso tardó milenios, ahora serán décadas. De ahí el previsible estrés y los riesgos que se advierten. Quiero pensar que en 2226 habrá sillas donde sentarse.