La esperanza de los migrantes menores
La crisis de los menores no acompañados, como se le denomina a esa crisis humanitaria de niños y jóvenes que han sido desplazados o han abandonado su país de origen y carecen de un entorno familiar o de protección institucional que lo sustituya, refleja el doble ...
La crisis de los menores no acompañados, como se le denomina a esa crisis humanitaria de niños y jóvenes que han sido desplazados o han abandonado su país de origen y carecen de un entorno familiar o de protección institucional que lo sustituya, refleja el doble fracaso de las sociedades del hemisferio para afrontar el problema migratorio. En primer lugar, la ausencia de un consenso común basado en la responsabilidad, la cooperación y la solidaridad no sólo en cuanto a las acciones de respuesta a los fenómenos migratorios, sino fundamentalmente en la atención duradera a sus causas. En segundo lugar, la ausencia de políticas focalizadas a ciertas situaciones especialmente apremiantes, como el caso de menores de edad que migran buscando una alternativa de vida o para reencontrarse con familiares y que son, en todos los sentidos, las víctimas más vulnerables de un recorrido de indignidad y de dolor.
El problema de los menores no acompañados ha sido visto desde la perspectiva estrictamente migratoria y bajo el doblez del paradigma de criminalización. Para los países expulsores y receptores, no hay ninguna diferencia entre la migración de menores y de adultos. Se tratan de la misma manera en todas las dimensiones del problema: prevención, controles policiacos, detención temporal, estatus legal y repatriación. La visibilización reciente de este fenómeno, en el marco de la discusión de la reforma migratoria en el Congreso de Estados Unidos, reveló con crudeza que ninguna nación se ha preparado para responder con sentido de humanidad a una situación diametralmente diferente en sus causas, necesidades y consecuencias. Si bien es cierto que muchos menores salen de sus países por razones económicas, no es menos cierto que un porcentaje de esa inmigración responde al impulso básico de reagrupamiento familiar. Una intuición muy básica sugiere que un menor está más dispuesto a asumir los riesgos de cruzar fronteras para reunirse física y emocionalmente con un cercano, para salir de su abandono y fragilidad, que cualquiera otro que lo hace únicamente motivado por el sueño de salir adelante. Ni qué decir de la capacidad para decidir, para razonar entre opciones y ponderar costos, entre un menor y cualquier adulto.
Las particularidades sociológicas y biológicas entre estas modalidades migratorias exigen un tratamiento ético particular para el caso de los menores no acompañados. Durante los últimos años, el discurso de los derechos humanos ha insistido en reconocer y proyectar el interés superior de las niñas, niños y adolescentes como un estándar fundamental para evaluar la corrección de cualquier política o decisión intersubjetiva. Este principio encuentra su razón de ser en la necesidad de crear tratamientos jurídicos y políticos diferenciados, a partir de un mismo andamiaje de derechos, a quienes se encuentran en proceso de desarrollo de su personalidad. De ese principio derivan una serie de consecuencias para definir una política más racional con respecto a menores migrantes. Una política que se haga cargo de que la solución no es repatriarlos a su país de origen sin revisar en qué condiciones serán acogidos por su sociedad de origen.
El caso de los menores no acompañados puede ser una oportunidad: ver el drama personal, con nombre y apellido, de miles de personas cuya única tragedia es pretender un futuro distinto o recuperar lo que por alguna razón perdieron. De nueva cuenta las intuiciones básicas: podemos ver los problemas sociales de forma distinta cuando se ven desde la perspectiva del rostro de una niña, de un niño o de un adolescente, de esos seres humanos a los cuales debemos protección especial. Este caso, visible hoy pero por años ausente del discurso político, puede ser el acicate de un nuevo entendimiento hemisférico en torno al fenómeno migratorio. Si no podemos ponernos de acuerdo en las cosas de los adultos, quizá una niña o un niño nos puedan recordar el sentido esencial de la humanidad.
*Senador de la República
Twitter: @rgilzuarth
