Espectador en el estadio

Éste ha sido uno de los mundiales de futbol que he disfrutado. Nuestra afición me complace. Nuestros juegos me satisfacen. Nuestro equipo me enorgullece. No entro a comentar lo deportivo porque no soy un experto en la materia, sino un espectador en el estadio.

Pero sí puedo comentar las reflexiones que este torneo me ha provocado en dos campos. Uno de ellos es el de la abogacía y la política. El otro es como un mexicano orgulloso y como un hombre de su tiempo. Vamos a lo primero.

Por una deuda profesional impagable, me doy mi tiempo para impartir universitariamente la cátedra constitucional, la materia más jurídica de la política y la más política de lo jurídico. Por esa vocación, mi mente percibió en estos días la naturaleza de la importante organización institucional del futbol, muy conocida como la FIFA.

La FIFA posee varias características jurídicas que ya las quisieran tener muchos Estados y muchos gobiernos, por no decir que todos. Tan sólo mencionaré 10 de ellos.

La primera es que es una institución soberana, con una soberanía casi pura o de 24 kilates. Ella decreta sus leyes y sus reglamentos sin la intromisión de absolutamente nadie. Ya lo quisieran cualquier congreso o parlamento. La segunda es que es una institución plenipotenciaria. Tiene el poder suficiente para hacer que esas leyes y reglamentos se cumplan siempre, desde en los campeonatos mundiales hasta en las ligas provinciales de todo el mundo. Ya lo quisiera cualquier ejército.

La tercera es que es una institución con autoridad al máximo. Todas esas disposiciones siempre se cumplen, sin violación. Ya lo quisieran cualquier fiscalía o policía. La cuarta es que es una institución autónoma a la que nadie sostiene ni mantiene, que no requiere protección ni promoción de alguien y que no pregunta ni consulta ni solicita ni requiere. Ya lo quisiera cualquier partido político.

La quinta es que es una institución autosuficiente que no necesita de nada ni de nadie. Ya lo quisiera cualquier economía del G20. La sexta es que es una institución legalizada y ninguna nación se opone a sus leyes institucionales. Ya lo quisiera cualquier tribunal. La séptima es que es una institución legitimada que en ningún lugar está prohibida ni proscrita. Ya lo quisiera cualquier facción.

La octava es que es una institución ecuménica que incluye a todas las naciones, a todos los credos y a todas las etnias. Ya lo quisiera cualquier organización de naciones. La novena es que es una institución universal a la que nadie rechaza y a la que nadie repudia. Ya lo quisiera cualquier alto comisionado. Y la décima es que es una institución aceptada a plenitud contra la que no hay protestas ni manifestaciones. Ya lo quisieran cualquier presidente o monarca.

Por si fuera poco, nadie tiene más seguidores que el futbol. Ello me ha hecho recordar mi primer encuentro juvenil con la Teoría general del derecho y del Estado, de Hans Kelsen, en la cual se proclama que ambas son lo mismo. Y, entonces, pese a que no tiene una población ni un territorio, tengo que reconocer que la FIFA es un Estado. En fin, ésta es la reflexión de un espectador en el estadio del futbol y en el estadio de la Constitución.

Mi otra reflexión es como mexicano orgulloso y como hombre de su tiempo. Estoy muy orgulloso de nuestro equipo nacional. Lo vi preparado, inteligente, honesto, honorable, respetuoso, maduro y, sobre todo, valiente …muy valiente. Pero también estoy muy orgulloso de la afición mexicana. A pesar de no ser campeones del torneo ni de acercarnos a ello, lo vimos y sentimos con alegría, con emoción, con decencia, con hospitalidad, sin envidias, sin odios y sin rencores.

Fueron ésas, dos de las muchas razones para sentirme muy contento en este Mundial de Futbol. Me recordó que siempre se vale decir “no se pudo”, pero que nunca de vale decir “no se puede”. Que, a pesar de todo, a pesar de todos y a pesar de todas, es una esperanza saber que no todo está perdido.