“No dejes para mañana...”

Si se avanza a satisfacción en la modernización de las reglas de la política y de las elecciones, tenemos un deber.

¿Debe el PAN aprobar la reforma energética en este periodo? ¿Resulta estratégico aportar sus votos en el Congreso para concretar una reforma que, sin duda, será celebrada como un logro de la administración peñista? ¿Debe apostar a la cooperación en un cambio estructural que dará impulso a la economía mexicana en el mediano plazo, quizás en este mismo sexenio, o tomarse más tiempo para que el estancamiento económico actual cobre factura al gobierno priista? ¿Es políticamente rentable para el PAN diferir a la primavera la aprobación del nuevo marco constitucional energético, con el propósito de develar el espejismo del régimen de la eficacia? ¿Es más conveniente no cederla hoy y así mantener al gobierno en la mesa de negociación para obtener otras agendas? ¿Enviarla al futuro para seguir siendo necesarios?

El PAN quiere la reforma energética. La ha pretendido por décadas. Decidimos no apoyar la iniciativa del presidente Zedillo porque queríamos que fuese un logro del primer gobierno panista. Calculamos que el PRI sostendría su oferta desde la oposición. Nos equivocamos. La división interna del PRI, y la consecuente estrategia de no cooperación sistemática que lo caracterizó bajo el gobierno foxista, hizo simplemente inviable la reforma. El PAN no contó con aliado estable para acometer una transformación de calado al petrificado régimen energético. La oportunidad de la reforma nunca llegó.

En el segundo gobierno panista, el PRI cambió de estrategia en su relación con el gobierno. Su posición de bisagra en el Congreso, particularmente en la Cámara de Diputados, y la intensa polarización que dejó la elección de 2006, provocaron que el PRI abandonara la necia obstrucción y, en contrapartida, abrazara el pragmatismo de la cooperación casuística. Cada iniciativa era una oportunidad para lograr algo a cambio: más recursos a los gobernadores sin el costo de cobrar impuestos, un cambio en las fórmulas de distribución de la recaudación federal participable con dedicatoria a Toluca, incidencia en nombramientos de órganos clave. La cohesión y el pragmatismo del PRI abrieron una nueva oportunidad a la reforma. Sin embargo, la tensión latente con la izquierda sugirió una prudente autocontención: proponer cambios a la Constitución en materia de hidrocarburos dividiría al PRI y avivaría el fuego con el PRD. Las circunstancias no abonaban a una apuesta de fondo. El gobierno panista tomó el riesgo y presentó una iniciativa de reformas legales que fue diluida sensiblemente en el Congreso por las vacilaciones del PRI. El resultado fue una reforma mínima al gobierno corporativo de Pemex y muy poco más. Una nueva oportunidad perdida para México.

El presidente Peña tiene lo que ningún otro Presidente ha tenido en la transición y la alternancia democrática: la ancestral verticalidad de su partido, la histórica responsabilidad del PAN y el pragmático pactismo del PRD. En este contexto, decidió no comprometerse: coqueteó con el PAN en el alcance constitucional de la reforma, pero guiñó el ojo al PRD con su perfume cardenista. Quiere mantener la oportunidad abierta con unos y con otros. Lo que le importa es que haya reforma, cualquier reforma.

Es el PAN quien tiene la responsabilidad de no dejar pasar la oportunidad. Nuestro cálculo debe estar centrado en conquistar la reforma, nuestra reforma: la que abre a inversión privada toda la cadena productiva de los energéticos, la que quita el control de los ingresos petroleros al gobierno en turno para que no acaben en gasto corriente o en las elecciones, la que fortalece a los órganos rectores para terminar con privilegios, la que somete al sector a fuertes controles públicos para garantizar la competencia y aumentar la oferta, la que promueve la reconversión sustentable del mercado energético. Hemos insistido en que antes de aprobar esa reforma, debemos votar la reforma política. No a modo de chantaje, sino como su complemento necesario: no hay desarrollo económico estable con baja institucionalidad democrática. Punto. Por eso la reforma política es la llave de la energética. Si se avanza a satisfacción en la modernización de las reglas de la política y de las elecciones, tenemos un deber ético y político de materializar la otra reforma. Acometer la oportunidad será rentable para el PAN. Podrá decir, en la próxima elección, que no dejó para mañana lo que debía hacer hoy.

                *Senador de la República roberto.gil@senado.gob.mx

                @rgilzuarth

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