Tlaxcala, líder nacional indiscutible
Su gobierno demuestra que la grandeza de un estado no se mide en kilómetros, sino en la claridad de su visión.
Durante mucho tiempo se creyó que sólo los estados más extensos, con presupuestos monumentales y capitales colosales, podían marcar el rumbo del desarrollo nacional. Tlaxcala ha desmontado esa vieja tiranía del tamaño. Lo ha hecho con la fuerza más contundente de la política: resultados verificables. Su gobierno demuestra que la grandeza de un estado no se mide en kilómetros, sino en la claridad de su visión, en la disciplina financiera y en la capacidad de convertir decisiones públicas en bienestar real.
La economía tlaxcalteca crece con orden, atracción de inversiones y empleo formal. No prospera por inercia, sino por institucionalidad. Las empresas confían porque encuentran reglas claras, acompañamiento gubernamental y certidumbre jurídica. Ese modelo ha permitido avanzar sin sacrificar identidad cultural, cohesión social ni acceso a servicios, algo poco común en un país donde las promesas suelen vencer al presupuesto.
En materia de seguridad, Tlaxcala aparece de manera consistente como la entidad más segura del país, de acuerdo con informes oficiales. La tranquilidad social no se presume: se percibe. La estrategia pública privilegia prevención, capacitación policial y coordinación institucional. La autoridad gobierna, no simula; ordena, no pacta.
La salud y la educación han sido tratadas como derechos, no como dádivas. Las unidades médicas fueron reforzadas, la cobertura de medicamentos ampliada y la atención comunitaria fortalecida. Las escuelas se rehabilitaron y se impulsaron becas para evitar el abandono escolar. El resultado es simple: la niñez y la juventud del estado hoy cuentan con herramientas para competir sin desventaja frente a cualquier región del país.
Pero quizá el cambio más visible está en el turismo y el deporte. Tlaxcala dejó de ser receptor pasivo y se convirtió en destino. El Campeonato Mundial de Volleyball de Playa 2023 fue un punto de inflexión: proyectó al estado ante audiencias globales, generó derrama económica y demostró capacidad organizativa. Desde entonces, la actividad turística se ha consolidado como uno de los motores del empleo formal y de la recaudación estatal, impulsando nuevos proyectos de infraestructura con proyección internacional.
La cultura, orgullo histórico de Tlaxcala, ya no es ornamento discursivo: es política pública. Se fortaleció el apoyo a artesanos, creadores y festivales, devolviéndole a la comunidad la certeza de que la identidad también es patrimonio económico y herramienta de futuro.
Nada de esto sería posible sin un elemento decisivo: un gobierno que sí gobierna. La administración de Lorena Cuéllar Cisneros no llegó a aprender, sino a ejecutar. Su trayectoria en el servicio público le permitió operar con cercanía social, rigor técnico y firmeza institucional. De ahí la estabilidad política y la confianza ciudadana que hoy distinguen a Tlaxcala como uno de los liderazgos más sólidos del país.
El centralismo mexicano se incomoda frente a esta evidencia. Tlaxcala contradice la tesis de que el desarrollo es patrimonio exclusivo de los gigantes territoriales. Ha demostrado que la República se construye desde todos sus espacios, y que un estado pequeño puede convertirse en referente nacional cuando gobierna con visión, honestidad y resultados.
Tlaxcala no compite por tamaño: compite por modelo. No aspira: ya es. Y su mayor enseñanza es clara para quien quiera verla: en política, la grandeza no se hereda, se construye.
