*Martí entendió la independencia no como un acto aislado, sino como una ética pública permanente: la defensa del derecho propio frente a la imposición externa, la dignidad nacional como condición de la justicia y la cultura como muralla contra la dominación.
En los momentos en que la soberanía de los pueblos vuelve a colocarse en la cornisa del riesgo en América Latina, el pensamiento político de José Martí recupera una vigencia ineludible. Martí entendió la independencia no como un acto aislado, sino como una ética pública permanente: la defensa del derecho propio frente a la imposición externa, la dignidad nacional como condición de la justicia y la cultura como muralla contra la dominación. Recordarlo hoy no es un ejercicio conmemorativo, sino una toma de posición frente a un mundo que vuelve a tentar la fuerza sobre el derecho.
*Nacido en La Habana el 28 de enero 1853, Martí fue poeta, periodista, ensayista y organizador político. El exilio forjó su carácter y amplió su horizonte continental. Desde Nueva York articuló la lucha por la independencia de Cuba y alertó tempranamente sobre los peligros del imperialismo en el hemisferio. Su pluma acompañó —y dio sentido— a las gestas latinoamericanas de fin de siglo, y su acción culminó en el sacrificio personal al caer en Dos Ríos en 1895. Su pensamiento puede resumirse como una constante: libertad con justicia social, soberanía con cultura, política con moral.
De su palabra, a 173 años de su nacimiento, una de las más citadas sigue interpelando a nuestra época: “Patria es humanidad”. En esa frase —y en el célebre ensayo Nuestra América— se condensa una doctrina que ha sido replicada y estudiada por líderes y movimientos de todo el mundo: desde pedagogías emancipadoras hasta diplomacias que reivindican la autodeterminación y la no intervención como pilares del derecho internacional público.
Martí fue contemporáneo de figuras que marcaron el tránsito del siglo XIX al XX: Rubén Darío, renovador del lenguaje; Eugenio María de Hostos, arquitecto de la educación cívica; León Tolstói, conciencia moral de Europa; y Otto von Bismarck, símbolo del Estado de fuerza en un mundo de imperios. En ese contexto de expansionismos y guerras, Martí propuso otra vía: la del derecho, la cultura y la solidaridad continental. La pregunta, entonces, es incómoda y necesaria: ¿cuántos mexicanos y latinoamericanos de esa estatura ética e intelectual necesitamos hoy para enfrentar, desde la política y la ideología —y si hiciera falta, con la propia vida—, el riesgo latente de que la fuerza vuelva a imponerse sobre el derecho internacional?
*Para cerrar, conviene volver a la poesía como refugio y advertencia. Jorge Luis Borges, en su poema Los justos, recuerda a quienes, sin estridencias, sostienen el mundo con actos mínimos de decencia. Esa enumeración silenciosa es también un programa político: frente al ruido de los cañones y la arrogancia del poder, la justicia cotidiana, la palabra honesta y la memoria activa siguen siendo —como enseñó Martí— la forma más alta de la soberanía.
