Independencia soberana

La historia de México es, desde su origen, una lucha por decidir su propio destino. La consumación de la Independencia en 1821 no fue únicamente el fin de tres siglos de dominio español; fue el inicio de un proyecto de nación. Vicente Guerrero lo resumió en la frase ...

La historia de México es, desde su origen, una lucha por decidir su propio destino. La consumación de la Independencia en 1821 no fue únicamente el fin de tres siglos de dominio español; fue el inicio de un proyecto de nación. Vicente Guerrero lo resumió en la frase que guiaría a generaciones: “La patria es primero.” Desde entonces, el gran desafío ha sido mantener viva esa promesa frente a amenazas externas y divisiones internas.

El siglo XIX fue escenario de invasiones y traiciones. La guerra de 1846-1848 con Estados Unidos, que arrebató más de la mitad del territorio, mostró que la desunión política podía ser tan letal como la fuerza militar enemiga. Benito Juárez, en su Manifiesto a la Nación de 1859, planteó que “entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”. Con esa idea impulsó las Leyes de Reforma, separó Iglesia y Estado y construyó el marco jurídico que consolidó a la República.

Mientras los liberales resistían, los conservadores buscaban restaurar el viejo orden colonial. Fueron ellos quienes ofrecieron la corona a un príncipe europeo, dando paso a la intervención francesa y al Imperio de Maximiliano. La resistencia republicana, desde las guerrillas de Mariano Escobedo hasta la heroica Batalla de Puebla, demostró que la nación estaba dispuesta a luchar hasta el final. La entrada de Juárez a la capital en 1867 fue más que una victoria militar: fue la reafirmación de que México no aceptaría la tutela de ninguna potencia.

En el siglo XX, esta lección se convirtió en política de Estado. Lázaro Cárdenas, al decretar la expropiación petrolera de 1938, afirmó que “los bienes de la Nación deben permanecer en manos de la Nación”, defendiendo los recursos estratégicos frente a compañías extranjeras. Poco después, la diplomacia mexicana adoptó la Doctrina Estrada, que consagró el principio de no intervención y el respeto a la autodeterminación de los pueblos, convirtiéndose en referente internacional.

Hoy, dos siglos después, se repite un fenómeno inquietante. Sectores de la oposición, incapaces de generar un proyecto que convoque al electorado, acuden a congresos y agencias extranjeras para pedir presiones sobre su propio país. Sus gestiones evocan el espíritu de los viejos comendadores coloniales que pidieron la intervención de Napoleón III. Como entonces, buscan el favor de potencias extranjeras para lograr lo que no consiguen en las urnas. Esta conducta, más que fortalecerlos, los aleja de los ciudadanos que demandan soluciones nacionales y no tutelajes foráneos.

Defender la soberanía no significa cerrarse al mundo. Implica dialogar en condiciones de igualdad y rechazar cualquier intento de imposición externa. La independencia que México necesita es moderna, democrática y plural: un país que garantice inclusión social, crecimiento económico y diversidad de pensamiento, pero que sea firme ante cualquier amenaza.

La violencia política y los extremismos deben ser rechazados. La democracia exige confrontación de ideas, no de armas; exige crítica constructiva, no traición a la patria. La independencia del siglo XXI no se mide en batallas campales, sino en la capacidad de que las decisiones que afectan a México se tomen en México, con visión de futuro y en beneficio de las generaciones venideras.

En palabras de Juárez: “Nada por la fuerza, todo por la razón y el derecho”. Ésa es la tarea de nuestro tiempo: mantener viva una soberanía que no se limite a las efemérides, sino que se exprese en nuestras instituciones, en la justicia social y en la dignidad de la República.

Que estas fiestas sean ocasión para reflexionar sobre el sentido profundo de la libertad y la responsabilidad de defenderla día a día.

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