Claudia Sheinbaum, líder política y moral de Morena
En un momento definitorio e histórico para la vida pública del país, Morena enfrenta un dilema que marcará su destino: consolidarse como un verdadero movimiento de transformación o ceder a los vicios que prometió combatir. La reciente adopción de normas internas que ...
En un momento definitorio e histórico para la vida pública del país, Morena enfrenta un dilema que marcará su destino: consolidarse como un verdadero movimiento de transformación o ceder a los vicios que prometió combatir. La reciente adopción de normas internas que refuerzan la austeridad y prohíben actos anticipados de campaña y candidaturas heredadas es, sin duda, un avance. Pero se trata apenas del umbral de un camino que exige mayor profundidad autocrítica, congruencia, inclusión y, al mismo tiempo, un compromiso genuino con los principios que dieron origen al movimiento.
La presidenta de la República, doctora Claudia Sheinbaum Pardo, ha lanzado un mensaje contundente y firme a la militancia: Morena no puede —ni debe— convertirse en un partido de Estado. “Hay mucho en juego”, advierte. Y no se equivoca. El sectarismo, la colusión con intereses ajenos al bien común e incluso la infiltración del crimen organizado son amenazas reales que exigen un blindaje ético urgente.
Este llamado debe resonar con fuerza. La legitimidad no emana del poder mismo, sino de la cercanía auténtica con el pueblo. Gobernar es ejercer el poder con humildad, sin olvidar que lo público es un bien sagrado y no un patrimonio privado.
En ese sentido, el decálogo de principios propuesto por la Presidenta no es sólo un listado moral, sino una hoja de ruta política para recuperar la esencia transformadora del movimiento: unidad con base en causas compartidas, honestidad como norma de vida y el ejercicio público entendido como servicio, no como privilegio elitista. La doctora Sheinbaum ha marcado la agenda del partido, su sugerencia la convierte en automático en el espíritu que da vitalidad real al liderazgo del movimiento. Su lideresa.
Frente a la frivolidad, el consumismo y el clientelismo que han caracterizado a otras fuerzas políticas, Morena debe ofrecer un contraste contundente. No se trata de simular austeridad, sino de vivirla con convicción.
Sheinbaum ha sido clara: los recursos públicos no deben usarse para turismo político ni para alimentar excesos. La verdadera política se hace en el territorio, caminando al lado del pueblo, escuchando, resolviendo, construyendo comunidad. Ser “instrumento del pueblo” no es una consigna: es una obligación cotidiana.
El rechazo al amiguismo, al influyentismo y al nepotismo no debe ser retórico. Si queremos un movimiento auténticamente transformador, debemos fortalecer nuestra estructura desde las bases, con organización social, contacto humano y movilización real. La austeridad, en este contexto, no es una opción: es una necesidad impostergable.
El proceso de selección de candidaturas mediante encuestas reales representa un avance hacia una mayor democratización interna. Pero como bien señala la mandataria, no basta con establecer reglas. Se requiere garantizar su cumplimiento con transparencia, ética y rendición de cuentas. La mejor campaña sigue siendo aquella que se realiza “casa por casa”, donde el rostro humano y el compromiso con la comunidad son más poderosos que cualquier slogan o estrategia mediática.
La autocrítica, tantas veces pospuesta, debe ser una práctica permanente. Reconocer errores no debilita; fortalece. Morena no puede permitir que la ambición individual desvíe el propósito colectivo. La historia nos ha mostrado que traicionar principios fundacionales tiene un costo irreparable.
Hoy, Morena tiene la oportunidad de consolidarse como un referente de honestidad y transformación en la política mexicana. Pero ello sólo será posible si se aprende del pasado, se actúa con integridad, sin discriminación y construyendo un presente que refleje los anhelos e inclusión de simpatizantes y militancia, los méritos reales.
“Con el pueblo todo, sin el pueblo nada” no es sólo un lema juarista. Es una responsabilidad renovable que interpela a cada uno de nosotros. El presente y el futuro de México están en juego, la relación bilateral con Estados Unidos y el mundo y el siempre vivo proceso electoral de país debe contener la unidad y la operación. Actuar con visión, ética y firmeza no es sólo deseable: es impostergable.
