La comparación entre Trump y Sheinbaum y su relación con la prensa no es solamente porque ambos atacan a la prensa, sino por la función que cumple esa agresión dentro de sus respectivas arquitecturas políticas. Ambos gobiernos comparten una idea fundamental: la prensa crítica dejó de ser considerada simplemente un actor o fiscalizador incómodo para convertirse en un descarado adversario político.
Desde su primera presidencia, Trump convirtió expresiones como fake news y enemy of the people (enemigo del pueblo) en instrumentos de movilización política. En su segundo mandato, el enfrentamiento se ha trasladado del discurso a acciones administrativas y jurídicas: disputas por el acceso de periodistas, demandas contra medios y utilización de organismos regulatorios.
Con Sheinbaum existe una lógica semejante, aunque expresada en un lenguaje distinto. La crítica suele ser catalogada por ella y sus controladores de medios entre información legítima o “campaña en contra”, desinformación, intereses empresariales y élites o ataques políticos. Anunció que financia con dinero público solamente a medios y periodistas que apoyan “el movimiento”. Además, la intención de judicializar la crítica periodística a las acciones de gobierno es otro ejemplo donde Sheinbaum quiere emular las acciones de Trump. Éste considera a la prensa crítica como parte de una conspiración política contra él y sus seguidores, mientras el discurso de Sheinbaum se inscribe en la narrativa de la “transformación de la 4T y quienes se oponen a ella”. Ambos dirigentes utilizan la personalización del conflicto con los medios. En lugar de discutir exclusivamente lo que publica un periódico, se identifica al periodista o al medio como actor agresor, y se le nombra y confronta públicamente.
Trump convierte a periodistas en objetos de confrontación pública. Eso tiene un efecto multiplicador: sus millones de seguidores reciben el mensaje de que ese periodista no es simplemente alguien que hizo una pregunta incómoda, sino que no es “uno de ellos”. En México funciona algo parecido cuando desde Palacio Nacional se identifica reiteradamente a determinados periodistas o medios como adversarios. En consecuencia, la pregunta implícita deja de ser “¿lo que dice el periodista es cierto?” y pasa a ser “¿de qué lado está el periodista?”. La credibilidad deja de girar alrededor de los hechos y comienza a depender de la identidad política del emisor.
Trump dispone de un Estado federal con enormes capacidades regulatorias y judiciales para perseguir a periodistas y sus medios. El fenómeno mexicano ha tenido otras características. La mañanera es su instrumento de control central. No necesariamente se necesita cerrar un periódico: basta con que la Presidenta tenga una audiencia diaria que le permite controlar el micrófono nacional y, así, pueda deslegitimar públicamente a un periodista o un medio. Sin embargo, la controversia actual sobre los derechos de las audiencias muestra el debilitamiento de la mañanera. Ese fracaso explica la intención oficialista de imponer reglas que afectan al ecosistema mediático. El gobierno ahora quiere mandatos jurídicos, como los que tiene Trump, para domar a sus críticos. Incluso con la opción de encarcelar a periodistas y clausurar o controlar sus medios.
La narrativa de Morena promueve la oposición entre “pueblo” y “élite”. Presumiblemente justifica su retórica nacionalista y soberanista. La crítica periodística es reinterpretada por ambos gobernantes como resistencia de los comunistas (Trump) o las élites privilegiadas (Sheinbaum) ante el “avance de sus históricas transformaciones”. En EU, las instituciones de contrapeso siguen teniendo una enorme capacidad de resistencia.
En México, el problema, trágicamente, es diferente: la concentración del poder político y judicial con Morena después de 2018 hace que la relación entre gobierno y prensa tenga una dimensión de desigualdad alarmante, desfavorable a esta última.
Ambos gobernantes saben que controlar la conversación pública es indispensable para controlar las decisiones de gobierno.
Trump y Sheinbaum practican la misma estrategia de poder sobre la agenda pública. Que sus ideologías sean diferentes es irrelevante. Son almas gemelas.
