Sheinbaum y Morena están articulando su defensa ante las acusaciones de que su proyecto político se dedica a la protección del narcotráfico. No es para menos. Se entiende la reacción oficialista al confirmar la caída de la popularidad presidencial en 21 puntos porcentuales, de 80% a 59%, y la caída de Morena a sólo 33% de aceptación popular. Esos números derrumban por completo la aspiración morenista no sólo de refrendar la mayoría calificada en el Congreso, sino también de ganar la mayoría de gubernaturas en las elecciones del 2027. También saben que, de presentarse más indictments contra líderes nacionales de Morena por su colusión con el narcotráfico, entra en juego la posibilidad del colapso total de Morena. Son predecibles los ejes narrativos de su defensa. Al ser predecibles, también se puede pensar que tendrán poca eficacia. Ante una coyuntura política novedosa y con niveles insospechados de conflictividad, dar las respuestas rutinarias de una izquierda inculta no resultará de mucha efectividad ante la crisis presente.
Sin mucha novedad, agitan la bandera de la defensa de la soberanía. Esto, en un México donde desde hace muchas décadas los ejes de la identidad nacional se reparten entre la Revolución Mexicana y el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos. Así de contradictorio. La economía nacional es parte integral de la economía estadunidense. Viven millones de compatriotas en aquel país y se identifican como mexicoamericanos. En este contexto, hablar de soberanía es una frase que puede agitar los corazones de cuadros políticos, pero no altera la realidad cotidiana de la mayoría de mexicanos. La integración mexicoamericana es algo que se vive sin conflicto, siempre y cuando se respeten las diferencias culturales.
Una mayoría de mexicanos observa que la defensa que hacen Sheinbaum y Morena de Rocha y socios es porque son narcotraficantes amigos del gobierno. En general, no gusta la idea de que Trump presione al gobierno, pero si ayuda a destruir la fuerza del narcotráfico, se puede aceptar como un mal necesario. Aplica la misma lógica cuando las mujeres de la Montaña de Guerrero le pidieron a Trump que intervenga ahí porque el gobierno mexicano no lo hace. En este reclamo hay un mensaje muy profundo de agravio con el gobierno de Morena que hay que escuchar.
Agitar a los morenistas contra la gobernadora de Chihuahua por la presencia de agentes de la CIA en un operativo contra laboratorios clandestinos para producir droga es politiquería. Pero, además, es una mala táctica. Según las encuestas, la gente considera que Trump combate más al narcotráfico en México que la propia Sheinbaum. La encuesta de Reforma señaló algo muy triste, pero que se debe escuchar: una mayoría de mexicanos confían más en la justicia estadunidense que en la mexicana. Así de mal están las cosas en nuestro país.
Los distractores no le sirven al gobierno. Los grupos musicales no distraen. El problema es mucho más serio y profundo que eso. Y no es cosa de “entender el contexto” para darse cuenta. Los corifeos pagados del gobierno tratan de orientar la discusión hacia otro lado. Pero es inútil. Siempre regresará, la discusión se sostiene y no se podrá evadir más tiempo.
La discusión ni siquiera es si el narcotráfico se ha apoderado de franjas importantes del partido y, por ende, del gobierno. Eso se da por sentado. La discusión ahora es cómo y con qué capacidades puede el Estado mexicano purgarse de esas estructuras incrustadas en sus entrañas. Ésa es la verdadera discusión, y es lo que los morenistas deberían estar discutiendo, en vez de mirar a su alrededor para ver a quién culpan de haber creado el problema que tienen. Sheinbaum puede purgar a su gobierno y partido del narcotráfico, en vez de defenderlos. Puede, pero no es sólo declarativo el problema. Debe actuar.
México tiene el mismo problema que Cuba frente a Estados Unidos. Cada uno tiene la solución internamente, a la mano. El problema es que sus clases gobernantes no son audaces ni quieren reconocer sus problemas para resolverlos de fondo. Se paralizan en la rutina de sus narrativas consabidas y tradicionales. Gritan “soberanía” cuando ésta fue rebasada hace mucho tiempo.
Mientras tanto, fuerzas externas se preparan para imponer sus soluciones ante la desidia y cerrazón de los líderes locales. Una trágica lección sobre clases gobernantes sin coraje, ineficaces y, finalmente, desleales a sus pueblos.
