Lo que debe entenderse por bienestar

El bienestar es una de esas palabras que, al ser repetidas sin tregua por el lenguaje político, terminan por vaciarse de significado y de sentido. Se le invoca en discursos, programas sociales, campañas electorales y ceremonias oficiales como si bastara pronunciarla para que la justicia social hubiese sido alcanzada. Sin embargo, una sociedad verdaderamente democrática no puede conformarse con la celebración retórica; está obligada a preguntarse, con rigor moral y político, qué significa realmente vivir en una comunidad justa.

Desde la tradición de las teorías contemporáneas de la justicia, el bienestar no puede reducirse al otorgamiento fragmentario de beneficios ni a la distribución episódica de ayudas públicas. El bienestar constituye una condición estructural de la vida colectiva y sólo puede afirmarse allí donde existen garantías efectivas para el ejercicio universal de los derechos sociales. En otras palabras, no hay bienestar auténtico mientras el acceso efectivo a la salud, la alimentación, la educación, la vivienda, el agua o la seguridad social dependa de la fortuna territorial o familiar.

Nuestra Constitución política concibe a los derechos sociales como obligaciones inexcusables para el Estado. Esa precisión es muy relevante, pues cuando un gobierno presenta como hazaña extraordinaria aquello que en realidad constituye apenas el cumplimiento parcial de un deber constitucional, el horizonte ético de la política se reduce dramáticamente. Así, por ejemplo, construir una o varias clínicas u hospitales debería detonar la pregunta en torno a cuántas siguen haciendo falta para garantizar plenamente el derecho a la salud; en esa medida, debe reconocerse que, a pesar de transferencias, infraestructura y apoyos, en su conjunto, no responden a la visión integral, universal y progresiva de los derechos que está contenida en nuestro paradigma constitucional.

En este punto se encuentra una de las deformaciones más preocupantes de la política contemporánea: la conversión de las efemérides y su comunicación en ejercicios de autolegitimación permanente. La memoria pública deja de ser un espacio para la deliberación sobre las tareas inconclusas de la justicia y se transforma en un dispositivo propagandístico orientado a exaltar al gobierno en turno. Conmemorar una fecha exige reflexionar de manera sobria en torno a las insuficiencias estructurales del país, pero en lugar de ello lo que se presenta es una narrativa triunfalista que confunde avances administrativos con plenitud histórica.

Si algo criticó la Escuela de Frakfurt fue precisamente el peligro del vaciamiento democrático a partir de la estetización de la política y de convertirla en espectáculo performativo. Debe comprenderse que, por el contrario, el fundamento de la política democrática descansa en la capacidad de construir propósitos comunes a partir del reconocimiento honesto de la realidad. Y ello exige ciudadanos, entendidos como sujetos morales capaces de comprender los problemas públicos, y no tratarles como audiencias de las buenas noticias gubernamentales

Existe en muchos gobiernos el temor de que hablar con franqueza acerca de los desafíos sociales pueda exhibir debilidad política. Se supone que reconocer carencias o insuficiencias puede traducirse en pérdida electoral. Sin embargo, esa lógica termina degradando la relación entre el Estado y la ciudadanía, porque al rehusarse a nombrar aquello que aún falta por alcanzar, la sociedad pierde la posibilidad de deliberar racionalmente sobre sus prioridades.

Una política debería partir de otro principio: la justicia social y el bienestar deberían medirse por la distancia que separa las condiciones reales de vida respecto de los derechos reconocidos constitucionalmente. En esa lógica, mientras exista una sola persona privada de acceso efectivo a derechos fundamentales, el bienestar seguirá siendo una tarea inacabada.

Hablar con verdad no debilita a la democracia, la dignifica. Sólo un gobierno capaz de reconocer con temperancia lo que aún no ha logrado puede convocar a la sociedad a participar en una empresa colectiva de transformación. El bienestar, entendido con esa seriedad filosófica es la construcción lenta, institucional y moral de una sociedad donde la dignidad se convierta, finalmente, en experiencia cotidiana compartida.