La derrota electoral de Viktor Orbán en las elecciones presidenciales de Hungría es una derrota para él, su partido y el régimen de gobierno que construyó durante 16 años También es una derrota para Vladimir Putin y Donald Trump. Orbán se definió a sí mismo como un “demócrata iliberal”. Era el guía y héroe del populismo de la derecha mundial.
Construyó un régimen que era visto como el ejemplo de un autoritarismo ilustrado, centrado en el rediseño del Estado moderno, desde sus cimientos más básicos y locales hasta la cúspide del poder nacional. No hubo institución que no se transformara en función de su objetivo esencial, que era la concentración absoluta del poder en la autoridad máxima del país. Llenó la burocracia de leales, no eficaces. Transformó seis premisas del Estado en Hungría. 1. Concentración del poder y erosión institucional. 2. Control de medios de comunicación y narrativa nacionalista. 3. Modelo económico orientado al clientelismo. 4. Distancia con la Unión Europea. 5. Política exterior en alianza con Rusia. 6. Sistema electoral subordinado y control del Poder Judicial.
Sin embargo, dos aspectos de su gestión gubernamental contribuyeron al desgaste de su liderazgo. En primer lugar, la extendida y generalizada corrupción, que fue impulsada por su familia, en primera instancia, y los miembros destacados de su gobierno. No hicieron, además, ningún esfuerzo por encubrir o esconder sus riquezas. La corrupción y la falta de Estado de derecho estaban a la vista pública de toda la población.
El segundo elemento que desgastó su régimen fue su gestión económica irresponsable que hizo que Hungría terminara siendo el país más pobre de la Unión Europea. Dejó de llegar inversión extranjera. El deterioro de los servicios públicos fue total. El sistema de salud cayó en el abandono, careciendo de medicinas y el equipo básico necesario para la evaluación de los pacientes críticos. El sistema educativo se convirtió en un aparato expulsor de los educandos por su falta de materiales educativos y maestros capacitados para la labor escolar. Provocaba una constante fuga de cerebros hacia la Unión Europea.
Al pasar los años, las promesas de bienestar fueron desapareciendo y, con ello, creció el desaliento sobre un futuro mejor. Orbán rompió el pacto de bienestar. El clientelismo, que inicialmente logró la aprobación del régimen, dejó de surtir sus efectos cuando los pequeños beneficios no lograron cubrir las necesidades básicas médicas, educativas o de empleo. Además, la población vio emerger una nueva clase social: acomodaticios que se aprovechaban del Estado para hacer negocios con contratos previamente asignados, convirtiéndose en una nueva y arrogante clase burguesa.
¿Pero qué es lo que sí hizo Orbán para mantenerse en el poder, si no era capaz de impulsar una gestión económica que le diera prosperidad, empleos bien remunerados y los satisfactores a su pueblo, que sí recibían ciudadanos de los países miembros de la Unión Europea? Lo que hizo Orbán, como “demócrata iliberal”, fue transformar las instituciones del Estado para prolongar su estancia en el poder indefinidamente. Reformó la Constitución para permitir su reelección indefinidamente y centralizó más poder en el Ejecutivo. Estableció controles sobre el Poder Judicial, los organismos autónomos y los órganos electorales. Cambió las reglas electorales y formas de votación para favorecer a su partido.
Estableció controles sobre los medios de comunicación y logró que el Poder Judicial castigara a periodistas críticos. Impulsó mensajes contra las ONG y “las élites globalistas”. Enfrentó a la Unión Europea y fungió como tercera columna en ella para favorecer a Rusia, incluso pasando informaciones militares confidenciales a Putin y sus generales. La conclusión sobre su desgaste y derrota electoral reside en que su único interés como gobernante era transformar las instituciones del Estado para su perpetuación en el poder. No le importaba el bienestar de su pueblo. En realidad lo despreciaba, y pensó que con darle algunos apoyos la gente estaría agradecida eternamente y no dejaría de apoyar.
Pero se equivocó. México tiene lecciones que aprender con lo sucedido en Hungría.
