Los tiempos que vive nuestro país son muy difíciles, y el futuro no pinta halagüeño; basta mirar los noticieros, leer los periódicos o salir a la calle: un tercio de los mexicanos está sometido al poder del crimen organizado. Las palabras “político”, “funcionario” y “gobierno” están asociados generalmente a la corrupción, incompetencia e ineptitud. Como escribí en el artículo anterior “La mentira como primera opción”, esta semana se ha comprobado que el derrame de petróleo en el golfo de México fue ocasionado por Pemex, después de culpar a un barco fantasma de la época de Peña, a la misma naturaleza y clamar que no había daño ambiental, turístico o económico; todos mintieron.
Es prácticamente imposible encubrir un evento de esta naturaleza, se tendría que ser maquiavélico e inteligente: lo primero sí se tiene, de lo segundo se carece. Ocultaron durante más de dos meses un desastre ecológico. Y eso es sólo un asunto entre miles de desaparecidos, inseguridad, sarampión, corrupción, improvisación, ineptitud, incapacidad e incompetencia. Vivimos rodeados de tantas malas noticias que es natural el tratar de negar la realidad, cerrar los ojos o meter la cabeza en la tierra como avestruz.
Aun los que tenemos el privilegio y la responsabilidad de hablar, publicar, escribir e informar en algún medio de comunicación respetable y con credibilidad —siempre sujetos al juicio de los hechos y de usted sobre cuánto cumplimos con ambas—, nos sentimos abrumados, decepcionados, desanimados e, incluso, amenazados. No olvidemos que México es el segundo país más peligroso para ejercer el periodismo: Reporteros Sin Fronteras indica que hay 123 países que gozan más libertad de prensa que el nuestro.
Sí, los problemas que nos aquejan como nación y como sociedad son gigantescos, a veces inconmensurables. ¿Cómo hacer frente a estas situaciones? ¿Qué puede hacer un ciudadano común para cambiar las cosas? ¿Es posible hacerlo? ¿Será cierto que somos más los buenos que los malos? Esta situación es resultado de años de malas políticas, corrupción, colusión, pero también de indiferencia e intransigencia de todos los mexicanos. Para lograr un cambio por la vía pacífica, también se requerirán meses o años. El filósofo chino Lao Tse (S. V a.C.) decía: “Un viaje de mil leguas comienza con un sólo paso”. Permítame añadir que ese primer paso es el más difícil, sobre todo si conocemos el camino sinuoso y peligroso que habremos de enfrentar. Los cobardes y mediocres jamás se atreverán a dar ese paso, mucho menos quienes están felices viviendo los beneficios de este círculo vicioso. Se necesitan valientes, se necesitan héroes.
Antes de querer cambiar el mundo, debemos cambiar lo único que podemos controlar completamente: a nosotros mismos. La fe (incluso en usted mismo) es indispensable y debemos encontrar los motivadores que nos muevan, literal y figurativamente. Nuestras familias, hijos, padres, amigos, la gente buena que aún existe, nuestros valores bien cimentados y no negociables. Los benedictinos tienen un lema: ora et labora, reza y trabaja. San Agustín decía: “Reza como si todo dependiera de Dios y trabaja como si todo dependiera de ti”. Sin querer sonar teológico, estas frases son buenas guías ante la titánica tarea que nos espera.
Solamente podremos lograrlo con el poder del bien; ese poder que nace del empoderamiento basado en conocimiento, cultura, valores, civismo y preparación; de la entereza y del arrojo contra las injusticias y el abuso de poder. Se basa en la bondad, el amor al prójimo, el liderazgo, la verdad, la autocrítica y el autoconocimiento; en el poder del bien común y la confianza en que podemos crear un México mejor. Después de cambiar nosotros, será más fácil cambiar al mundo con un buen cimiento; los malos se sustentan en el temor, en la violencia, en apostar a la ignorancia e indiferencia. Citando al ingeniero Carlos Slim Helú, “los problemas son muy cobardes: cuando los enfrentas, desaparecen”. La culpa de lo que sucede en el país es de todos, de nosotros depende crear un México mejor o hundirnos en nuestras iniquidades.
