Muerte en los Alpes

El copiloto del avión de la línea aérea de bajo costo Germanwings, subsidiaria de Lufthansa, Andreas Lubitz, quien estrellara de manera deliberada el Airbus A320 en los Alpes franceses el pasado martes 24 de marzo, causando la muerte de 149 personas, además de él ...

El copiloto del avión de la línea aérea de bajo costo Germanwings, subsidiaria de Lufthansa, Andreas Lubitz, quien estrellara de manera deliberada el Airbus A320 en los Alpes franceses el pasado martes 24 de marzo, causando la muerte de 149 personas, además de él mismo, le habría dicho a una novia que algún día todo el mundo conocería su nombre.

Al momento de escribir estas líneas, las posibles motivaciones o razones que pudo haber tenido el copiloto para realizar semejante acto (apretar el botón que inició el descenso implacable y fatal de la aeronave) no están claras y dejan mucho lugar a la especulación. Lo que al parecer sí es cierto es que Lubitz padecía de rondas depresivas severas desde hace algún tiempo y se esforzaba por impedir que la empresa se enterara de su situación. Incluso se ha informado que el día del siniestrado vuelo, él contaba con un permiso médico que le hubiera permitido no volar, aunque no se han divulgado aún las razones dadas en el documento.

Autoridades ministeriales de Francia y Alemania han enfocado sus investigaciones sobre el personaje, su pasado amoroso, su historial médico, posibles vínculos políticos y, hasta el momento, reconocen que sus indagatorias no han arrojado claridad sobre el motivo final que lo pudiera haber llevado a chocar el avión en los Alpes con tantas personas a bordo. Según declaraciones hechas por una novia, Lubitz se enojaba y protestaba por los largos horarios de trabajo, los bajos salarios y el poco reconocimiento que, opinaba, indebidamente recibía su trabajo. Pero, podría decirse, Lubitz y otras 7 mil millones de personas en el planeta sienten lo mismo y no necesariamente deciden quitar la vida a tanta gente en protesta. Por ello, para las autoridades, la insuficiencia de conclusiones las lleva, forzosamente, a mantener abiertas otras hipótesis, como, por ejemplo, algún desperfecto que habría inhabilitado a Lubitz involuntariamente, por más remota que pudiera parecer esa posibilidad.

Habida cuenta que el vuelo salió de España, se dirigía a Alemania y chocó en Francia, los tres países se consideran directamente afectados, primero, e involucrados en la resolución del caso, luego. Los presidentes de los tres países fueron al sitio del siniestro y, simbólicamente, confirmaron la existencia de la fraternidad de la “Vieja Europa”. Acordaron, entre otras cosas, que las fiscalías de los tres países trabajarían juntas para resolver el caso del avión accidentado, y así lo están haciendo. Han movido rápidamente para definir los términos del problema, especialmente para determinar si pudiera haber algún vínculo con agrupaciones terroristas en este caso, o si pudiera haber habido un explosivo a bordo del avión. Las autoridades de los tres países saben que en la medida en que se esclarece con rapidez y claridad el caso, ellas mismas se dotan de mayor legitimidad para hablar del caso con razones, y cierran el paso a especulaciones y rumores. Con el peso de su dolor encima, los familiares sentirán cierto consuelo con el simple hecho de entender lo que sucedió. Incluso a pesar de que implica tener que reconocer la capacidad que tiene un hombre sin sentido aparente para, de la manera más fría, llevar a todos los otros al abismo al que él mismo se quiere ir.

Ésa es la diferencia entre el funcionamiento de las sociedades con sistemas de justicia funcionales, y lo que ha ocurrido en México con los casos de Ayotzinapa y Tlatlaya. Aquí las autoridades no entendieron que había que reaccionar inmediatamente ante ambas atrocidades y no tratar de encubrirlas, los partidos políticos lo enredaron con sus dimes y diretes buscando sacar alguna ventaja del caso, el Ministerio Público federal fue torpe y terminó perdiendo credibilidad, la legitimidad del sistema político se cuestionó y la comunidad internacional ve con extrema suspicacia la conducta gubernamental. Ahora tenemos un conflicto social y político instalado alrededor de estos casos y, tendencialmente, se va convirtiendo en un movimiento antisistémico. El llamado a no votar también se va mutando hacia un mandato “justiciero” por impedir que los que quieran votar lo puedan hacer.

En el accidente en los Alpes murieron más personas que en Ayotzinapa y Tlatlaya juntos. Sin embargo, sus desenlaces están siendo completamente distintos. Lo que comparten es el dolor de los deudos, aunque lo que los distingue es que en Europa sí creen en la versión bizarra que emana de la autoridad sobre el caso, mientras que la incredulidad y desconfianza en la palabra de la autoridad es lo que reina en México.

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