Trump y su volado en Irán

Cuando envié mi columna el viernes pasado, tuve la sensación de que el presidente Donald Trump sí atacaría a Irán. Su declaración sobre esperar dos semanas me pareció mucho tiempo. Estimé que esperaría siete días y después atacaría como lo dejó entrever la ...

Cuando envié mi columna el viernes pasado, tuve la sensación de que el presidente Donald Trump sí atacaría a Irán. Su declaración sobre esperar dos semanas me pareció mucho tiempo. Estimé que esperaría siete días y después atacaría como lo dejó entrever la semana pasada. Su constante egolatría, sus amenazas, su estilo de hacer diplomacia y los análisis de la prensa me hacían pensar que Trump iba enserio. En lo personal, he dudado muchas veces de su blofeo o habladuría eterna cuando sale a declarar algo; especialmente al referirse a Rusia y su repetitiva promesa de terminar la guerra en Ucrania en 24 horas o con una llamada telefónica a su homólogo ruso.

Donald Trump es el hombre más poderoso del mundo y el individuo que puede decir lo que le plazca. Es el presidente de Estados Unidos. Declaración que haga, pregunta que realice o mentira que diga se hará viral en cualquier parte de este planeta.

Hay cosas que ha prometido y las ha cumplido. La amenaza a Irán fue una declaración con toque de incógnita, pero que se cumplió a cabalidad.

Nada ni nadie podía asegurar que la operación militar estadunidense Martillo de Medianoche en las tres principales estaciones nucleares de Natanz, Fordow e Isfahán con antecedentes de enriquecimiento de uranio y con posible fabricación de bombas nucleares, culminaría de manera exitosa.

El volado era determinante y hasta cierto punto, ya casi todos los medios habían dado a conocer cómo es que Estados Unidos podía destruir o casi destruir por completo el proyecto nuclear iraní. Sentí que era irresponsable y que ya no era tan secreto publicar lo que la actual administración pretendía en Irán, pero era bien sabido desde la primera administración de Trump que nunca se estuvo de acuerdo en que el régimen iraní contara con armas nucleares o enriqueciera uranio en 90 por ciento.

Así pues, las amenazas se hicieron realidad. El acuerdo no llegó ni bajaron los ataques entre Israel e Irán. De —según— esperar dos semanas y, supuestamente, creerlo, sólo pasaron unas cuantas horas para que todo se materializara.

La Casa Blanca distrajo a todos con la noticia de que aviones bombarderos B-2 volaban de Misuri a Guam. Al igual con el movimiento de activos militares marítimos estadunidenses perfilándose a un rango cercano a territorio iraní. Las especulaciones fueron virales y parecía que todo era preparación o antelación. Horas después, supimos que Estados Unidos sí había atacado a Irán. La promesa se cumplió. Las tres principales estaciones nucleares que más le preocupaban a Israel y a Estados Unidos habían sido presuntamente destruidas por completo. Se conjeturó que el mundo sería más seguro y que el terreno estaba listo para llegar a un acuerdo de paz.

Las alarmas sonaron y muchos hablaron de una escalada en Oriente Medio o de ataques terroristas en Estados Unidos.

Irán respondió, pero lo hizo a su manera y comunicó con antelación su ataque a la base aérea militar estadunidense Al Udeid en Catar.

Trump decidió no contestar y no escalar lo que pudo ser algo más. Estaba decidido a buscar una negociación o un acuerdo.

Su volado funcionó y amenazó muy a su estilo a Irán e Israel. El hombre más poderoso del mundo hizo posible un cese al fuego después de doce días de guerra en Oriente Medio.

Me queda la sensación que a Irán le salió barato todo lo sucedido. A Israel, le queda la decepción de no poder hacer más. A Trump, la audacia de que su volado haya sido efectivo.

Oriente Medio respira una tensa calma que Trump supo maniobrar.

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