De nuevo, Gustavo Petro

El izquierdista ha perdido poder en menos de dos años en la presidencia de Colombia.

A menos de dos años de tener a Gustavo Petro en el poder, Colombia se polariza de una manera preocupante al ir pasando los días y meses de su mandato constitucional. Las cosas, en sí, no le han salido del todo bien al mandatario colombiano dentro y fuera de las fronteras de su país. Es un personaje que ha resultado ser un líder que piensa más con el estómago que con la cabeza. Es ese gobernante de moda que vemos en Latinoamérica siendo un caudillo y un populista parecido a los mismos de su ideología. En vez de encontrar la unidad entre el pueblo y las facciones políticas del país, se profundiza en buscar una pelea populista que no le sirve de nada al internar encontrar los consensos necesarios para que sus reformas insignia pasen en el Congreso.

Es un gobernante que busca la aprobación utilizando la victimización y queriendo que las cosas que él pide se hagan sí o sí, cuando en realidad, no pueden ser así debido al poder que él mismo perdió políticamente en menos de dos años de presidencia. Si bien tiene todavía un importante poder político, ya no es lo que fue cuando ganó las elecciones en 2022.

Su poder político se concentra en su investidura, en su papel como jefe de Estado y lo que representa para el pueblo marginado que sigue creyendo en su tan brusca figura presidencial.

Petro recorre activamente el país casi todos los días y examina cómo ganar la popularidad que ha perdido. Busca abrazarse de la gente que votó por él e intenta ser polémico en lo interno como en lo externo. No resuelve lo interno y se mete en lo externo provocando peleas diplomáticas que llevan a un protagonismo barato y sin sentido.

El pueblo colombiano que no cree en su gobierno decidió marchar en las principales ciudades del país el pasado 21 de abril. Al presidente Petro, por su parte, le dolió demasiado e intentó victimizarse con declaraciones que lo llevaron de manera consecuente a optar por la misma vía que los que marcharon en su contra: rodearse de sus bases el 1º de mayo, Día del Trabajo, afianzar su proyecto de gobierno y hablar desde la Plaza de Bolívar. Su residencia presidencial, La Casa de Nariño, le queda a escasos metros de la principal plaza pública del país para hacerle saber a su gente que no está solo.

Lleno de acarreados, grupos sindicales, maestros, trabajadores y seguidores, el mandatario colombiano salió a un templete con su tan famosa gorra de las Fuerzas Armadas de Colombia a hablarle a su gente, a su país y a su gabinete. Unas 55 mil almas llenaron la Plaza de Bolívar y midieron sus fuerzas contra la marcha del pasado 21 de abril para ver “quién había llenado más la plaza y quién tenía más apoyo”.

Petro vociferó, se victimizó y exigió que sus reformas base pasen en el Congreso. Le hizo saber a la oposición que nadie lo va a tirar y que él no es un enfermo de poder.

Dentro de sus prerrogativas al viento también esperó el momento exacto y con su gente para romper relaciones diplomáticas con Israel. Un movimiento que ya se esperaba desde hace tiempo.

Es un mandatario que gobierna bajo las emociones y los sentimientos. Se nota perturbado y necesita demostrar que tiene fuerza. Crea enemigos, rompe relaciones, se victimiza y no puede gobernar sin escándalos. Interpone al M-19 en su movimiento y busca regresar a los vientos del pasado. Es un mandatario que, en menos de dos años, estancó el diálogo con la guerrilla y con sus bases políticas.

En Colombia, se gobierna desde la victimización y la polarización sin pensar en las consecuencias a futuro.

Temas: