Sobre (algunas) crisis autocreadas

Estamos acostumbrados que ni mal las vemos

Gobernar no es tarea fácil –aunque así lo crea el Presidente–, y nadie nace sabiendo hacerlo. Es un hecho que en el camino existe riesgo de equivocarse, sin embargo, es fundamental hacerlo lo menos posible, aunque no parezca que ese sea el objetivo del gobierno actual, que hace de los tropiezos su actividad preferida, generando una tras otra crisis autocreada.

La primera. Todo comenzó después de la victoria electoral, al promover la migración de centroamericanos para llegar a Estados Unidos, lo que derivó en que, después de un par de advertencias del gobierno de Donald Trump, amenazó con aranceles a nuestras exportaciones, a lo cual respondimos mandando seis mil elementos de la nueva Guardia Nacional –que se podían destinar a otras tareas– a la frontera sur de México, a fin de frenarla.

En enero pasado, la segunda. Después de llevar a su país a la debacle económica y de buscar mantenerse en el poder a como dé lugar, cuando la mayor parte de la comunidad internacional respaldaba un cambio de régimen, el gobierno de México decidió apoyar a la Venezuela de Nicolás Maduro, con base en el argumento de la “no intervención”, lo que mandó un fuerte mensaje sobre los amigos de nuestro gobierno.

La tercera, vino con la ridícula e innecesaria petición de que España les pidiera disculpas a los pueblos originarios por la Conquista de México.

La cuarta, con relación a Bolivia. Después de las protestas masivas en contra de Evo Morales a raíz de que se declaró ganador de unas controvertidas elecciones, el gobierno mexicano le dio su respaldo con el mismo argumento de la “no intervención”, sin embargo, cuando las cosas se le complicaron, con plena intervención, le envió un avión –que nos costó a los mexicanos dos millones de pesos– para traerlo a nuestro país, en donde continuó con su actividad política.

Por si no fuera suficiente, después de una serie de dudosas decisiones –incluyendo la protección de varios exfuncionarios, presuntos delincuentes, en la embajada en aquel país– que difícilmente pueden ser consideradas de “no intervención”, nuestra embajadora fue expulsada de Bolivia.

Y la quinta, después de haber tenido en 2018 un enorme –en todos los sentidos– equipo en la negociación del T-MEC, hace un par de semanas el subsecretario para América del Norte de la SRE, Jesús Seade, aceptó ciertos cambios –tal vez sin darse cuenta– que incluso generaron el consenso de republicanos y demócratas estadunidenses, lo que, por lo menos, genera la duda de si México no hubiera podido salir mejor librado.

Lo más preocupante de todo esto, en un contexto donde los temas se disuelven entre tantos otros, es que ya estamos tan acostumbrados a las crisis autocreadas que ni mal las vemos y se nos olvidan en un par días. Y éstas son sólo las internacionales. Faltan las nacionales: cancelación del aeropuerto de Texcoco, desabasto de gasolina, desaparición de la Policía Federal, etcétera.

Lo que tienen en común estos acontecimientos es que no había necesidad de hacerlos y México no ganó –en algunos casos nada– con ellos, sino todo lo contrario. En lugar de que nuestro gobierno utilice su capital político, a nivel internacional, para temas más importantes –como el control de armas de Estados Unidos–, pierde el tiempo.

Esperemos que esta enorme curva de aprendizaje por fin esté llegando a su fin y se pueda ver luz al final del túnel.

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