La autocracia en Nicaragua

Para los países existen nombres cuyo olvido está prohibido. Mencionarlos es evocar una parte de la historia patria que jamás debería olvidarse. Para Nicaragua ese nombre es Anastasio Somoza, quien fuera el ultimo dictador de la dinastía Somoza, un régimen que estuvo caracterizado por la represión política y una corrupción desmedida. El final de Somoza llegaría con la revolución encabezada por el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN).

Daniel Ortega está ligado de manera indisoluble al triunfo de aquella revolución, ya que fue un comandante clave del FSLN para alcanzar la victoria; y con posterioridad pasó a formar parte de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional, asumiendo de forma progresiva el liderazgo del ejecutivo encargado de reorganizar las instituciones y la vida económica del país.

El liderazgo revolucionario de Ortega se tradujo en un primer periodo presidencial —de 1985 a 1990— tras ganar las elecciones. Después vendría una derrota en las siguientes votaciones frente a Violeta Barrios, que condujo a ese país a un periodo de transición democrática que duraría 16 años; tiempo en el cual se mantendría a la cabeza del FSLN como líder de la oposición, desde donde negoció reformas electorales y pactos que harían posible su regreso a la primera magistratura por la vía electoral.

En 2006, Daniel Ortega recuperó la presidencia en unas elecciones que ganó con 38% de la votación, lo cual fue posible gracias una de esas reformas electorales, que redujo 35% el mínimo necesario para ganar en primera vuelta y evitar así una segunda vuelta, donde podría haber sido derrotado por una oposición unida.

A su retorno al poder de Nicaragua, Ortega se encargó de desmantelar de forma progresiva al sistema de contrapesos democráticos, al impulsar reformas constituciones que —entre otras cosas— quitaron los límites a la reelección presidencial y aseguraron el control del Frente Sandinista de Liberación Nacional sobre los órganos del Estado. Lleva 19 años y medio consecutivos en el poder.

Este apretado resumen histórico es necesario para dimensionar su reciente declaración: “Que se olviden, aquí no volverá a haber elecciones, para que no intenten atrapar el gobierno, atrapar el poder”; y amenazó con promover “leyes para que le pongan un muro, un bloque a los golpistas, a los vendepatrias”.

Dichas consignas son alarmantes, no sólo para su país, sino para la región entera. Porque la democracia —entendida como la forma de gobierno que tiene como origen esencial la soberanía popular— no puede existir sin elecciones libres.

Esta concepción filosófica fue recogida en el artículo 3º de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, se determina que: “El origen de toda soberanía reside esencialmente en la nación. Ningún órgano ni ningún individuo pueden ejercer autoridad que no emane expresamente de ella”.

Aún recuerdo en mis tiempos juveniles cuando en 1979, el presidente López Portillo ordenó la ruptura diplomática con el régimen de Somoza —haciendo a un lado la tradicional postura de la Doctrina Estrada— calificándolo de "genocida". México le dio el reconocimiento al FSLN y un gran apoyo político. Veíamos entonces a los líderes sandinistas con entusiasmo y admiración por su triunfo revolucionario.

Y hoy resulta paradójico que Daniel Ortega se haya convertido en un autócrata y victimario de la democracia en Nicaragua, y sea la mimesis de aquella tiranía que dijo combatir.

Como Corolario, la frase de la gran periodista Anne Applebaum: "Cancelar las elecciones no es gobernar; es tomar a todo un país como rehén”.