La fascinante historia del agua en el Valle de México (VIII)

Ramón Aguirre

Ramón Aguirre

Registro Tláloc

El hundimiento de la Ciudad de México provocado por la extracción de agua subterránea es un fenómeno ampliamente documentado. La primera explicación técnica fue formulada en 1927 por el ingeniero Roberto Gayol, quien sostuvo que el bombeo disminuía la presión interna de los sedimentos lacustres y provocaba su compactación. Posteriormente, entre 1947 y 1952, Nabor Carrillo confirmó esta hipótesis mediante estudios y modelos matemáticos que explicaban con mayor precisión el comportamiento del subsuelo.

Con esta evidencia, reducir la extracción del acuífero parecía la decisión más razonable. Sin embargo, el acelerado crecimiento de la ciudad obligaba a buscar nuevas fuentes de abastecimiento. Así resurgió una propuesta planteada desde 1899 para conducir agua desde los manantiales del Alto Lerma hacia la capital, aunque entonces fue descartada al preferirse el sistema de Xochimilco, una alternativa más cercana y menos costosa.

El proyecto Lerma comenzó a construirse en 1942. Su propósito fue captar agua del Alto Lerma, en el Valle de Toluca, y conducirla hasta la Ciudad de México mediante una compleja infraestructura hidráulica que incluyó la captación de manantiales, la perforación de pozos, la construcción de acueductos, la excavación del túnel de Atarasquillo para atravesar la Sierra de las Cruces, el aprovechamiento de los desniveles naturales para generar energía eléctrica y su conducción hasta los Tanques de Dolores, en Chapultepec, desde donde se distribuye a la ciudad.

Se estimó que el sistema podría aportar hasta seis metros cúbicos por segundo, volumen suficiente para cubrir el déficit existente y atender el crecimiento urbano previsto para las siguientes tres décadas. La trascendencia del proyecto también se expresó en obras artísticas que hoy forman parte del patrimonio de la ciudad. Destacan la monumental fuente con la escultura del dios Tláloc, elaborada con mosaicos y piedras de colores y diseñada por el arquitecto Ricardo Rivas, así como el Cárcamo de Dolores, concebido como una alegoría de la unión entre la ingeniería moderna y la tradición hidráulica mesoamericana.

Uno de los elementos más singulares del proyecto es el mural El agua, origen de la vida, de Diego Rivera, quien lo describió como el encargo más fascinante de su carrera pictórica. La obra fue concebida para apreciarse bajo el agua y pintada directamente sobre los muros de la cámara hidráulica por donde circulaba el caudal proveniente del Lerma, convirtiéndose en el primer mural subacuático del mundo. Con el paso de las décadas, sufrió un severo deterioro, por lo que fue necesario desviar el flujo de agua, medida que finalmente se concretó en 1990. Desde entonces ha sido restaurado en diversas ocasiones y hoy constituye uno de los patrimonios históricos y culturales más valiosos de la ciudad.

No obstante, el Sistema Lerma, inaugurado en 1951, fue rápidamente rebasado por el crecimiento demográfico, impulsado principalmente por la expansión de los municipios conurbados del Estado de México. A principios de la década de 1970 ya era evidente la necesidad de una nueva fuente de abastecimiento. Sin embargo, los proyectos para importar agua al Valle de México, entre ellos el Sistema Cutzamala, apenas se encontraban en etapa de análisis y aún requerían varios años de estudios, proyectos y construcción. Por ello se decidió perforar, de manera supuestamente provisional, nuevos pozos en el acuífero del Valle de México, con la premisa de que dejarían de operar una vez que entrara en funcionamiento la nueva fuente de abastecimiento.

Como veremos en la siguiente columna, aquella medida provisional terminó por convertirse en permanente. Desde entonces, la necesidad de abastecer de agua a una población en constante crecimiento ha prevalecido sobre la obligación de proteger el acuífero, aplazando una solución de fondo y profundizando un problema cuyas consecuencias ya son evidentes y amenazan con agravarse en las próximas décadas.