¡Volver a ver el mar!

Rafael Álvarez Cordero

Rafael Álvarez Cordero

Viejo, mi querido viejo

Mi querido viejo: no sé tú, pero yo he tenido siempre una relación muy especial con el mar, y no es que tenga familiares marinos, sino que mis sentimientos hacia el mar me han dado los más grandes placeres de la vida. 

Nuestra primera aventura para conocer el mar fue cuando no había autopistas, tenía yo nueve años y salimos del DF, en autobús, subimos a Cuernavaca, seguimos hasta Taxco y luego bajamos a Tierra Colorada, hasta que por fin, al dar una vuelta en el camino, ¡ahí estaba el mar!

La alegría que teníamos no puede compararse, no sólo el ver la inmensidad del océano, las olas, su espuma y su ruido al estrellarse contra la playa. 

Y la playa, misteriosa capa blanca que en su arena encerraba sorpresas maravillosas: pequeñas conchitas, caracolitos, etcétera, que reuníamos y limpiábamos para guardarlos.

Nuestro amor por el mar nos llevó muchas veces, en el auto de papá, a Acapulco y a Veracruz, y siempre disfrutamos el clima, el agua, la comida, los encuentros con parientes y amigos. 

Pero mi amor por el mar tuvo un giro extraordinario cuando me enamoré de Alicia y, gracias a la ayuda de una amiga, decidimos –luego de casarnos formalmente por todas las leyes en México– viajar a los mares del sur y llegar hasta Tahití, donde nos casamos por el rito polinesio.

Y allá fuimos, cruzamos el mar y llegamos a ese maravilloso lugar; ahí nos recibió el jefe polinesio con todos sus adornos, y nos disfrazamos de polinesios: yo con pectoral y penacho florido y Alicia con un maravilloso atuendo que terminaba en un penacho que remataba su belleza.

Y ahí recibimos nuestros nombres polinesios: Terai Thane y Terai Tahine, comimos y bailamos con los polinesios y nos alojamos en una habitación con pilotes enclavada en el mar. 

Y después, por muchos años, cada fin de año lo pasamos en Cancún, porque rentamos dos departamentos con todo lo necesario para que la familia pudiera disfrutar la llegada del año nuevo.

Nuestro amor por el mar ha seguido por muchos años: así fuimos a Brasil, a España y Portugal, a Israel, y sobre todo a la Grecia inmortal, para deleitarnos con sus playas, sus construcciones y su comida. 

Y por supuesto, cuando hemos tenido Congresos realizados en las playas de México, siempre hemos estado presentes conviviendo con los colegas y amigos. 

Y ahora, tras tres años de no salir de la ciudad debido a mi accidente en 2023, cuando por un resbalón se fracturó la cabeza del fémur y tuve que ser operado, la recuperación ha sido larga por diversas razones y, aunque mi cadera está bien, he tenido cuidado para lograr una rehabilitación al ciento por ciento.

Y aquí estamos Alicia y yo en el mar de Puerto Vallarta; se celebró un congreso más del CMCOEM, que reúne a todos los cirujanos de obesidad, y he tenido el placer de reencontrarme con mis alumnos y mis amigos, recordar aquellos tiempos en que nuestra cirugía era combatida y repudiada, y celebrar que gracias a esta cirugía, miles de mexicanos y mexicanas han recuperado su salud al despojarse de los kilos que los enfermaban.

Volver a ver al mar, recibir ese maravilloso sol en un clima excelente, nos hace darnos cuenta del tesoro que tenemos en México; y creo que, mientras la vida lo permita, volveremos al mar como en estos días, alegres y optimistas como siempre.

Ya varias veces he dicho que vinimos a ser felices, a vivir bien y de buenas todos los días, y a que el mar sea partícipe de esa maravillosa experiencia, que es buena para todos, pero más para nosotros que tenemos ya muchos años sabiendo que, en el fondo, somos animales marinos.

Y tú, querido viejo, ¿qué tanto amas al mar?