Al margen del 3-2 con el que Inglaterra eliminó a México en el Mundial de 2026, se trató de un choque de dos maneras muy distintas de entender el futbol. Una eligió, hace poco más de tres décadas, reformarse a fondo. La otra lleva demasiado tiempo convencida de que los cambios pueden esperar.
Durante años, Inglaterra fue el ejemplo de todo lo que podía salir mal. El hooliganismo se convirtió en una poderosa dificultad. Las tragedias de Heysel y Hillsborough exhibieron un ecosistema deteriorado. Los clubes ingleses fueron expulsados de las competencias europeas, por lo que el futbol de la isla parecía condenado a vivir de su pasado.
En ese contexto se alza la figura de Margaret Thatcher. Su relación con el futbol fue cualquier cosa menos cordial. La entonces primera ministra veía los estadios como focos de violencia. Thatcher catalogó a los aficionados en la misma categoría que a los mineros en huelga o los sindicalistas: grupos problemáticos de la clase obrera.
Sus críticos sostienen que su política de confrontación profundizó la fractura entre el gobierno y la cultura del futbol. Otros argumentan que el endurecimiento institucional fungió como el detonante del proceso que obligó al futbol inglés a reinventarse.
La respuesta llegó en 1992 con la creación de la Premier League. Fue una revolución económica, mediática y deportiva que abrió las puertas a futbolistas de prácticamente todos los rincones del planeta. Como antecedente, Paul Gascoigne relata en sus memorias el caso de Mirandinha, el primer brasileño en llegar al futbol inglés. Como no hablaba nada de inglés, Gazza se encargó de “enseñarle”. Pero únicamente le reveló insultos y groserías que el sudamericano repetía ante el cuerpo técnico y la prensa, pensando que eran saludos corteses. Como sea, los futbolistas de los cinco continentes de verdad elevaron el nivel hasta convertir a la Premier en la liga más poderosa del mundo.
No faltaron las críticas. Durante años se insistió en que la invasión de extranjeros estaba cerrando el paso al talento local y debilitando a la selección inglesa. La discusión parecía lógica: si los mejores minutos los jugaban futbolistas importados, ¿cómo se desarrollarían los de casa? En un partido de febrero de 2005, el Arsenal inauguró el extremo de no contar, ni en los titulares ni suplentes, con jugador inglés alguno.
Pero el tiempo dio la respuesta. Mientras la Premier se internacionalizaba, Inglaterra comenzó a producir una generación de futbolistas formada en un entorno de máxima exigencia. La apertura, lejos de destruir el talento nacional, terminó elevando sus estándares.
México eligió un camino distinto, basado en política asistencialista. Se suspendió el descenso y los gobiernos locales invitaron a llevar equipos a plazas nuevas.
El contraste quedó expuesto en este Mundial. México alcanzó, por fin, el anhelado quinto partido. Sin embargo, el contexto obliga a matizar la celebración. No fue consecuencia de haber roto una barrera histórica bajo el mismo formato que durante décadas le resultó infranqueable. Fue posible porque la Copa del Mundo aumentó el número de participantes y añadió una ronda más de eliminación directa. La estadística cambió. La sensación de fondo, no necesariamente.
El problema no es haber perdido con Inglaterra. Lo preocupante es que el debate sigue girando alrededor de soluciones superficiales. Es, en parte, lo que el escritor español Vicente Verdú llamó para el juego “la ética de la penuria” que llega “como el catalizador de una coyuntura idónea para desarrollar el comercio con lo real” (en El futbol: mitos, ritos y símbolos).
Las derrotas suelen ofrecer una fotografía del presente. El 3-2 frente a Inglaterra mostró a dos modelos separados por décadas de decisiones.
