¿Vuelta a la guerra EU-Irán?

Esther Shabot

Esther Shabot

Editorial

Apenas tres semanas han transcurrido desde que se anunció el memorándum de entendimiento entre Washington y Teherán por el cual se ponía fin a la guerra, y las hostilidades se han reanudado ya. Para explicar cómo es que se está registrando un vuelco tan grave, vale la pena recordar qué contenía el citado memorándum.

A cambio de la apertura del estrecho de Ormuz a la navegación internacional, EU ofrecía jugosas concesiones al régimen iraní consistentes en descongelamiento de fondos, levantamiento de sanciones y aportación de recursos destinados a la reparación de daños de guerra. El tema del proyecto nuclear iraní se posponía para negociarlo durante los 60 días subsecuentes, sin que hubiera mención de exigencias al régimen de proceder a una democratización interna ni tampoco de dejar de apoyar a sus proxys regionales, específicamente el Hezbolá libanés, el Hamás palestino, los hutíes de Yemen y las milicias chiitas de Irak.

Se trataba de un acuerdo enormemente beneficioso para Irán, pero, al parecer, lo conseguido sólo le abrió el apetito a la cúpula gobernante iraní que percibió que estaban puestas las condiciones para sacar más ventajas. Los encuentros programados entre los representantes de ambos países no rindieron ningún fruto y muy pronto fue evidente que las objeciones y exigencias presentadas por los iraníes conducían a un callejón sin salida. En especial apareció en el escenario la ambición de seguir explotando el arma del cierre de Ormuz. La apertura total pactada en el memorándum fue relativizada para aceptar el tránsito sólo de embarcaciones de países calificados por Teherán como “amigos”, o para exigir cuotas de paso millonarias. Fue así que la única concesión que correspondía hacer a Irán se quedaba muy corta respecto a lo comprometido, lo cual derivó en un aumento en las tensiones y en escaramuzas frecuentes. 

Finalmente, al atacar Irán hace unos días a tres embarcaciones comerciales que pasaban por Ormuz, Trump corroboró que el compromiso suscrito en el memorándum no tenía visos de ser respetado, por lo que las hostilidades se han vuelto a desatar. Mientras EU ha lanzado ataques contra más de 170 blancos militares y nucleares iraníes, éste ha respondido atacando infraestructura militar estadunidense en Bahrein, Kuwait, Qatar y Jordania. Todo lo cual ha abierto la pregunta de si una guerra total, como la que se inició el 28 de febrero pasado, se reanudará. 

Desde luego, es imposible responder a ello, pero hay inclinación a pensar que lo más probable es que se establezca una dinámica que podría ser calificada como de “guerra de baja intensidad” alternada por periodos de negociaciones con frecuentes altibajos. El arma del cierre de Ormuz está siendo el talón de Aquiles de Trump, ya que en el corto plazo y con las elecciones intermedias a cuatro meses de distancia, no puede darse el lujo de regresar a la guerra total. No está en posibilidades de hacerlo debido a la impopularidad de esta guerra entre el público de EU, en su mayoría no consciente de la peligrosidad del régimen terrorista iraní para la seguridad global. Tampoco por las implicaciones económicas relacionadas con los precios de los energéticos. 

Los países árabes del Golfo que ahora están bajo fuego iraní en virtud de su alianza con EU son quienes por lo pronto están pagando la factura por esta nueva embestida, y sin embargo, tal como ha sido durante los últimos cuatro meses, a pesar de su fuerte antagonismo hacia Irán, prefieren sostener una política de apaciguamiento hacia el país persa al considerar demasiado onerosa para ellos la opción de involucrarse ofensivamente en la guerra. En cuanto a Israel, es evidente que su participación sólo sería posible si se planteara un escenario de guerra total, como la que se inició el 28 de febrero, lo cual por lo pronto no se mira plausible. Es así que el resultado preliminar de este conflicto es, sin duda, que Irán ha salido fortalecido en virtud de las diversas ganancias obtenidas. A pesar de que el ayatola Khamenei fue liquidado y con él buena parte de la élite política, el Cuerpo de Guardias Revolucionarios ha tomado las riendas del poder para sacarle jugo a las ganancias obtenidas a fin de mantener vigente tanto su proyecto de expansión del islamismo radical, como la brutal represión sobre su propio pueblo.