Maestro

Rafael Álvarez Cordero

Rafael Álvarez Cordero

Viejo, mi querido viejo

Enseñar es un ejercicio de inmortalidad.

Rubén Alves

Estimado lector: en este día celebramos a un personaje inolvidable para todos nosotros, porque no podemos imaginar nuestra vida sin un maestro.

Pensemos en nuestro maestro preferido, inolvidable por diversas razones, cómo hablaba, cómo saludaba, cómo sonreía, cómo regañaba, pero sobre todo cómo fue forjando nuestra personalidad con su ejemplo, sus palabras y sus consejos.

Creo que sería muy satisfactorio recordar a nuestros maestros, y ese ejercicio servirá para honrarlos, aunque ya no estén con nosotros.

Así, en mi vida, recuerdo a la profesora Rosa de la Mora en la primaria; al profesor Monjarás en la secundaria; al profesor Burbulian en la preparatoria, y en la UNAM, al doctor Emilio Montaño, al doctor Carlos Pacheco, al doctor Alonso de la Florida, pero sobre todo al doctor Manuel Quijano, mentor, amigo, consejero, que me impulsó a viajar para tener más conocimientos, y en especial al maestro Ruy Pérez Tamayo, cuyo consejo y cálidas conversaciones nunca podré olvidar, porque me enseñó a pensar.

Estoy seguro, estimado lector, que un pequeño recorrido por el pasado te ayudará a revivir aquellos momentos en que comenzábamos a encontrar la vida, y a conocer sus alegrías y sinsabores, porque lo que hoy damos por hecho desde escribir hasta componer canciones, trotar hasta andar en bicicleta, lo aprendimos de y con nuestros maestros.

Quiero reproducir este poema de José Luis Perales, y creo que expresa lo que todos pensamos.

“Gracias, maestro, por enseñarme a leer las letras y los números/

a escribir mi nombre y mis sueños/

a contar las estrellas y los granos de arena.

Gracias, maestro, por enseñarme a pensar con mi propia cabeza/

a razonar con mi propio criterio, a opinar con mi propia voz.

Gracias, maestro, por enseñarme a respetar a los demás y a mí mismo/

a convivir con los diferentes y los iguales/

a colaborar con los cercanos y los lejanos.

Gracias, maestro, por enseñarme a apreciar el valor de las cosas/

a disfrutar de la belleza de la naturaleza/

y apreciar la salud de nuestro cuerpo.

Gracias, maestro, por enseñarme a amar la música y la poesía/

a expresar mis sentimientos y emociones/

a crear mis propias historias y canciones.

Gracias, maestro, por enseñarme a ser una persona libre y responsable/

a tener un proyecto de vida y de futuro/

a luchar por mis ideales y mis derechos.

Gracias, maestro, por todo lo que me has dado/

por todo lo que me has hecho crecer/

por todo lo que me has hecho ser.

Gracias, maestro, por ser mi maestro”.

Mi cariño y admiración a todos ustedes.