El trillonario de papel

Paul Lara

Paul Lara

Cyberpunks

Es lamentable ver cómo la prensa económica y los pseudoanalistas financieros parecen haber perdido, una vez más, la cabeza y el más mínimo vestigio de memoria histórica. En publicaciones y menciones que dan más un toque a lo sectario, los principales editoriales del mundo decidieron enaltecer un acto bursátil que, bajo un examen medianamente riguroso, no es más que una monumental quimera construida sobre contabilidad mágica, financiamiento circular y el delirio colectivo de la inteligencia artificial.  

La retórica de los viajes intergalácticos y los centros de datos en el espacio ha sido recibida con un entusiasmo infantil. Es trágicamente fácil para la prensa deleitarse con lo que aún está por crearse, ignorando las alarmas del presente. Parece que se olvidaron de las promesas de IA general en 2025, los autos autónomos desde 2016, los lanzamientos hacia Marte este año y más promesas falsas de Elon Musk y su séquito.

El pasado 12 de junio, la salida a bolsa de SpaceX fue recibida no con la cautela que exige un mercado al borde de la saturación, sino con un coro de elogios desmedidos. Asistimos a la consagración mediática de la metamorfosis de Musk: de ser el multimillonario engreído del sector tecnológico a erigirse como el primer trillonario de este desafortunado planeta. Sin embargo, los que se hacen llamar analistas se deshicieron en halagos ignorando que este estatus de trillonario no es más que un castillo de naipes ligado a participaciones volátiles en Tesla y en el monstruo que es SpaceX; acciones que permanecerán completamente invendibles durante al menos un año. Un mejor periodismo habría señalado de inmediato que estas evaluaciones pertenecen estrictamente al mundo de la ficción.

La flagrante irresponsabilidad de los “periodistas” radica en su incapacidad para poner en la balanza los graves problemas sistémicos que este fenómeno va a generar. En lugar de alertar sobre los riesgos de la distorsión de precios y la asignación ineficiente de capital, los pseudoanalistas aburren a los lectores celebrando “la rapidez con la que se puede crear riqueza en un mundo interconectado”. 

Detrás de la fanfarronería y la ostentación que suelen plagar estas ofertas públicas, la realidad contable ofrece un panorama helado. SpaceX es, hoy por hoy, un proyecto profundamente deficitario. La compañía registró pérdidas por nueve mil millones de dólares entre 2025 y 2026. Lo alarmante es que el grueso de este agujero negro se encuentra en su cartera de inteligencia artificial, un sector donde el término “artificial” califica perfectamente el valor real que genera.

Firmas de inversión que ya han comprometido capital admiten con desparpajo que la división de IA de la compañía se está convirtiendo en una auténtica derrochadora de efectivo. Pero bajo la lógica de la burbuja actual, los inversores se muestran arriesgados y estiran los horizontes de inversión a una década con tal de no admitir el peligro inminente. Financian un esquema donde el efectivo se quema para alimentar las expectativas de la siguiente ronda de valorizaciones, un juego peligroso que la prensa aplaude en lugar de fiscalizar.

El mito del innovador robusto y autosuficiente que la prensa se empeña en vender se desmorona por completo al analizar el origen de esta riqueza. A menos que se profese una fe ciega en el culto a Musk, este monstruoso crecimiento no es fruto del libre mercado puro, sino la obra directa del propio aparato estatal. Mientras el magnate lideraba el equipo DOGE (Departamento para la Eficiencia Gubernamental) con el discurso de reducir el gasto público, sus empresas se han dedicado a succionar fondos públicos a través de subsidios e investigación financiada por el sector público. 

Los contratos gubernamentales han buscado llenar las arcas de SpaceX de manera artificial. Es imposible ignorar la sombra de los 38 mil millones de dólares que su imperio empresarial ha recibido en financiación y manipulación gubernamental, ya sea a través de contratos, préstamos o créditos fiscales, incluyendo más de mil 500 millones otorgados por gobiernos estatales y locales desde 2007 para impulsar el desarrollo de Tesla y sus baterías.

Quienes estén lo suficientemente atentos pueden señalar lo obvio: un sistema tributario ridículamente generoso, que anula los impuestos para los ricos, ha convertido a los acaudalados en caricaturas de riqueza dorada, exentos de cualquier temporada de caza. Musk se convirtió en trillonario debido a un sistema que protege a los ultrarricos, mientras obliga a los trabajadores a pagar impuestos en cada cheque. 

Al aplaudir este hito de papel, la cobertura mediática casi sectaria carece por completo de responsabilidad social. La indulgencia ante la distorsión del mercado debería preocupar a cualquiera cuyos gestores de fondos quieran subirse a esta ola. Al final, este periodismo irresponsable legitima la pérdida de autonomía de la sociedad sobre su propio futuro económico. Ni todo el dinero del mundo ni todo el espacio exterior bastarán para que Musk logre reivindicar su figura o dotar de verdadera sustancia a lo que la prensa ha decidido divinizar.