Tecnología de doble uso y moralidad

Paul Lara

Paul Lara

Cyberpunks

El cinismo crece. Desde hace años, nos han vendido la idea de que la innovación tecnológica es un río limpio, un catalizador del progreso humano que sólo busca hacernos la vida más fácil, conectarnos con el mundo y optimizar la productividad global. Conozco a muchos que así lo venden, porque sí, así se venden y lo venden. 

La tecnología de doble uso, aquella que se crea ante imperativos militares, pero que también trastoca los intereses corporativos o viceversa, dejó de ser un elemento separado dentro del entramado de la innovación tecnológica. 

Me explico. Hoy, los datos de tus redes sociales también pueden utilizarse para guiar sistemas de puntería. El satélite que te ayuda a navegar con tu teléfono móvil también puede servir de apoyo a la logística en el campo de batalla. La plataforma que promete conectividad global también puede permitir la vigilancia masiva. La ciudad inteligente que promete mayor eficiencia, sostenibilidad y crecimiento económico también puede incentivar la vigilancia excesiva de sus comunidades. El dron que te permite capturar esas bellas imágenes durante las vacaciones, también puede utilizarse para bombardear a personas inocentes.

Las mismas herramientas pensadas para la comodidad civil están diseñadas para la vigilancia masiva, el control fronterizo y la guerra automatizada. Esto es lo que se llama un ecosistema opaco, financiado con fondos públicos y alimentado por el capital privado, que opera en las sombras compartidas entre el mercado comercial y el complejo militar-industrial. Un riguroso estudio publicado por Privacy International con el título Investigating dual-use technology and the darker side of innovation pone el dedo en la llaga sobre cómo se ha desdibujado la frontera entre lo civil y lo militar.

No estamos hablando de dinamita, sino de software, de nubes de datos, de satélites y, de manera crítica, de inteligencia artificial. Esa tecnología que usas para rastrear tu pedido de entrega es, con apenas un ligero cambio de código o de cliente, la misma que se utiliza para clasificar a seres humanos a kilómetros de distancia y decidir si son “objetivos a neutralizar”. El informe desnuda los perfiles de gigantes tecnológicos globales que dominan ambos tableros con una alarmante doble moral. Tomemos el ejemplo de Thales. Para el ciudadano común, la firma francesa es sinónimo de tarjetas SIM, seguridad digital bancaria y sistemas de control de acceso. Sin embargo, su división comercial financia y nutre un andamiaje de “ciudades inteligentes” y panópticos de alta tecnología. Sistemas como su plataforma Horus, supuestamente civil, terminan integrados en redes de videovigilancia y drones con sensores infrarrojos para blindar fronteras como la de Melilla, identificando y reprimiendo flujos migratorios de poblaciones vulnerables mediante análisis automatizado. 

Luego está Elbit Systems, el gigante israelí. Presumen soluciones de monitoreo ambiental, agricultura de precisión y radares comerciales. Pero el verdadero negocio es su capacidad para probar sus tecnologías en escenarios reales de conflicto, como el muro de Cisjordania o la Franja de Gaza. Su dron Hermes 900 se comercializa como un vehículo multiusos para misiones civiles y paramilitares, capaz de llevar cámaras electro-ópticas avanzadas, pero también cargas de armamento. Elbit integra sistemas de IA capaces de triturar datos masivos de redes sociales y canales de comunicación personal para detectar “actividades sospechosas”. 

La lista continúa con corporaciones como Leonardo, la italiana que presume sistemas satelitales comerciales y de navegación náutica como Smart Eyes on the Seas, comercializados tanto para reguladores ambientales como para marinas de guerra que persiguen disidentes. O empresas más jóvenes como Shield AI, impulsada por el capital de riesgo de Silicon Valley, cuyo software Hivemind –diseñado supuestamente para coordinar flotas de drones de rescate o mapeo en espacios confinados– ya opera en las fuerzas aéreas de Singapur y en acuerdos de defensa en Taiwán para pilotar enjambres de drones militares sin intervención humana.

Aquí radica la gran doble moral. Estas firmas limpian su imagen pública patrocinando foros de ética digital y desarrollo humano, mientras sus ejecutivos cierran contratos millonarios con ministerios de defensa y agencias de inteligencia. Utilizan datos generados por usuarios civiles y las investigaciones en universidades públicas para refinar algoritmos que luego se empaquetan en productos de grado militar. El peligro hoy es el mal uso y la falta de control en la IA. Los Modelos de Lenguaje Grande (LLM) que la gente usa para tareas cotidianas están siendo adaptados por contratistas de defensa como BAE Systems para “subir un LLM diseñado específicamente para entender comandos militares en el campo de batalla”. 

Si dejamos que la IA de doble uso carezca de supervisión, permitiremos que sistemas autónomos tomen decisiones de vida o muerte basados en sesgos, datos corruptos y una total ausencia de empatía humana.